Los otrora dirigentes estudiantiles y actuales diputados hicieron gala —y siguen haciendo— de una actitud que cuesta diferenciar de la deshonestidad intelectual, por no decir de la irresponsabilidad política.
Publicado el 16.10.2014
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Es descorazonador que la idea de castigar con cárcel a quienes lucren con la educación haya provenido de la llamada “bancada juvenil”, pues uno podría esperar que un grupo de jóvenes profesamente idealistas se mostrara menos ansioso por meter gente tras las rejas.

Descorazonador, pero no sorprendente, porque los miembros de esa bancada siempre han mostrado —desde antes de llegar al Congreso— una inquietante tendencia al jacobinismo, ese encendido radicalismo libertario que, al asumirse único representante de la voluntad popular, deriva siempre en autoritarismo, como suele ocurrir con todas las corrientes políticas que actúan a partir de la convicción básica de ser dueñas de la verdad.

“Somos el pueblo de Chile. ¡Somos invencibles!”, clamaba un exaltado Giorgio Jackson en octubre de 2011 durante una gira por Europa con sus entonces pares de la Confech. Viaje del cual los dirigentes estudiantiles regresaron cuidándose mucho de mencionar que los expertos de la OCDE no les habían dado la razón: la gratuidad universal para la educación superior chilena, les dijeron a Giorgio y compañía, era una mala idea.

“Esta democracia, así como está, está por el piso y está muerta”, dijo Camila Vallejo ese mismo año, aunque después no tuvo problemas en ocupar un escaño de diputada en el Congreso de esa misma democracia cadáver —sin competencia y binominal mediante—, como tampoco hizo remilgos para hacer campaña por una Michelle Bachelet a la que la dirigente comunista había jurado que jamás iba a apoyar.

¿Crudo pragmatismo político de parte de unos jóvenes que entendieron tempranamente que la opinión pública no siempre exige coherencia entre el discurso y la acción? ¿O más bien una inquietante señal de cinismo precoz en líderes juveniles que supieron ver que dicha coherencia es con frecuencia opcional? En ambos casos, los otrora dirigentes estudiantiles y actuales diputados hicieron gala —y siguen haciendo— de una actitud que cuesta diferenciar de la deshonestidad intelectual, por no decir de la irresponsabilidad política.

La postura ideológica de los Jacksons y Vallejos de este mundo me recuerda una anécdota de Ronald Reagan sobre su experiencia de lidiar con unas protestas estudiantiles siendo gobernador de California, en los años 60.

Cuando Reagan invitó a los líderes juveniles a una reunión, su vocero comenzó diciendo: “Gobernador, es imposible que su generación entienda a la nuestra. Ustedes no crecieron en un mundo de comunicaciones electrónicas instantáneas, de cibernética, de hombres computando en segundos lo que antes tardaba meses o hasta años, de viajes en jet, energía nuclear y vuelos al espacio”.

“Tiene usted toda la razón —contestó Reagan—. Nosotros no crecimos con esas cosas. ¡Las inventamos!”

Y así van por la vida Giorgio, Camila y varios más que ya les sacan años de ventaja, creyendo que como sólo ellos entienden realmente el mundo actual, sólo ellos tienen la solución a sus problemas. La arrogancia y la inmadurez no son estados imposibles de superar —con esfuerzo y buena voluntad—; pero sí son muy inconvenientes cuando se trata de legislar para el resto de los conciudadanos y cuando lo que más se necesita es un debate juicioso, humilde y con sentido de futuro.

Aun así, no deberíamos hacernos los sorprendidos. Después de todo, fuimos los electores los que quisimos ver sabiduría política y legitimidad democrática en la decisión de encargarles a jóvenes recién salidos de la universidad, sin trayectoria laboral y con escasa experiencia de vida, la responsabilidad de escribir nuestras leyes.

En suma, quisimos que el olmo nos diera peras, pero eso es mucho pedirle a un olmo.

 

Marcel Oppliger, Periodista y co-autor de “El malestar de Chile: ¿Teoría o diagnóstico?

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO