Tras la primera elección con el nuevo sistema electoral, los parlamentarios que resulten elegidos tendrán prácticamente asegurada su perpetuidad en el cargo, a no ser que disminuyan en forma significativa su caudal electoral.
Publicado el 21.01.2015
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Tras un gran número de fallidos intentos por cambiarlo y 25 años de funcionamiento, al sistema electoral binominal le llegó su hora. Esto tras la aprobación en el Senado del proyecto de ley de reforma a este sistema electoral, que contó con los votos de los senadores de la Nueva Mayoría y los de Lily Pérez y Antonio Horvath.

Cuestionado y tildado de poco democrático por la otrora Concertación –hoy Nueva Mayoría–, ésta lo utilizó por años políticamente como chivo expiatorio para justificar los más variados problemas de nuestra democracia. Bajo ese precepto, ahora que su fin está cerca, la pregunta que cabe hacerse es: ¿se terminarán todos los males de nuestra democracia con el nuevo sistema proporcional inclusivo del Gobierno?

El nuevo sistema tendrá efectos positivos, pero también negativos, y seguramente no terminará con todos las falencias de nuestra democracia. Ya que como ha señalado el cientista político alemán Dieter Nohlen, “no existe sistema electoral perfecto”, por lo que es una falacia pensar una reforma electoral puede ser capaz de solucionar todas las deficiencias institucionales, políticas o sociales de una democracia.

En ese sentido se debe tener cuidado con los “efectos no buscados”, ya que si bien el cambio del sistema electoral podría solucionar algunas deficiencias de nuestro sistema político, sin embargo, otros problemas más graves podrían aparecer afectando la representatividad o la gobernabilidad de nuestro país, como en la crisis de la democracia en septiembre de 1973.

Por ejemplo, el proyecto del gobierno es deficiente ya que un partido político podrá conformarse en una región con sólo el 0,25% de los votantes de la última elección. Es decir, en la región de Aysén se podría conformar un partido con 94 personas, en la de Magallanes con 156 o en Arica y Parinacota con 177. Esto permitirá una fácil proliferación de partidos políticos, por sobre la conformación de grandes coaliciones, que podría terminar minando la gobernabilidad y estabilidad de nuestro sistema político, algo que pese a las críticas al binominal ha sido una de sus fortalezas. Norma que durante el debate en el Senado fue criticada por uno de los propios senadores oficialistas, el honorable Alejandro Navarro, pero que pese a sus críticas prefirió resguardar “el acuerdo” alcanzado entre el Gobierno y los parlamentarios de la Nueva Mayoría, y votar a favor de ésta.

Al mismo tiempo no existe un criterio claro para la asignación de los cargos a elegir tanto en la Cámara de Diputados o en el Senado en el proyecto que reforma al binominal, ya sea por electores o por población, como sí lo hubo en el proyecto para la elección de Cores  del gobierno del Presidente Piñera, donde el criterio fue la población. Por ejemplo, el nuevo distrito 12 (Puente Alto, La Florida) de la Región Metropolitana que elegirá 7 diputados, a pesar de tener más población y electores que los nuevos distritos 6 (Quillota, San Felipe, Villa Alemana), 7 (Valparaíso, Viña del Mar, San Antonio) y 20 (Talcahuano, Concepción, Coronel) que eligen 8 diputados.

Lo mismo ocurre con los nuevos distritos 11 (Las Condes, Peñalolén, entre otras) y 14 (San Bernardo, Melipilla) que elegirán 6 diputados, pese a tener más población y electores que los nuevos distritos 5 (La Serena, Coquimbo, Illapel), 17 (Curicó, Talca, Constitución) y 23 (Temuco, Nueva Imperial, Villarrica) que eligen 7 diputados.

Algo similar ocurre con el nuevo distrito 4 (Copiapó, Vallenar) que elegirá 5 diputados, pese a tener menos población y electores que los distritos 16 (San Fernando, Santa Cruz), 18 (Linares, Cauquenes) y 25 (Osorno, Puerto Varas), que elegirá 4 diputados, y del nuevo distrito 2 (Iquique, Alto Hospicio) que elegirá sólo 3 diputados. El Distrito 4 parece ser un “traje a la medida” principalmente del Partido Comunista.

Sin embargo, también hay responsabilidad de la propia Alianza en esta mala reforma electoral, principalmente de la UDI, ya que pese a los sistemáticos intentos de cambios al binominal de RN, incluso a través de un acuerdo con la DC el 2012, no encontró en sus socios de coalición el respaldo para sacar adelante un proyecto que modificara de una vez por todas el binominal. Hoy sólo les queda resignarse frente a la eventual aprobación del proyecto del Gobierno hecho a la medida de la Nueva Mayoría.

Donde los grandes beneficiados también serán los actuales diputados y senadores, ya que el aumento en el número de parlamentarios a elegir (de 120 a 155 diputados, y de 38 a 50 senadores) les dará una mayor probabilidad de ser reelectos. Es decir, tras la primera elección con el nuevo sistema electoral los parlamentarios que resulten elegidos tendrán prácticamente asegurada su perpetuidad en el cargo, a no ser que disminuyan en forma significativa su caudal electoral.

Pero el gobierno no sólo consiguió aprobar una reforma que es claramente favorable a sus intereses político-electorales, sino que también logró dividir definitivamente a la derecha, esto tras el anuncio del Movimiento Amplitud (liderado por ex diputados RN) de su salida definitiva de la Alianza, esto pese a que en marzo pasado afirmaban que su fin era “ampliar la Alianza y convertirla en Coalición”. Dividir para gobernar, dicen, y este es un punto político para el gobierno de la Nueva Mayoría que hay que reconocer.

Por último, si bien el cambio del binominal era necesario, teniendo en cuenta la baja evaluación y niveles de confianza de que hoy gozan los partidos, la Cámara de Diputados y el Senado, la pregunta de rigor es: ¿los chilenos están de acuerdo en un aumento tan significativo de parlamentarios -35 diputados y 12 senadores más-, con el consiguiente aumento del gasto que esto traerá? La respuesta la tienen usted señor (a) lector (a).

 

Pablo Lira, Cientista Político.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO