¡Qué rápido hemos olvidado que prácticamente todos fuimos o tenemos antepasados inmigrantes! Muchos lo han sido en contra de su voluntad durante el curso de la historia.
Publicado el 22.06.2018
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Nuevamente Trump es el mensajero del fin de la era de los consensos mundiales. Esta vez puso a los hijos de inmigrantes lejos de sus padres y provocó una reacción en la opinión pública mundial que ha permitido, por lo menos algunos días, recordar la crisis humanitaria que existe tras la oleada migratoria que caracteriza nuestro tiempo y que se ha convertido en una consecuencia estructural del proceso de mundialización. Sólo en Estados Unidos se han separado más de 2.300 niños inmigrantes de sus padres desde abril de este año, tras la (anti) política denominada Tolerancia Cero.

La acción de separar a los niños de sus padres estalló y se convirtió en un escándalo político gracias a unas grabaciones que registraron el dolor de los niños, tras el sentimiento de orfandad. Por una extraña coincidencia aquello ocurrió el mismo Día Internacional de los Refugiados, los que hoy son más de 68 millones de personas. Muchos de ellos sobreviven en condiciones miserables producto del hoyo financiero en que se encuentra el Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas (los países no están aportando con lo necesario, tal vez no les interesa), y porque los conflictos internacionales, y en particular los intraestatales, han aumentado. Por cierto que los inmigrantes son muchos más que los refugiados, siendo personas que por lo general buscan nuevas oportunidades para prosperar o por lo menos subsistir más dignamente.

La administración Trump pareciera no estar dispuesta a aceptar el respeto mínimo que exige el Derecho Internacional de los derechos humanos a los inmigrantes.

La sociedad interconectada e interdependiente ha conseguido un aumento explosivo del intercambio de bienes y servicios (creación de mercado), además de tecnológico, sin embargo son las personas la complicación, sobre todo las que provienen desde lugares en que el desarrollo no ha llegado. Al respecto, el acceso a las nuevas tecnologías ha permitido informar masivamente acerca de la realidad de otros países, y con ese pseudoconocimiento se alistan los inmigrantes a buscar nuevos horizontes, aprovechando las facilidades de desplazamiento vía transporte aéreo, marítimo y terrestre, además de las “ayudas” de organizaciones ilícitas que rentan con esos sueños.

La reacción a lo descrito, en un mundo internacional con fatiga de convicciones y con menor respeto al régimen internacional pos Guerras Mundiales, ha sido el resurgimiento de los nacionalismos excluyentes y populismos encarnados por emergentes liderazgos que representan en sí un proceso de deshumanización del sistema internacional.
La administración Trump pareciera no estar dispuesta a aceptar el respeto mínimo que exige el Derecho Internacional de los derechos humanos a los inmigrantes, ya que si bien revirtió la medida de separar a padres de hijos, ello fue más bien por el rechazo a la norma por parte de los propios republicanos.

Los inmigrantes están resguardados en sus derechos fundamentales por el sólo hecho de ser personas. Por ello las acciones de Trump son absolutamente injustificables.

Por otro lado, si bien no existe otro pacto o tratado que proteja específicamente al inmigrante más que la Convención sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Inmigrantes y sus Familias de 1990, nacido en el marco de la OIT, y que entró en vigor el 2003, no se puede dejar de soslayar que los inmigrantes están resguardados en sus derechos fundamentales por el sólo hecho de ser personas. Por ello las acciones de Trump son absolutamente injustificables a la luz de la Carta de los Derechos Humanos y la jurisprudencia en la materia. Separar a padres de hijos menores de edad (más de 100 de los 2.300 tienen menos de 4 años) por una situación de inmigración es una violación injustificable.

Para ver la situación desde una perspectiva menos coyuntural y más general, debemos señalar que la Casa Blanca está intentando cumplir con sus promesas de campaña, y así reducir los aproximadamente 300 mil inmigrantes que ingresan a Estados Unidos anualmente. Para ello, el Presidente Trump firmó el retiro de su país del Pacto de Nueva York (2016), en el cual su predecesor (Obama) se comprometió a trabajar en un plan de acción que abordara integralmente la manera de regularizar a los inmigrantes y avanzar en compromisos con los estados desde donde provienen la mayoría de ellos, de modo reducir los flujos de inmigración por medio de acuerdos entre las partes. Ahora la estrategia es unilateral, rápida y sustentada en la coerción.

Ciertamente las migraciones se han transformado en una materia de ocupación en prácticamente todo el orbe. Algunos han enfatizado los asuntos desde la perspectiva de la seguridad (alimentaria, laboral, medio ambiental, entre otras). Otros han visto el fenómeno como una falla en la prevención de conflictos y la asimetría cada vez más extendida entre los estados. No obstante, según cómo se enfrenta este asunto a nivel mundial se va hacer la diferencia entre mantenernos en la defensa de la persona humana o no, por lo que la perspectiva humanitaria y de protección a los derechos humanos debiera ser la primera y más sustantiva sobre la cual levantar políticas para abordar el cada vez mayor flujo migratorio.

¡Qué rápido hemos olvidado que prácticamente todos fuimos o tenemos antepasados inmigrantes! Muchos lo han sido en contra de su voluntad durante el curso de la historia. ¿Cómo hemos podido olvidar el poema de Darwich?

“Yo soy de acá y soy de allá.
No soy de acá ni soy de allá.
Tengo dos nombres que se juntan y se separan,
Tengo dos idiomas.
Y olvidé en cuál de ellos sueño”

Jaime Abedrapo, doctor en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales