La acelerada globalización está transformando al mundo en un lugar más parecido entre sus distintas regiones. Esto es bueno, pero también es malo, en la medida en que no sepamos valorizar las diferencias y cuidarlas.
Publicado el 22.05.2016
Comparte:

Las comunicaciones instantáneas, la velocidad de movimiento y un comercio más expedito, han generado un mundo cada vez más interconectado. Las nuevas migraciones de cientos de miles de personas desde Medio Oriente y desde el norte de África a Europa están modificando la estructura social de los países de manera acelerada. Estados Unidos se está hispanizando a una velocidad tal, que incluso un candidato presidencial amenaza con construir un muro en la frontera con México. El paisaje de Santiago y de muchas otras ciudades de Chile está cambiando de manera rápida, toda vez que los distintos barrios se llenan de inmigrantes provenientes de Perú, Colombia, Bolivia y Haití. Los países nórdicos experimentan cambios no menores, incluyendo colonias relevantes de residentes provenientes de Paquistán, Somalia, India y Marruecos. Por su parte, Francia, Alemania e Inglaterra han mostrado importantes aumentos de habitantes provenientes de sus ex colonias, como también de Turquía y de Asia en general. Holanda y Bélgica han incorporado en su fuerza laboral a un importante contingente de turcos y marroquíes. La población de chinos crece aceleradamente en las principales ciudades del mundo, lo que parece ser una tendencia imparable.

Simultáneamente, las principales multinacionales crecen con sus nuevas tiendas y locales de comida a velocidades sorprendentes. No hay dudas de que la globalización ha ayudado a que muchas personas hayan mejorado su nivel de bienestar y que las migraciones han colaborado en el desarrollo de muchos países. La otra cara de la moneda es que los países van perdiendo tradiciones, idiomas, religiones, vestuario típico, música propia, modos y costumbres. El inglés como lengua gana terreno en el mundo, en desmedro de ricos dialectos locales, los que día a día desaparecen. Mc Donald´s, Starbucks, Zara y Coca Cola están en todas partes, lo que le resta curiosidad a cualquier viaje. Las razas de pueblos originarios se extinguen y de paso se va perdiendo sabiduría y formas de hacer las cosas.

Chile no ha escapado a esta tendencia. No podemos discutir que el progreso es bueno para los pueblos, pero cabe preguntarse qué es progreso.  Es conveniente detenernos un momento y repensar nuestros modelos de desarrollo. ¿Qué queremos como país? Si creemos, por ejemplo, en el turismo como fuente de ingresos relevantes para el futuro, ¿no deberíamos cuidar más nuestros bosques, nuestros platos típicos y nuestra arquitectura campesina? ¿No será más conveniente y más justo gastar recursos en educación y salud para nuestro pueblo mapuche, que cubrir necesidades de salud y educación de inmigrantes recién llegados de manera ilegal? ¿Será conveniente continuar con esta política de fronteras abiertas para que cualquiera venga a Chile, sin tener oficio ni razón concreta para emigrar? La excesiva y rápida globalización que busca fomentar la diversidad, a la larga, terminará eliminándola, pues todos seremos más iguales de raza, de costumbres, de idioma, de manera de ser. En no mucho tiempo todos vestiremos igual, comeremos las mismas cosas y escucharemos la misma música.

¿Es bueno esto para el mundo? Yo soy partidario de la inmigración, pero este debe ser un proceso regulado, pues de lo contrario se transforma en un problema. Europa y EE.UU. están enfrentados a un tremendo desafío. Los campos de “refugiados” se multiplican y el haber abierto la puerta tan fácilmente dificultará ahora su cierre. Una de las mayores bellezas del mundo en que vivimos está precisamente en la diversidad de lenguas, razas, productos, arquitectura típica y paisajes. La acelerada globalización está transformando al mundo en un lugar más parecido entre sus distintas regiones. Esto es bueno, pero también es malo, en la medida en que no sepamos valorizar las diferencias y cuidarlas.

Si analizamos también temas como la forma de organizarse y de administrar los países, la democracia es la única “aceptada”, aunque la forma de generarla y mantenerla es distinta en cada país. Este es un tema que recién se empieza a discutir. Ojalá los países nunca pierdan su folclore, su gastronomía, sus razas y sus idiomas. No es bueno imponer desde organismos internacionales una dictadura de lo que se debe o no se debe hacer o conservar. Vivan las cervezas regionales, los dialectos, los negocios pequeños, la ropa típica y la forma de organizarse sin imposiciones externas. Ojalá los seres humanos seamos capaces de interactuar sin que las lenguas más dominantes aniquilen a las menos habladas y que cada lugar mantenga su identidad.

En Chile, Halloween no debería celebrarse y nuestra música nacional debería reinar por sobre la cumbia. Nuestros criollos Barros Luco y Barros Jarpa deberían ser los más demandados. Vivan nuestro vino, nuestra chicha y nuestras empanadas. Rescatemos nuestras casas coloniales y mantengamos nuestras tradiciones. Eso se llama cultura propia.

 

Andrés Montero, Ingeniero Comercial U. de Chile, M.A. The Fletcher School of Law and Diplomacy.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO