Lamentablemente, todo parece indicar que estos acuerdos anunciados sobre infancia y pobreza son hechos aislados y responden a una lógica de gobierno y no de Estado. Lo ideal sería que se pudieran discutir y debatir compromisos transversales no sólo en infancia y pobreza, sino que también con los adultos mayores, las regiones y los presos.
Publicado el 15.04.2018
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Hace algunos días tuve el agrado de visitar la Librería Lolita, del conocido periodista y escritor Francisco Mouat. En Chile existen pocos lugares como Lolita, donde comprar un libro no se rige por las impersonales reglas de las transacciones comerciales y  se transforma en una experiencia, una especie de rito, un momento íntimo con la literatura donde, gracias a la asesoría personal de Mouat y su equipo, podemos detener la rutina y conversar sobre esos cuentos, poemas o novelas que han sido determinantes en nuestras vidas; sobre aquellas cosas que son importantes, pero sobre las que nadie reflexiona porque no son urgentes.

De Lolita me llevé varios libros, entre ellos uno de cuentos llamado De vez en cuando, como todo el mundo, del escritor chileno Marcelo Lillo. La vida de Lillo ha estado teñida de una especie de mito en torno a su figura. Dueño de una honestidad brutal, en un momento decidió dejarlo todo y se fue a vivir a Niebla, alejándose de las luces del circuito literario.

Los cuentos de este nuevo libro recuerdan con insistencia a Raymond Carver, uno de los grandes cuentistas estadounidenses, también al escritor brasileño Rubem Fonseca. Lillo, Carver y Fonseca tienen ciertos aspectos comunes, que son llamativos a la hora de analizar la influencia de la literatura en la descripción de la sociedad en que viven quienes escriben sobre ella. Los protagonistas de sus relatos por lo general son personas normales, con vidas y trabajos aparentemente normales, pero que se caracterizan por lidiar permanentemente con la derrota. Son todos a los que siempre les toca el pedazo pequeño y desarmado de la torta, esos que viven con una especie de esperanza en un mejor futuro que nunca llega.

En el caso particular de Lillo, son todos esos chilenos que viven en una eterna frustración por las oportunidades perdidas, por su mala suerte, por no poder hacer lo que siempre soñaron. A muchos de ellos no es difícil encontrarlos; lo podemos hacer en nuestro barrio, en el paradero o en la estación de Metro, en el trabajo y la universidad.

El problema surge cuando la derrota permanente en la que viven algunos se vuelve invisible para el resto de la sociedad. No me refiero ya a aquellas personas normales de los relatos de Lillo o Carver, sino que a todos esos chilenos que parecieran no existir y que, en nuestra atribulada y solitaria vida no tienen ninguna relevancia. Son los derrotados de nuestra sociedad; los ancianos abandonados a su suerte, los habitantes de zonas extremas, los pobres escondidos en la periferia de las ciudades, los presos de las cárceles en condiciones infrahumanas y los niños del SENAME.

En estos días se ha hablado mucho del gran acuerdo que se quiere lograr respecto al tema de la infancia y hemos visto la mezquindad de quienes, por fines políticos, se han restado de este naciente intento por hacerse cargo del problema.

No hay duda de que priorizar este tema es sumamente relevante, más si se intenta solucionar mediante la lógica de los grandes acuerdos, tan injustamente vilipendiada en los últimos años por parte de algunos miembros de la izquierda. Ellos parecen olvidar la importancia que tuvo esta forma de hacer política en la recuperación y mantención de nuestra democracia, cuando Pinochet era una sombra omnipresente que hacía de las suyas como comandante en jefe del Ejército y senador vitalicio.

Lamentablemente, todo parece indicar que estos acuerdos anunciados sobre infancia y pobreza son hechos aislados y responden a una lógica de gobierno y no de Estado. Lo ideal sería que se pudieran discutir y debatir compromisos transversales no sólo en infancia y pobreza, sino que también con los adultos mayores, las regiones y los presos. No esperemos que ocurran más tragedias como la del SENAME o la cárcel de San Miguel para recién darles cara y nombre a todos esos derrotados que, aunque no lo creamos, todavía existen.

 

Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO