A fin de cuentas se trata de saber si la NM, con el PC y el PPD incluidos, están en condiciones de retomar el legado de la Concertación, transformándolo en un moderno proyecto socialdemócrata apto para lo que resta de la administración Bachelet y para la siguiente administración de gobierno que nos hará entrar a la tercera década del siglo 21.
Publicado el 01.07.2015
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I

Lentamente, en medio de las típicas ambigüedades de los procesos de toma de decisión política, va abriéndose paso una nueva conducción gubernamental que puede caracterizarse por el uso de un conjunto de términos tales como: priorizar, moderar, controlar expectativas, acotar las reformas y, sobre todo, ajustar el cumplimiento del programa bacheletista a las nuevas condiciones del gasto fiscal.

Todo esto representa un gradual desplazamiento del centro de gravedad del gobierno desde el bloque rupturista -su retórica, liderazgos, diagnóstico, su lectura del programa y estilo, graficado como el de una retroexcavadora- hacia el bloque reformista. En efecto, éste tiene la no-declarada intención de rectificar (pero de manera no rupturista) el explícito y cien veces subrayado propósito rupturista que caracterizó al plan original de la administración Bachelet, plan diseñado por un núcleo político-técnico que al parecer buscaba asumir a mediano plazo el mando de la Nueva Mayoría (NM).

Este desplazamiento viene precedido por una serie de enunciados y gestos políticos convergentes.

En primer lugar, la temprana insistencia de la DC por distinguir sus propios matices dentro de la conducción gubernamental, remarcando de esta forma su versión del programa y una alternativa reformista frente al rupturismo del ministerio Peñailillo-Arenas.

Enseguida, la insistencia de varios dirigentes de la NM, con el ex senador Escalona (PS) a la cabeza, en la necesidad de reemplazar ese ministerio cuyos errores políticos y de gestión llevaron al gobierno y a la Presidenta a una neta pérdida de apoyo en la opinión pública encuestada. Al mismo tiempo, ese ministerio resultó ser inhábil para presidir una salida de la crisis provocada por el ciclo de escándalos que envolvió a la élite política.

En tercer lugar, el cambio de gabinete efectuado por la Presidenta Bachelet, el cual efectivamente removió al mando rupturista del equipo ministerial, sustituyéndolo por el binomio Burgos-Valdés que, de manera todavía ambigua -provocando por ende dudas, incertidumbre o confusión-, dio inicio al desplazamiento, aunque sin nombrarlo ni situarlo dentro de un marco discursivo claro.

Se esperaba que con ocasión del mensaje a la Nación del 21 de mayo, la Presidenta aprovecharía ese momento solemne para ofrecer ese marco y otorgar un definido mandato rectificador al nuevo gabinete. No fue así. Como dijimos en nuestro análisis unos días después: “el Mensaje del 21 fue una superficie plana donde cada intérprete, analista, opinólogo, talking head y spin doctor puede leer lo que cada uno imagina, descifrando signos ambiguos, omisiones y metáforas”.

Con todo, durante las semanas siguientes la nueva dupla encargada de dirigir la administración fue dando señales claras de su voluntad rectificadora que, podía entenderse, contaban al menos con el tácito consentimiento de la Presidenta Bachelet.

Por ejemplo, el ministro de Hacienda -al poco tiempo de asumir- declaró hallarse comprometido en un: “esfuerzo de cómo cautelar que los compromisos que se han ido tomando, con cambios muy fundamentales, se vayan haciendo con responsabilidad, a una velocidad que podamos hacerlo sostenibles” (La Tercera, 24 de junio de 2015).

Y el ministro del Interior, en una reveladora entrevista en el diario The Clinic Online el 20 de mayo de 2015, ante la pregunta clave “¿La retroexcavadora queda atrás?”, respondió: “Por lo que yo he conversado, sí. Sobre la base de nuestra carta de navegación, que es el programa, y la búsqueda de inclusiones básicas, hay que inaugurar una etapa de más debate, de escucharse más, sin verdades absolutas a priori. Eso está establecido, y creo que el sentido común indica lo mismo. Y como los seres humanos debemos actuar con sentido común, creo que el verbo rector es ése”.

