Esta es mi segunda objeción a la propuesta del salario ético, que apunta en la dirección equivocada: a los empleadores, cuando en realidad debería interpelar a los políticos que impiden que nuestro país alcance un nivel de ingresos en que todos los trabajadores tendrían esa remuneración y mucho más aún.
Publicado el 03.04.2016
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Aproximarse al debate político en el eje ético es esencialmente incorrecto y antidemocrático, ya lo señaló lúcidamente Popper hace muchos años, porque plantear que la visión del adversario se identifica con el mal y la propia con el bien sustrae a la competencia democrática de un elemento esencial, cual es la equivalente legitimidad de las opciones en disputa, de la que deriva la obligación para todos de aceptar el resultado, así como la de competir bajo las mismas reglas.

El Obispo Goic ha reflotado una propuesta suya de hace algunos años, la de plantear el imperativo ético de una remuneración mínima con un monto determinado. La razón para ello es que en nuestro país es imposible vivir con un mínimo de dignidad si se tiene un ingreso inferior a 400 mil pesos. Estoy absolutamente de acuerdo con el supuesto, con el único agregado que incluso el piso que él coloca me parece muy bajo, me cuesta imaginar condiciones de vida aceptables por debajo de los 500 ó 600 mil pesos.

Pero a partir de este punto me empiezo a separar de la visión y la propuesta de Monseñor Goic, por las siguientes tres razones que quisiera compartir.

Es obvio que él apunta en el sentido que los empleadores tienen la obligación ética de pagar esta remuneración. Está implícito que la generalidad de las personas que perciben una remuneración por debajo del piso planteado podrían recibirlo, pero ello no ocurre porque sus empleadores no quieren pagarla, probablemente por avaricia, codicia o egoísmo. Asumo que si Monseñor pensara que los empleadores quieren pagar más, pero no pueden no habría deber ético que plantear.

Entonces, la propuesta viene a exacerbar la división y el conflicto en nuestra sociedad, adhiriendo a las visiones que interpretan el orden social como el injusto resultado que se produce por el abuso de los poderosos sobre los débiles. Es evidente que cuando decimos poderosos, entendemos empleadores y cuando decimos débiles entendemos trabajadores. Este es el tipo de discurso que promueve la desconfianza, el resentimiento y, finalmente, la violencia en la sociedad.

Un segundo punto, que me parece central, es el que apunta a la solución del problema. Es de perogrullo decir que hay un solo tipo de países en que el problema está resuelto y en que la generalidad de las personas que trabajan obtienen remuneraciones incluso muy superiores a las que plantea Monseñor. Son los países desarrollados, vale decir el conjunto de naciones que tienen riqueza, solidez institucional y respeto por los derechos individuales en un grado que permite a todos sus miembros vivir dignamente, en la medida que se esfuercen por lograrlo.

Como hace más de 50 años que un número relevante de naciones alcanzó ese nivel de vida, actualmente es un hecho conocido, estudiado y comprobado, todo lo que hay que hacer para lograrlo. Vale decir, está igual de científicamente demostrada la manera de tratar una infección con antibióticos, que la de hacer que un país se desarrolle. Por lo tanto, así como no es ético que un médico no aplique el antibiótico que corresponde cuando un paciente lo requiere, tampoco es ético que quienes gobiernan los países no apliquen las políticas que los conducirían al desarrollo o, lo que es peor aún, que hagan exactamente lo contrario aplicando otras que impiden su progreso.

Esta es mi segunda objeción a la propuesta del salario ético, que apunta en la dirección equivocada: a los empleadores, cuando en realidad debería interpelar a los políticos que impiden que nuestro país alcance un nivel de ingresos en que todos los trabajadores tendrían esa remuneración y mucho más aún.

Si Monseñor Goic llamara a los Ministros de Hacienda de los sucesivos gobiernos, desde Hernán Büchipara poner el corte en alguna parte, podría ir mucho más atrás- hasta Felipe Larraín; a los Decanos de Economía de las cinco Facultades mejor rankeadas en nuestro país en esa disciplina; y a los últimos cinco ganadores del Premio Nobel de Economía y les consultara cuáles son las cosas fundamentales que todo país tiene que hacer para alcanzar el desarrollo, le aseguro que obtendría prácticamente las mismas respuestas, las diferencias serían menores y en materias plenamente opinables.

¿Por qué no estamos aplicando esas medida entonces? Hacia allí debería estar apuntando el reproche ético de Monseñor, porque ahí si que hay una falta de este tipo.

Por último, y precisamente porque la propuesta equivoca el blanco, ignora que el salario de mercado tiene un componente ético fundamental: maximiza el empleo. Vale decir, es el punto de equilibrio en que la mayor cantidad posible de personas puede obtener un trabajo. Si bien es indudable que alguien con un ingreso de menos de 400 mil pesos vive en condiciones paupérrimas, no podemos olvidar que el que no tiene empleo y no gana nada está en peores condiciones aún.

No es ético plantear un camino que favorece a los que ya tienen trabajo en perjuicio de los que no lo tienen, que son los pobres entre los pobres, elevando la barrera de ingreso al mercado laboral.

André Gide dijo que no se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos” y Margaret Thatcher, con su particular y descarnado estilo, dijo que “nadie se acordaría del buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero.”

No dudo que Monseñor Goic tiene buenas intenciones y que la pobreza le duele, pero como dijo Gide eso no basta y en este caso hay que partir por resolver el problema económico, antes de eso no hay buen samaritano posible.

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

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