Corresponderá a una nueva generación, que hasta aquí no ha mostrado aún su real estatura, llevar a cabo esta complejísima tarea. Tendrá que exhibir ideas, capacidad de generar consensos, habilidades para gestionar procesos y soluciones efectivas para los problemas.
Publicado el 19.04.2017
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Independiente de quién —mujer u hombre— sea elegido como Presidente en noviembre próximo y de cuáles sean las mayorías y minorías parlamentarias, el desafío esencial de las nuevas autoridades será el de la gobernabilidad. Ésta implica conducción efectiva, no sólo que “las instituciones funcionen”. Apunta no al mínimo hobbesiano de la gobernanza —que la gente esté a salvo de ser aplastada por los más violentos, ricos o poderosos—, sino a un “buen gobierno”. Aquel que articula positivamente los diferentes intereses e ideas que se hallan en juego en la sociedad frente a los  problemas percibidos como más importantes, y los aborda con efectividad y eficiencia.

En este último sentido, la gobernabilidad ha ido deteriorándose en Chile, incluso si las “instituciones funcionan” y el orden hobbesiano se halla generalmente preservado, aunque con señas aquí y allá (en La Araucanía, por ejemplo) de estar amenazado. Hay un mínimo, pero no un “buen gobierno”.

¿Dónde puede verificarse un declive de la gobernabilidad?

Hay múltiples signos. Por lo pronto, una gestión política deplorable del Gobierno; a este respecto hay un consenso que ha ido creciendo desde hace ya dos años. Lo mismo la coordinación política-técnica de las reformas que el Gobierno propuso como su marca refundacional. El gabinete de secretarios de Estado es particularmente débil, sobre todo los ministros de La Moneda. La administración carece de relato y su política de comunicación es confusa.

Como resultado, el desempeño del Gobierno es mal evaluado. La Presidenta perdió su liderazgo y popularidad. La Nueva Mayoría (NM) es juzgada negativamente; su propia existencia está en cuestión. Y las reformas paradigmáticas prometidas en el programa generan escaso entusiasmo y apoyo para el Ejecutivo.

 

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Sin embargo, estas son apenas las señales más superficiales de las fallas de gobernabilidad.

Sus consecuencias más de fondo se expresan en la pérdida de dinamismo del crecimiento, la baja productividad de la economía y la generación de empleos de baja calidad. Hay un sentimiento generalizado de que el país no progresa, aunque la propia vida no ande mal. Existe frustración en vez de optimismo. Desconfianza en el futuro. Y una difundida sensación de inseguridad e incertidumbre.

Todo esto se refleja en la esfera política, donde las “fuerzas progresistas” aparecen puestas a la defensiva, fragmentadas, orientadas hacia sí mismas, o bien entregadas a ensoñaciones y al cultivo de mundos alternativos carentes de cualquier germen de gobernabilidad. No es extraño que en estas condiciones la derecha aparezca, paradojalmente, volcada hacia el futuro y sea percibida como alternativa real de gobernabilidad, así no sea por defecto del polo progresista.

Culturalmente, este cuadro se manifiesta —como revelaba un reportaje del domingo pasado a figuras intelectuales y artistas de izquierda— en una pérdida de fe en la propia experiencia y convicciones, un retraimiento posmoderno, una suerte de anomia de grupos ilustrados. No hay la idea de estar “llamados a” (o sea, de una vocación), ni hay tampoco entusiasmo comprometido. Se echa de menos en esos círculos el realismo de la inteligencia y la pasión (público-política) del corazón.

Quizá este espíritu de “tierra baldía” —que recuerda la atmósfera y el tono vital del poema de TS Elliot con ese mismo nombre (The Wasteland)— tenga que ver con el estado del mundo y no sólo con la provincia, nuestra pequeña patria. En efecto, ¿cómo podría uno a esta altura de los procesos de  globalización separar ambos espacios, el local y el global? ¿Y cómo podría el espíritu progresista sentirse optimista y confiado a la luz de Trump y los neo-nacionalismos, del ánimo belicoso y la decadencia socialdemócrata, del horror de los inmigrantes y la violencia contra las mujeres? Estos no son tiempos para exaltar.

Pero es en este escenario que nuestras autoridades tendrán que establecer las bases para una nueva gobernabilidad cuando asuman en marzo del próximo año.

 

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Corresponderá a una nueva generación, que hasta aquí no ha mostrado aún su real estatura, llevar a cabo esta complejísima tarea. Tendrá que exhibir ideas, capacidad de generar consensos, habilidades para gestionar procesos y soluciones efectivas para los problemas.

A fin de reponer la gobernabilidad como “buen gobierno”, necesitará encontrar su lugar entre las élites, algo que suele ser difícil para quienes prefieren ser vistos como meros ciudadanos, gentes de la calle. Deberá aceptar las estratificaciones que trae consigo el poder y ubicarse en las jerarquías de los nuevos arreglos verticales.

Recuperar la gobernabilidad exigirá además forjar alianzas, o al menos complicidades, que crucen transversalmente el espectro político, pues esto es parte de la legitimidad democrática y de la eficacia gobernante. Los grupos alternativos suelen despreciar la transversalidad, pues temen perder su pureza y verse envueltos en una convivencia con sus “enemigos”.

Adicionalmente, la gobernabilidad reclamará restablecer vínculos entre la política y la sociedad civil; entre el Parlamento y la calle; entre movilizaciones y soluciones.

Asimismo, independiente de quiénes se impongan en las próximas elecciones, triunfadores y perdedores deberán alcanzar algunos acuerdos sin los cuales la democracia no funciona. En efecto, en un cuadro de disenso ideológico total, el Gobierno se reduce a mantener el orden hobbesiano. Pues si todo parece estar en juego, la democracia se polariza y torna ineficaz. Es incapaz de generar gobernabilidad.

¿Podrán nuestras débiles fuerzas políticas ponerse a la altura de tamaño desafío y restituir un modo de gobernabilidad que sirva a la sociedad en su conjunto y al desarrollo del país? ¿Podrán Piñera y su alianza ser más que la vez anterior? Y quien sea que presida el bloque de centroizquierda, si acaso éste llega a reconstituirse, ¿podrá superar las inercias de la continuidad y ofrecer un camino allí donde la NM fracasó? ¿Están sus líderes —Goic o Guillier o Lagos Weber o Elizalde o Auth o Chahín o Provoste— en condiciones de recomponer una gobernabilidad y superar la performance de sus coetáneos Peñailillo y Arenas, a quienes la diosa Fortuna trató tan ásperamente? ¿Podrá el Frente Amplio convertirse mañana en una efectiva oposición democrática, más menchevique que bolchevique, y dejar atrás la ilusión de una sociedad sin contradicciones?

La tarea de crear una nueva gobernabilidad es sin duda imponente. Por eso mismo requiere una convergencia de esfuerzos y voluntades que, hasta el momento, no aparece en el horizonte. ¿Tendrá que empeorar la cosa pública todavía algo más antes de empezar a mejorar?

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

 

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