Lo que Fausto representa tiene un símil en la ciudadanía. Esa ciudadanía desencantada con todo, que no está feliz ni con la institucionalidad, ni con la política, ni con los empresarios, ni con nada. Hasta que aparece un Guillier u otro político de izquierda, como ayer lo fuera la actual Presidenta, que les promete cambiarlo todo, darles gratuidad, derechos sociales, pensiones solidarias, igualdad, justicia y felicidad, porque el Estado se preocupará de su bienestar.
Publicado el 22.01.2017
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El escuchar el discurso de Alejandro Guillier en su reciente proclamación y observar la reacción de los asistentes ante sus palabras, me hizo recordar a Fausto, la clásica obra de la literatura alemana. En ella, Fausto, un hombre erudito que quería alcanzar el conocimiento infinito, se desespera al saber que no podrá lograrlo, lo que le impide ser feliz.

El discurso de Guillier me llevó a pensar que la audiencia presente en el acto y muchos más en el país está llena de Faustos, puesto que de acuerdo a lo expresado por el candidato, los chilenos no se sienten felices ni con los políticos, ni con los “abusadores empresarios que les roban metiéndoles la mano al bolsillo”, ni con la “economía bursátil” como éste la caricaturizó, ni con el gobierno anterior, que para Guillier fue un tiempo perdido porque no se hizo nada, ni con la educación, ni con sus pensiones, las que estarían siendo administradas por un sistema que el calificó de fracasado… y por un extenso etcétera.

Y para Guillier los estudiantes también están frustrados porque se les exigen muchas pruebas, como el Simce, la Pisa o la PSU, las cuáles ofreció disminuir en intensidad, porque quiere que los niños sean felices. Y por supuesto no faltaron los pueblos originarios, que también recibieron su cuota de privilegios concedidos.

A Fausto el no ser feliz lo desespera, hasta que un día se le aparece el demonio, encarnado en Mefistófeles, quien le promete brindarle todo lo que él quiera mientras se mantuviera con vida, y a cambio, Fausto le serviría para siempre en la otra vida. Y el trato también era que Fausto moriría, cuando complacido por algo que Mefistófeles le hubiere conferido, decidiera prolongar eternamente esa circunstancia.

Los Faustos allí presentes gritaban alentando al senador: “Se siente, se siente, Guillier Presidente”, prometiéndole sus votos a cambio de las promesas con las que éste los haría felices.

Para hacer una larga historia corta, Fausto vive toda suerte de aventuras en el tiempo y realiza muchas acciones de bien, las que lo llevan a recibir de parte del Emperador de Alemania tierras en la costa, lugar donde muere, porque allí encontró el espacio donde le gustaría vivir para siempre, elección que al prolongarse eternamente, lo condena a muerte, tal como había acordado con el diablo.

Lo que Fausto representa tiene un símil en la ciudadanía. Esa ciudadanía desencantada con todo, que no está feliz ni con la institucionalidad, ni con la política, ni con los empresarios, ni con nada. Hasta que aparece un Guillier u otro político de izquierda, como ayer lo fuera la actual Presidenta, que les promete cambiarlo todo, darles gratuidad, derechos sociales, pensiones solidarias, igualdad, justicia y felicidad, porque el Estado se preocupará de su bienestar. ¿A cambio de qué? De su voto y su lealtad eterna para mantenerse en el poder.

En la próxima elección presidencial, entonces, tendremos que optar entre tener un Estado Controlador que estará presente en cada aspecto de nuestras vidas, como lo propone la izquierda, o un Estado Facilitador propuesto por Chile Vamos, que no interfiera en nuestras opciones personales y que solo nos facilite tomar nuestras propias decisiones con libertad y responsabilidad.

Cuando creemos que el Estado nos puede reemplazar en la búsqueda de nuestra propia felicidad, otorgándole el monopolio para decidir cómo conducir nuestras vidas, donde educar a nuestros hijos, a qué hospital acudir, que carrera seguir o qué actividad emprender, nos estamos convirtiendo en ese Fausto que le cambia su alma al diablo por la eterna felicidad, esa misma que le va a causar la muerte que lo llevaría al infierno.

La utopía de la felicidad provista por el Estado termina con resultados como los que hoy están a la vista.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO