¿Por qué en nuestro tiempo los escándalos políticos parecen aumentar en número y haberse vuelto endémicos, como los zancudos en las zonas pantanosas?
Publicado el 08.04.2015
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Vivimos el tiempo de las democracias del escándalo. Donde uno mire sobre el mapa del mundo contemporáneo -de Chile a Rusia, de China a Brasil, de Argentina a Italia- se topa con escándalos políticos. Son parte de los titulares de la prensa, de las primeras imágenes en el noticiario de la televisión, de las conversaciones matinales o al final de la jornada laboral en las radios. Y nos acompañan donde vayamos: con los colegas en el trabajo, la conversación entre amigos, al subir al avión en el aeropuerto, en la farmacia de la esquina.

Ahora mismo me llama un colega por teléfono y al despedirse, casi como un punto obligado de la comunicación, me pregunta: ¿algo nuevo sobre SQM?

Según Wikipedia, los escándalos son una forma de corrupción política que se expone al público, donde agentes políticos o funcionarios gubernamentales son acusados de estar comprometidos en prácticas ilegales y no-éticas. Incluso, esta enciclopedia ofrece una lista de unos 20 países ordenados alfabéticamente, cada uno con un catálogo de escándalos ocurridos a lo largo de su historia. Y sí, Chile se halla incluido, aunque los escándalos mencionados son variopintos y no todos califican como políticos.

¿Por qué en nuestro tiempo los escándalos políticos parecen aumentar en número y haberse vuelto endémicos, como los zancudos en las zonas pantanosas?

Escucho diversas teorías.

Una que acude rápidamente al círculo de la explicación sostiene, ¡cómo no!, que esta pandemia se debe a un decaimiento generalizado de la moral en el mundo occidental. Es la habitual tesis conservadora sobre la pérdida de las buenas costumbres llevada al plano de los escándalos en la polis. Déficit de virtudes republicanas. En el límite, deterioro ético del comportamiento de la clase política como consecuencia de un olvido de los valores y el desaparecimiento del fondo religioso de la conciencia colectiva.

Penta, SQM, caso Caval y el uso recíproco de la política por los negocios y del dinero por el poder serían pues un reflejo del relajamiento moral y el debilitamiento del tejido ético de la comunidad política.

Estos males afectarían por igual a políticos oficialistas y opositores, católicos y laicos, neoliberales y socialdemócratas, progresistas y reaccionarios. Además a empresarios, ingenieros comerciales, administradores, tesoreros, contadores, dirigentes de partidos, parlamentarios, operadores y funcionarios de servicios claves. Según la tesis conservadora deambulamos por una tierra baldía.

Otra teoría, surgida del campo de las ciencias sociales, sostiene que los escándalos políticos son parte de nuestras democracias mediales o mediatizadas, donde las figuras y conductas políticas se hallan constantemente sometidas al poderoso escrutinio ejercido por la prensa, el periodismo investigativo y por las redes sociales a través de los múltiples instrumentos de vigilancia e intromisión que ofrecen los nuevos desarrollos tecnológicos. Bajo estas condiciones, los límites entre lo público y lo privado se difuminan y vuelven permeables. Y muchas cosas antes guardadas en secreto o mantenidas fuera del conocimiento público ahora terminan, sin gran esfuerzo, expuestas y desnudas ante la mirada ciudadana. En la calle, convertidas en tópico de conversación, en cosa común: res pública. La República del panóptico (edificio construido de modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto) en manos de los media y, más amenazante aun, de jueces, fiscales e inquisidores.

Así, lo que estaríamos viviendo estos días -nuestra ola de escándalos político-económicos- sería producto de la transformación medial de la democracia. Los escándalos, como dice un sociólogo británico, son acontecimientos simbólicos mediatizados. Se constituyen en y por los medios de comunicación, sobre la base de la revelación de unos hechos que transgreden normas éticas o legales. Nótese entonces esto: según este enfoque, los escándalos políticos son inseparables de la dinámica de los medios y dan lugar a una esfera pública escandalosa.

De esta manera, escribe Thompson, el sociólogo británico antes citado, la impersonal distancia de los líderes políticos del pasado ha sido reemplazada gradualmente por una nueva forma de intimidad mediada a través de la cual los políticos pueden presentarse a sí mismos ante el público ya no solo como líderes, sino humanamente, como individuos ordinarios entre la gente común, incluso en modo conversacional o confesional. Esta es la República de los sentimientos, de la telenovela política, del espectáculo moral, de los autos de fe propios de la posmodernidad.

La nueva visibilidad del personal político de la sociedad, que hace depender su liderazgo de los rasgos de carácter y atributos de personalidad, es, sin embargo, una conquista de doble cara. Por un lado, puede rutinizar y banalizar el carisma de el o la líder, transformándola potencialmente en una personalidad más del espectáculo en el primer plano de la farándula. Por otro lado, la riesgosa tensión fronteriza entre la vida pública y privada del líder explota cuando él o ella es descubierto(a) en una transgresión.

En breve: la confianza en los políticos en vez de ganar con el exceso de cercanía entre su máscara pública y su vida íntima, se vuelve más esquiva y expuesta a irrupciones escandalosas, quedando a merced de unos medios que monopolizan la moral y unos públicos que esperan ver rodar por el suelo la cabeza de los poderosos.

Finalmente, escuchamos hablar a una tercera teoría, conforme a la cual los escándalos políticos serían un arma en la disputa por el orden moral de la sociedad. Servirían tanto para revivir el compromiso moral en la esfera política, a la manera de un rito de expiación y sanción, como para cambiar las reglas y redefinir las pautas de comportamiento de los grupos dirigentes. Pudiera ser asimismo que en ocasiones estas armas sirvan ambos propósitos simultáneamente, como pareciera estar ocurriendo ante nuestros ojos.

En efecto, la élite periodística y medial parece estar empeñada en utilizar estas armas para doblegar a la élite política y someterla a una ordalía. Sus miembros deben pagar el precio de su poder (sus abusos de poder), reconociendo con vergüenza y humildad sus malos comportamientos. Es el llamado al “caiga quien caiga” pero no ante la justicia y la ley, sino ante el tribunal de la opinión pública y el juicio evaluativo de la prensa.

Al mismo tiempo, estas armas -los escándalos nuestros de cada día- servirían para terminar con la contaminación atmosférica de la corrupción, los abusos y los conflictos de interés, y así para abrir las ventanas a un nuevo orden moral de la política, basado en la transparencia y la rigurosa codificación de las conductas irregulares.

Esta última aproximación a los escándalos políticos tiene afinidades electivas con ciertas mentalidades puritanas y no es ajena a un progresismo que aspira a fundar la política sobre la pureza y la verdad.

En los días que corren, esta teoría tiende a ser adoptada por todos quienes alegan que para salir del actual shock en el que se encuentra sumida la dirección política del país resulta inevitable una purificación del cuerpo político hasta volverlo transparente y, simultáneamente, la convocatoria al pueblo no-político para refundar la República sobre nuevas bases éticas. O sea, una invitación a refundar el orden de cuajo, proceso del cual emergería al final también una élite política born again, renovada y limpia del polvo mortal de la historia. ¡Que utopía más peligrosa! Volveremos sobre esto próximamente.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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