Al igual que con Harry el sucio, siempre seamos vigilantes de esas instituciones. No dejemos que se vuelvan injustas. Seamos nosotros mismos quienes nos "alegremos el día".
Publicado el 14.07.2015
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La escena es conocida por muchas personas (especialmente los cinéfilos). En medio de un asalto en una cafetería, un policía trata de evitar que sufran los comensales disparando con su Smith and Wesson Modelo 29 a los villanos. Logra derribar a todos ellos salvo a uno, el cual tiene tomada a una rehén por el cuello amenazándola con una pistola. Pero el policía le apunta con su arma y le dice la célebre frase: “Go ahead, make my day” (“Vamos, alégrame el día”). El villano es intimidado por la frialdad del policía (el gran Harry Callahan, interpretado por Clint Eastwood en cinco filmes) y suelta a su rehén dejándose capturar por la policía de respaldo que se apostó a las afueras de la cafetería donde se realizó el asalto. Harry, el sucio, salvó a las personas de un triste final.

La escena descrita —que es de Sudden Impact (1983)— es una excelente analogía para aterrizar un problema que vivimos hoy. La corrupción está afectando las vidas cotidianas de las personas. Al provocarse una constante —y muchas veces sana— desconfianza a las élites políticas, pasamos a vivir un estado de angustia para definirnos políticamente. Ya nadie sabe si la izquierda o la derecha o si la propia política son buenas. Nadie tiene claro si el político que aparece en prensa está diciendo la verdad. Sin embargo, el Estado y el gobierno siguen ahí, causando impacto a nuestras vidas cotidianas amenazando la libertad y tranquilidad de los ciudadanos, tal y como los bandidos de la escena descrita.

En medio de este proceso de despertar de la ciudadanía —no en el sentido de movilizarse en el espacio público, sino en el de alejarse de la clase política, producto de su actuar corrupto— surge un Harry, el sucio. ¿Quién sería Harry en esta analogía? ¿Quién nos defiende del actuar vicioso de la clase política? La respuesta es algo compleja, pero podemos suponer tres candidatos al papel:

  1. Los técnicos. Personas que están vinculadas al mundo de los números que nos llevarían al progreso simplemente en términos de cifras, decidiendo de manera abiertamente utilitaria los destinos de la ciudadanía en un esfuerzo más por hacer ingeniería social (el Transantiago es un ejemplo de lo que pueden llegar a hacer los técnicos de la planificación social);
  2. Los populistas. Personas que dicen estar más allá de los vicios de la política y se abanderan por las causas de moda en un formato de movilización de masas con una retórica pintoresca y con una biografía atractiva (Marco Enríquez-Ominami es el principal exponente hoy por hoy); o,
  3. Los individuos, cada uno de nosotros, los cuales en nuestra cotidianeidad nos erigimos como dueños de nuestro destino y reclamamos para nosotros nuestro derecho a emprender lo que deseemos sin la coacción ni de la tradición, ni de la sociedad, ni del Estado o la política. Lo único que detiene al individuo es su propia voluntad y la invasión a otro individuo.

Nosotros mismos somos los Harry Callahan de nuestra vida. Al igual que en las obras de Eastwood, vivimos en un mundo donde la acción del gobierno es legal, pero muchas veces no es buena. Depende de nosotros, en nuestra vida cotidiana, en los círculos más cercanos, construir espacios de libertad que nos dignifiquen como personas, que nos validen como seres en toda nuestra plenitud, que nos permitan alcanzar nuestras propias metas. Las instituciones son un mecanismo para llegar a eso. Pero, al igual que con Harry el sucio, siempre seamos vigilantes de esas instituciones. No dejemos que se vuelvan injustas. Seamos nosotros mismos quienes nos “alegremos el día”.

 

Jean Masoliver Aguirre, Cientista político, Investigador Fundación para el Progreso.