Para entrar a mi casa tienes que ser invitado; en ese caso serás bienvenido y bien atendido.
Publicado el 29.06.2018
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No habrá modo alguno de justificar que los agentes de frontera de los Estados Unidos separasen forzosamente a los hijos de los padres al momento de detener a inmigrantes que llegaban al país, mientras se tramitaba la deportación de vuelta a su origen. Se podrá siempre cuestionar las normas y las políticas, pero no se da que ningún país haya eliminado del todo sus fronteras. Es de la esencia de ser hogar para sus ciudadanos que un país tenga puertas y que haya una autoridad que las abra y las cierre, ciertamente con acuerdo de todos.

Hace muchos años, por razones laborales, inmigré a Canadá, un país muy abierto, de gran variedad cultural precisamente por eso. Pude vivir la acogida generosa y respetuosa que se daba allí a los inmigrantes. En algunos barrios de la ciudad los nombres de las calles estaban en chino para que la mayoría de los habitantes de ese sector pudieran leerlos sin esfuerzo. Había policías de turbante que compartían el origen sikh de muchos habitantes de Toronto. Incorporar a mis hijos al sistema educacional fue expedito y gozaron desde el primer día de todos los beneficios de un ciudadano, aún sin hablar el idioma. Se les ofrecía cursos extraprogramáticos gratuitos de cultura latina y clases de Castellano para que no perdieran sus raíces. Ya sé que eran otros tiempos, el actual Primer Ministro no había nacido, su padre ejercía entretanto el cargo.

Viajamos dos familias de chilenos en el mismo vuelo; nosotros teníamos tres hijos, la otra familia dos. Ningún miembro de la otra familia hablaba ninguno de los dos idiomas oficiales del país; nosotros, al menos los padres, sí. Ellos fueron acogidos por el Estado e incorporados gradualmente al mundo laboral, previa estadía de tres meses en dependencias especialmente habilitadas, donde recibieron clases de idioma y se pusieron a tono con las exigencias de ingreso a los sistemas de salud. Yo me incorporé al trabajo al día subsiguiente, mi familia y yo fuimos acogidos por mi empleador y mis colegas.

Fácil, perfecto, impecable, es verdad. Lo que falta por contar es el proceso que seguimos en Chile para conseguir la visa de inmigrante, antes del viaje. Fueron casi seis meses que comenzaron con la carta de mi empleador canadiense a las autoridades, en la cual debía justificar mi contratación y explicar el aporte que mi labor significaba, justificando además por qué no contratar para ese mismo puesto a un profesional canadiense. Mi compañero de viaje tuvo un trámite relativamente más fácil ya que, por ser minero del cobre, estaba en una lista especial de trabajos requeridos. Tuvimos que pasar, todos, por el examen de un médico chileno elegido por el Consulado, con los respectivos análisis de sangre incluso para enfermedades que aquí ya no existían. Entrevistas, por separado, para cada uno de los cónyuges con los respectivos informes.

Para los canadienses, aún hoy, acoger con cariño y generosidad a los inmigrantes no significa que las fronteras están abiertas sin más. Saben lo que les ha costado llegar a donde están; los que quieran compartir la mesa necesitan hacer méritos.

Se equivocan por lo tanto los que se oponen a que se regule la inmigración. El acceso ilimitado y sin parámetros no beneficia a los inmigrantes. Al contrario, en la medida en que el Estado de Chile implemente reglas claras y conocidas por todos tendremos inmigrantes más aceptados e integrados y los podremos acoger como acostumbramos los chilenos, con cariño.

Arturo Cerda, administrador retirado

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO