Con el Frente Amplio desplegado y con hambre electoral, el futuro no es precisamente promisorio para el candidato apoyado por radicales y al menos una facción del PC. El ala más izquierdista del oficialismo enfrenta un agrio dilema estratégico: si mueve sus fichas más a la izquierda, abre un flanco perfecto para Lagos y Goic. Al contrario, si modera el discurso, permite el automático crecimiento de figuras del Frente Amplio como Carlos Ruiz, Alberto Mayol o Beatriz Sánchez.
Publicado el 27.03.2017
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Silicon Valley nos ha enseñado que hay dos tipos de emprendimientos digitales: los que se basan en una idea que, aunque atractiva en su comienzo, puede ser imitada y mejorada rápidamente; y los que logran una identidad tan particular, que les permite fidelizar a su público objetivo y quedarse en nuestra retina por largo tiempo. Estos últimos son los que hacen historia; los primeros, en cambio, son juegos, aplicaciones y empresas puntocom que hoy ya nadie recuerda.

En política sucede el mismo fenómeno. Un candidato se puede instalar ante la opinión pública con una propuesta interesante, pero si no es capaz de generar alguna clase de ventaja comparativa, corre el riesgo de salir rápidamente de escena. En estrategias de campaña no hay copyright ni derechos de autor. Nadie puede impedir que otro candidato se pare en la arena con un estilo similar, con la intención de disputarle al primero parte de su electorado. Luego, la diferenciación -especialmente en base a ideas y principios- sigue siendo hoy tan clave como hace décadas.

Quien está sufriendo esto en carne propia es el precandidato de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier. El senador tuvo una ventaja inconmensurable durante varios meses, prácticamente corriendo solo en la izquierda, para capitalizar su posición inicial de ex hombre ancla de noticias. Sin embargo, perdió el tiempo. En vez de instalar un relato, o de utilizar su adhesión para adelantar ciertos ejes de un futuro programa de Gobierno, guardó silencio primero (lo que se volvió intolerable, en episodios como la ola de incendios del verano pasado) y, posteriormente, cayó en el errático laberinto de criticar a La Moneda, y al mismo tiempo, buscar su apoyo.

¿Y qué pasó entonces? Surgió una candidatura muy parecida a la suya, también ciudadana, también independiente y también del mundo de los medios. Pero a diferencia de Guillier, la actual precandidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, cuenta a su favor con una serie de ventajas frente al senador apoyado por el Partido Radical: ella es un rostro más fresco, pues él ya es parte del establishment que el electorado de izquierda busca combatir; además, al no pertenecer a la Nueva Mayoría, Sánchez tiene más libertad para plantear temas que el senador no puede poner en la agenda pública, por más que quiera. Es, en el fondo, como si comparáramos dos “apps”, pero una cuenta con mejor gráfica que la otra.

En este nuevo escenario, con el Frente Amplio absolutamente desplegado y con evidente hambre electoral, el futuro no es precisamente promisorio para el candidato apoyado por radicales y al menos una facción del Partido Comunista. El ala más izquierdista del oficialismo se encuentra en un agrio dilema estratégico: si mueve sus fichas más a la izquierda, abre un flanco perfecto tanto para Lagos como para Carolina Goic. Y, al contrario, si modera el discurso, permiten el automático crecimiento de las figuras propuestas por el Frente Amplio, como Carlos Ruiz, Alberto Mayol, o la misma Beatriz Sánchez.

Así las cosas, la instalación de esta última como precandidata ha sido un verdadero game changer. La instalación de potenciales figuras del Frente Amplio ha puesto en jaque a Guillier y a quienes veían en él la última esperanza para mantener al oficialismo en el poder. Lo que resulta realmente insólito es que no hayan podido prever este movimiento con anticipación: el senador no sólo parece atrapado con un bajo techo en las encuestas. Más grave que eso es que, una vez que le han disputado su título de “candidato-comunicador-social”, él no sea capaz de reinventarse, para aparecer como estadista, gestor o líder político. Todo esto nos deja una lección tan importante como la de Silicon Valley: a veces, tener un sello o marca registrada no es suficiente para ganar una elección.

 

Roberto Munita, abogado, magister en Sociología y en Gestión Política, George Washington University