El gobierno y la Nueva Mayoría han construido un relato deshonesto, que esconde las verdaderas razones y los responsables del complejo momento por el que atraviesa Chile.
Publicado el 17.07.2015
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Es difícil entender el propósito que comunicó la Presidenta Bachelet al país hace justo una semana, el día antes de cumplirse 16 largos y agobiantes meses de su segundo mandato. A partir de ese momento el gobierno ha ajustado tantas veces el libreto, que no sería raro que ni sus propios ministros sepan bien qué es exactamente lo que van a hacer.

Partieron en una especie de frenazo al programa: se acabó la plata, fin de las reformas. Pasaron luego a anunciar una operación recorte: cumplirán con algunas reformas y con algunos beneficiarios (gratuidad en la educación superior excluyendo a 330 mil estudiantes vulnerables, por ejemplo). Y, si no andamos muy perdidos, están ahora en la fase gradualidad con moderación: las reformas van, pero no todas al mismo tiempo y se guardan para una próxima oportunidad las más “profundas”, aquellas por las que están pataleando ofendidos la bancada estudiantil, el PPD y el PC.

Lo que sí está totalmente claro es que el gobierno y la Nueva Mayoría (hoy Nueva Minoría, para ser más exactos) han construido un relato deshonesto, que esconde las verdaderas razones y los responsables del complejo momento por el que atraviesa Chile. Si en el 2014 nos quisieron convencer que era la mala comunicación la responsable del rechazo abrumador a las reformas, en el 2015 nos están dando la razón, pero se niegan a reconocerlo y prefieren seguir subestimando nuestras capacidades.

¿Se acabó la plata para cumplir el programa? Tras sextuplicar el déficit fiscal en poco más de un año (de 0,5% a 3%), no parece muy presentable que no hayamos escuchado hasta ahora ni una sola palabra presidencial para explicarnos por qué impuso una reforma tributaria -que además prometió pagaría solo el 1% más rico -con cuya recaudación se financiaría a lo menos la reforma educacional. ¿No estudiaron acaso sus ideólogos los costos del programa, antes de diseñar un alza de impuestos para financiar las promesas emblemáticas?

Lo ocurrido es justo al revés: son las reformas las que han hecho retroceder la recaudación fiscal, no solo por efecto de la reforma tributaria (tan enredada que solo parecen entenderla sus autores, Arenas y Jorrat), o de la reforma sindical diseñada a partir de la exclusiva opinión de la CUT, sino especialmente por el clima de incertidumbre y hostilidad con los emprendedores y la clase media, que sembró la propia Presidenta Bachelet: una Nueva Constitución que cambiaría el concepto de propiedad privada, la fobia a todo lo que huela a “subsidiario” o “concesionado”, la confiscación de nuestro 7% de salud, etc., etc., etc.

¿El Estado no estaba preparado? “Debemos reconocer que la administración estatal no estaba totalmente preparada para procesar cambios estructurales simultáneamente. Es parte de los obstáculos que hemos heredados…”, explicó la Presidenta Bachelet hace una semana en el Estadio San Jorge. Admitamos el grado de originalidad de la izquierda, irrepetible en la derecha (se nos reprocha el excesivo realismo y la poca poesía para hablarle a los electores): efectivamente, jamás se nos habría ocurrido culpar al Estado de la ineptitud humana y del mal uso que un gobierno ha hecho de su mayoría parlamentaria.

Ningún Estado está preparado para soportar las malas ideas, descritas con crudeza por José Joaquín Brunner: “Hubo un programa completamente desequilibrado, porque más que una agenda de gobierno era un conjunto de enunciados sobre sueños de todo lo que un conglomerado progresista puede querer”. Y, por cierto, ya no cabe duda: era la Nueva Mayoría la que no estaba preparada para hacerse cargo del Estado.

¿Enfrentamos un nuevo escenario económico? El otro día un parlamentario oficialista se consolaba asegurando que el gobierno estaba ajustándose a “un nuevo escenario económico y político”. Otros han levantado la tesis de los empresarios amurrados, que se niegan a invertir para dañar al gobierno, como si emprender fuera un acto político o filantrópico (vamos a dejar para otra columna el profundo desconocimiento de quienes nos gobiernan de la economía y de aquello que inspira y mueve a los emprendedores).

El crecimiento cae de un promedio de 5,3% en los tres años anteriores a 1,9% en 2014 y ¿recién en el séptimo mes del año siguiente el gobierno vino a captar el “nuevo escenario económico”? Ni el escenario económico ni el político son nuevos y para confirmarlo recomiendo leer “¿Qué hierba están fumando?”, una recopilación de la opinión de varios expertos, desde fines de 2013, sobre los efectos del programa de gobierno que estaba comprometiendo el bacheletismo.

Y llegamos al broche de oro, el telón de fondo que La Moneda tuvo a bien instalar detrás de la Presidenta Michelle Bachelet, mientras se dirigía al país: Todos x Chile (que nos costó a los contribuyentes 20 millones de pesos). Tres palabras para definir la esencia de un sector político que se ha mostrado en los últimos meses de cuerpo entero: sectarios en el triunfo, porque mientras mantuvieron mayoría en las encuestas eran los pilotos de la retroexcavadora; unitarios en la derrota.

El país que recibió este gobierno en marzo de 2014 era el resultado de décadas de trabajo y del esfuerzo de millones de chilenos. Hasta ahora está pendiente que la Nueva Mayoría nos informe con qué medidas y en qué plazos esperan que Chile se recupere del retroceso que ha experimentado, después del trasnoche que se permitieron alargar por 16 meses y que se origina en un mal diagnóstico, en malas ideas y en na conducción política desde el limbo, que recién viene a percatarse de un resultado desastroso.

Porque lo comido y lo bailado no puede salir gratis.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

FOTO: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

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