Ceder ante las presiones de los griegos podría tener un efecto inaceptable desde el punto de vista del ejemplo, así como tiene el riesgo que, de continuar la situación, Grecia termine efectivamente fuera de la Eurozona y los malos presagios al respecto se vean confirmados.
Publicado el 02.07.2015
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La situación actual de la Unión Europea en relación a Grecia se parece, paradójicamente, a una tragedia griega. Todos los factores se van concatenando para producir el final esperable y doloroso, cualquiera sea el camino futuro que tome la crisis europea actual.

El problema tiene larga data, sencillamente porque esta historia comenzó mal, se ha desarrollado de mala manera y tiene un presente y un futuro problemático. Desde hace muchos años Grecia estaba viviendo por sobre sus posibilidades, generaba poca riqueza y gastaba más de lo que tenía. El país se mentía a sí mismo, y engañaba de paso a Europa, se desconocían las cifras reales del presupuesto o incluso se adulteraban.

Esto lo resume muy bien Gavin Hewitt en Europa a la deriva (Madrid, Alianza Editorial, 2013), donde describe algunos de los males que aquejaban a la economía y la sociedad griega de las últimas décadas: pedir préstamos costosos, pagar impuestos cuando se quiere, subsidios que llegaban a personas que no lo necesitaban, pensiones que beneficiaban incluso a los muertos. A esto se sumaba la corrupción política y una inveterada incapacidad para revertir la situación. En materia de gasto, el Estado desperdiciaba recursos financiando las jubilaciones de personas perfectamente capacitadas para trabajar y que apenas superaban los cincuenta años, mientras las personas dilapidaban sus recursos o se endeudaban para consumir algunos lujos: “durante la primera década del euro Grecia se convirtió en el mayor comprador por habitante de Porsche Cayenne, un automóvil que costaba 60.000 euros”, como ejemplifica Hewitt.

Lo que ha ocurrido en los últimos años es solo la manifestación externa, sin duda tardía, de la insostenible realidad económico-social y política de Grecia. Se puede vivir falsamente durante un tiempo, pero no eternamente, en la historia los errores tienen consecuencias y tarde o temprano una caída vuelve las cosas a su lugar. Es lo que ha ocurrido en el caso griego en la última década, cuando progresivamente comenzaron a aparecer las noticias de la insolvencia económica, los europeos exigieron a Grecia cambios en la conducta y se inició el conocido proceso de austeridad, recortes en el gasto público, disminución de las pensiones y otros temas que, por una parte, regresaban las cosas a su lugar, y por otro lado, implicaban un gran costo social y provocaban importantes consecuencias políticas, entre las que se pueden mencionar la irrupción del populismo y la radicalización de las propuestas.

La llegada de Alexis Tsipras, en este sentido, marca un claro punto de inflexión en la relación con la Unión Europea y en la forma de enfrentarse a las exigencias de la Troika, como se le denomina al poder que representan la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Estos son los organismos que establecen las condiciones y ponen las reglas a los países que, como Grecia, están enfrentando procesos de emergencia económica y de renegociaciones que ponen en tela de juicio su continuidad en el euro y sus formas de enfrentar la crisis.

Es evidente que no se llegó a esto de un día para otro. Cuando irrumpió Syriza, el proyecto de Tsipras, en el escenario griego, muchos respiraron aliviados cuando en elecciones pasadas no fueron capaces de lograr victorias y llegar al gobierno. La situación cambió en enero de este 2015, cuando Tsipras llegó a gobernar Grecia, con el compromiso expreso de promover la renegociación de sus deudas y la suspensión de pagos, hasta que la economía griega estuviera recuperada.

Ese es el problema que enfrenta hoy la nación europea que pone en jaque la unidad económica del Viejo Continente. El gobierno ha rechazado la última oferta de los acreedores, ha terminado con las negociaciones, y ha llamado a un plebiscito para que sea el pueblo quien resuelva si aceptar o no las condiciones exigidas a Grecia en este proceso. Entre ellas se encuentran reducir las pensiones, aumentar algunos impuestos, reducción de salarios en el sector público y un recorte en el déficit. El partido de gobierno y una parte de la sociedad han calificado estas exigencias como una agresión, y numerosos carteles muestran el rechazo a las peticiones y una indignación galopante. Todo esto en el contexto de la cesación de pagos y en la realidad de que Tsipras no ha cumplido las exigencias europeas, como anunció ya durante su campaña y como parece empecinado en continuar.

Si bien algunos efectos ya se han comenzado a ver, como el corralito bancario, manifestado en las enormes filas de personas que buscan sacar algo de su dinero, el futuro está relativamente abierto y aparece con complejidades interesantes. El referéndum será el domingo 5 de julio y desde el gobierno llaman a votar no al “chantaje” de la Unión Europea, mientras la oposición acusa a Tsipras de estar jugando con el futuro de Grecia y su continuidad en la Eurozona. Algunos analistas no ven con malos ojos esta situación, e incluso piensan que podría ser conveniente para la recuperación de la alicaída economía griega.

Quizá el mayor problema, que ya era previsible con la victoria de la izquierda radical en las elecciones pasadas y la conformación del gobierno de Syriza, es que se han roto las confianzas y que estamos frente a un verdadero diálogo de sordos. Es tal la distancia entre los paradigmas mentales que separan a la Unión Europea y al gobierno de Tsipras, que es prácticamente imposible prever un acuerdo razonable. Ceder ante las presiones de los griegos podría tener un efecto inaceptable desde el punto de vista del ejemplo, así como tiene el riesgo que, de continuar la situación, Grecia termine efectivamente fuera de la Eurozona y los malos presagios al respecto se vean confirmados. Aceptar las peticiones de la Troika es algo inviable para Tsipras, de manera que las negociaciones podrían continuar en punto muerto, con meras demostraciones de fuerza y sin posibilidades de acuerdo.

Grecia vive hora de decisiones. Como la tuvo cuando eligió a Tsipras para gobernar, optando por un camino de rebeldía frente a su historia reciente y contra las exigencias de la Unión Europea, en la que voluntariamente participan. Como la ejerció el gobierno griego al rechazar las exigencias de la Troika. Y como la tendrá este domingo cuando se vote si aceptar o no las propuestas europeas, con todas las consecuencias que un Sí o un No podrían tener para la economía griega y para Europa. Se vuelve a la vieja máxima de la libertad en la historia: las decisiones tienen consecuencias. En este caso, podríamos estar frente a un suceso de enormes proporciones y, todavía, de imprevisibles consecuencias.

 

Columna de Alejandro San Francisco, Académico PUC y Director de Formación Instituto Res Publica, publicada en El Imparcial de España.

 

 

FOTO: GORKA PALAZIO/FLICKR