Más allá del traspié experimentado por el nuevo equipo con la forzada y abrupta salida del ministro secretario de la presidencia a escasos días de estar en el cargo, en verdad lo importante de los últimos días fue la decisión de la Presidenta de traer a La Moneda en su reemplazo a Nicolás Eyzaguirre, hasta ese momento ministro de Educación, función que ahora pasa a ser desempeñada por Adriana Delpiano.

II

No cabe duda de que el cambio ministerial se produce en un contexto de creciente perfilamiento del giro reformista dentro de la NM, en sintonía con el discurso y el estilo inaugurados por el ministerio Burgos-Valdes. Veamos.

La presidenta del PS declara a la prensa el 20 de junio: “Digámoslo con franqueza: el gobierno y el proyecto que éste representa enfrenta momentos de debilidad. Los socialistas debemos hacernos cargo de este escenario y actuar en consecuencia. Ha disminuido el apoyo al gobierno y es más complejo impulsar un programa de transformaciones en un marco de descrédito, como el que actualmente existe entre la política y sus representantes”. Y a continuación llama a asumir “las nuevas correlaciones de fuerzas, el juicio crítico de la opinión pública, los nuevos estados de ánimo, los datos económicos inquietantes y el complejo escenario internacional que nos rodea”. Para esto, propone “explicarle al país, con coraje y sinceridad, que no todas las demandas pueden ser satisfechas simultáneamente”. Por eso, concluye, “debemos ser capaces de fijar con el gobierno y la coalición una ‘hoja de ruta’ que defina y ordene las prioridades programáticas, y que se construya sobre los desafíos que hoy enfrentamos”.

En la misma línea, o mejor con un similar alineamiento, el presidente del PDC ha dicho que los objetivos inmediatos de la NM son tres. “Primero, tenemos que sacar al país de esta paralización económica, dar certezas jurídicas y trabajar con el sector privado para salir de esta maraña […] Las otras dos prioridades son sacar adelante educación y el proyecto de carrera docente, además de impulsar la agenda de probidad y transparencia”, acotó. (La Tercera, 29 de junio de 2015).

De esta manera vuelve a activarse -así no sea discursivamente, lo cual en política significa mucho- el tradicional eje PS-PDC, con el implícito acuerdo del PR, como polo hegemónico dentro de la NM, frente a la alternativa (hasta ayer predominante) del polo rupturista conformado por un inorgánico PPD y un PC orgánico pero a caballo entre dos fuerzas que corren por carriles contrapuestos. Por un lado, las responsabilidades y restricciones que le imponen su participación en el gobierno; por el otro, los permisos que se toma para poder protestar contra el gobierno desde la calle.

En suma, factores económicos, sociales, políticos e ideológicos parecen estar operando en el lento pero cada día más visible giro del gobierno hacia su polo reformista. En la práctica, éste trae consigo nuevos rostros en el equipo ministerial, nuevas relaciones de poder entre las redes partidarias de la NM, restitución del eje PS-PDC, un reposicionamiento de la DC como actor central, un cambio en el discurso oficial de la NM, nuevos énfasis en la incipiente agenda gubernamental de segunda etapa y, en el piano retórico, un reequilibrio de los pares opuestos que simbólicamente han pretendido (a veces fallidamente) capturar en los media las pugnas entre rupturismo y reformismo, tales como: NM/Concertación, nueva/vieja generación, retroexcavadora/consensualismo, otro modelo/crecimiento con equidad, política de mayoría/política de los acuerdos, reformas estructurales/cambios en la medida de lo posible, etc.

III

¿Cómo explicar dentro de este cuadro en continuo flujo el movimiento de uno de los alfiles de la Presidenta desde el casillero del Mineduc al de La Moneda? ¿Y qué significa el arribo de la ministra Delpiano al timón de una nave cuyo ex piloto la condujo al centro de una tormenta perfecta?

Partamos por el alfil. Esta figura obispal sirve en el juego (del ajedrez) -entre otros propósitos- para controlar a distancia las casillas centrales. La pregunta que ronda en torno a la designación de Eyzaguirre es justamente esta: ¿ha sido puesto el nuevo ministro de la Presidencia para contrarrestar el desplazamiento de la agenda gubernamental hacia el polo reformista o bien para completar ese desplazamiento alejándolo del polo rupturista?

Ambas lecturas tienen argumentos válidos a su favor.

