Los partidos presentan señal de desgaste y desconfianza, gozan de una baja aprobación, se sienten como lejanos y enfocados en sus propios asuntos que no son las prioridades ciudadanas.
Publicado el 18.07.2016
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Los partidos políticos no pasan por su mejor momento. Alto desprestigio social, el desorden interno que exhiben, la falta de coherencia entre lo que dicen y lo que hacen y a las conductas reñidas con la ética, están pasando la cuenta en estas instituciones, que para algunos son fundamentales para la convivencia política.

En efecto, ser parte de un partido político se ha convertido en una carga para quienes tienen la intención de participar en la cosa pública. Un costo que no todos están dispuesto a asumir, aún más cuando se ha demostrado que grupos, como la Izquierda Autónoma, han logrado llegar al poder con una estrategia y estructura diferente. Una realidad que escala más allá de nuestro país y que parece ser una tendencia en el mundo.

De hecho, en las últimas semanas y como una forma de evadir los costos del desprestigio social con los que cargan estas instituciones, hemos visto una seguidilla de renuncias. Primero fue la renuncia de Pepe Auth al PPD. Luego, lo siguió José Antonio Kast con un conjunto de influyentes militantes, los que se apartaron de la UDI con el objetivo de buscar una opción presidencial por fuera. Recientemente ha sido noticia el anuncio de renuncia del precandidato presidencial Manuel José Ossandón a RN y también las tensiones que complican e incentivan a dejar la DC a un grupo importante de militantes.  En ninguno de estos casos son militantes comunes y corrientes, sino que militantes que han entregado sangre, sudor y lágrimas por el proyecto en el que en un minuto creyeron.

Los motivos son variados, pero en todos se observa un patrón común respecto al poco sentido que ven en los partidos quienes se fugan. Ya sea por un tema de coherencia con los principios que los invitaron alguna vez a participar, o por problemas de concentración del poder interno, o por el simple hecho de que la impopularidad de estos es un lastre para quienes buscan posiciones de poder y requieren de la aprobación de la ciudadanía.

¿Estamos ante un debilitamiento de los partidos? ¿Es que estos ya no se justifican?

Son preguntas que sin duda están de lo más vigentes en el debate de la filosofía política y también, algo que se pregunta el ciudadano común. Los partidos presentan señal de desgaste y desconfianza, gozan de una baja aprobación, se sienten como lejanos y enfocados en sus propios asuntos que no son las prioridades ciudadanas.

Pero la respuesta a esta crisis ha sido lenta y llevada con escasa pericia. En vez de asumir la realidad, se evade. En vez de enfrentar, se esquiva.  Se rehúsa a entender dónde se encuentran las causas de esta crisis.

Se olvida que las bases sociales de los partidos se han quebrado haciendo que hoy no quede más que una suerte de grupo de amigos. La antigua fuerte relación con la base social en juntas de vecinos, gremios y sindicatos es cuestión del pasado. No sin razón, se acusa de que los partidos no logran interpretar el sentir de la ciudadanía. La agenda la manejan asuntos que están lejos de ser las prioridades de la ciudadanía. Acá se deja entrever uno de los primeros aspectos que deben enmendarse para volver a encontrarle sentido a esta institucionalidad.

Asimismo, no se quiere asumir la difícil la relación con el poder económico en que se han visto envuelto personeros de la mayoría de los partidos políticos. Hecho que es delicado, ya que con eso se expone una excesiva concentración del poder que deja a la ciudadanía a merced del interés de un reducido grupo de personas. Esto atenta contra el principio de equilibrio y distribución del poder y debería ser una de las prioridades para salir de esta crisis institucional.

Por último, se desestima el debilitamiento interno en torno a  los elementos que dan unidad. Cosas que antes eran cuestiones esenciales, que marcaban las diferencias respecto a la intención de militar o no, hoy son tratadas como cuestiones meramente accidentales que quedan a la conciencia de cada uno. Ante el afán de popularidad, se cae en la pérdida del sentido de lo que significa participar en política desde una perspectiva común, sumando y mediando. Un último aspecto, que sin duda ha erosionado el sentido de la militancia política que debe ser corregido con un plan de trabajo que vaya más allá de las buenas intenciones.

Lo paradójico de esta situación es que la respuesta a esta crisis institucional viene de los mismos partidos ¿Se optará por un cambio interno que logre enmendar los vicios instalados o tendremos  que esperar que el cambio venga de afuera, quien sabe cómo, como culmen de un malestar social que no ha sido encausado ni mediado? Quizás la nueva forma de participación que ha instalado el gobierno con el proceso constituyente dé algunas luces de por dónde quieren que venga la respuesta.

Cristóbal Ruiz-Tagle C.
Director de Estudios IdeaPaís