Favorable al reformismo, se piensa, es el hecho de que la Presidenta haya movido a una pieza símbolo del rupturismo para así completar la legitimación del giro estratégico en la mitad del juego. El alfil podría cumplir tan relevante función a condición de que la reina lo proteja. Es una aplicación práctica de la vieja máxima que dice: más fácil es cambiar de rumbo con un adalid del rumbo que se desea abandonar.

Favorable al rupturismo: se  sostiene que el o la jugadora puede usar al alfil para retomar la iniciativa y salir de la posición defensiva, moviendo diagonalmente a la figura obispal hacia el centro del juego. En este caso un símbolo del rupturismo sería usado como ariete para reagrupar fuerzas y salir a recuperar el diseño original del gobierno.

Habrá que esperar algunas semanas para tener una respuesta cierta y así conocer el significa de esta última decisión presidencial. Al momento, con los datos y análisis disponibles, y de verificarse nuestra hipótesis en el sentido de un gradual desplazamiento del centro de gravedad del gobierno hacia el polo reformista, que no es lo mismo que decir hacia el centro en una visión reduccionista del espectro ideológico-político de la actual coyuntura chilena, todo indica que Eyzaguirre ha sido incorporado al renovado núcleo de conducción del gobierno para afirmar el plan de rectificación y apoyar el diseño de una agenda para el segundo tiempo de la administración Bachelet. De no ser así, volverán a producirse serios conflictos dentro de ese núcleo y en la NM o bien, lo que nunca debemos descartar, podría mantenerse sine die el relativo empate de fuerzas con las consiguientes indefiniciones gubernamentales.

En cuanto al ingreso de la ministra Delpiano al gabinete para dirigir la nave de la educación, ya lo decíamos, se espera con esto rescatar a la embarcación de una tormenta perfecta; o sea, de una situación crítica y calamitosa provocada por una conjunción de factores adversos. Como son, en este caso, los siguientes: medio millón de niños y jóvenes (principalmente de origen vulnerable) sin clases desde hace varias semanas y con sus familias descontentas; huelga del magisterio mantenida por unas asambleas radicalizadas que juegan a imponer sus intereses corporativos mediante un extremo rupturismo; una agenda ministerial confusa, inflacionaria e inmanejable en su actual estado; un equipo de gestión política alrededor del ministro saliente que, como el aprendiz de hechicero retratado por Goethe, no logra controlar los procesos que conjuró; un movimiento estudiantil agitado por expectativas de ruptura que en su momento (inicial) el gobierno alimentó sin imaginar las consecuencias; un sistema educacional  cuyos resultados de aprendizaje parecen haberse estancado o -en un caso, lenguaje de 8º básico- incluso han caído dramáticamente, sin explicación ninguna de parte del Mineduc; sostenedores privados desacreditados y cuestionados a la largo del año pasado por la política y el discurso  oficiales sin mayor racionalidad ni beneficio público; sostenedores municipales en vilo desde hace un año, ignorantes de los cambios de que serán objeto; una completa ausencia de política universitaria, vacío que la autoridad ministerial ha intentado llenar con un anuncio improvisado de gratuidad, el cual solo contribuyó a ahondar la  confusión. Y, para coronar este cuadro, una aprobación de la forma como el gobierno está gestionando la educación de solo un 18% (encuesta CADEM, 30 de junio de 2015).

En fin, la nueva ministra tendrá que navegar en las condiciones tormentosas que le lega el ex ministro, su compañero de partido y ahora ministro de la Presidencia. El partido de ambos nuevos secretarios de Estado -Partido por la Democracia (PPD), debilitado y disperso como se encuentra- tiene ahora la posibilidad de recuperar su ánimo fundacional, el de ser un moderno partido socialdemócrata que no llegó a serlo, tal como recuerda el diputado Pepe Auth en una reciente entrevista: “Creo que la energía, la pasión, el proyecto que animó la creación del PPD tocó techo. Esa aspiración, aquel sueño que tuvimos de constituir un gran partido social demócrata, moderno, que conjugara la aspiración libertaria con la igualitaria, sin prejuicios estatistas y conservadores, se agotó” (CARAS, 18 junio de 2015).

A fin de cuentas de eso se trata: de saber si la NM, con el PC y el PPD incluidos, están en condiciones de retomar el legado de la Concertación transformándolo en un moderno proyecto socialdemócrata apto para lo que resta de la administración Bachelet y para la siguiente administración de gobierno que nos hará entrar a la tercera década del siglo 21.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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