Legislar en casi cualquier materia que prohíba o regule un bien o servicio socialmente globalizable es un desperdicio de tiempo.
Publicado el 03.04.2016
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Era el año 1999, Internet en su máxima explosión comercial, donde miles de locales sesudos pensaron que la idea genial del momento era crear un “portal”. Nadie, por supuesto, tenía la mínima noción de lo que era un portal, pero lo top, era crearlo. Así, nacieron Brújula, Jungla, Starmedia, UOL y un largo etcétera. En ese contexto, un muy terneado y excitado ejecutivo nos presenta su plan de negocios: vender música por internet. El detalle es que el business plan se basaba en vender discos compactos o CD. Lo notable es que la inversión era del orden del millón de dólares. Nuestro equipo le dijo sólo tres letras, MP3. ¿Cuál era el error? El ejecutivo no comprendía el cambio que estábamos viviendo, denominado globalización, y el profundo efecto que una red global tiene no sólo sobre el comercio, sino sobre todo aspecto de nuestra existencia.

¿Sabia Ud. que el IVA en los libros se acabó hace por lo menos 10 años? Lo más probable es que no, simplemente porque aún no asimilamos que el libro, definido como un conjunto de papeles impresos -en una imprenta- comercializados a través de una editorial y la librería del barrio, ya no es la única opción para obtener el material escrito. ¿Significa que el libro tradicional está extinto o muerto? En ningún caso, y seguirá existiendo, sólo que será más costoso.

Si se medita al respecto, nuestra legislatura en general, y la tributaria en particular, parecen anquilosadas en el siglo 18. Hoy, cualquiera con su cuenta Paypal puede adquirir, por ejemplo, un libro -pdf- en la tienda de su preferencia, y esa transacción no pagará ningún tipo de impuesto al valor agregado; y el que lo vendió, jamás sabrá lo que es el global complementario. ¿Tienen, entonces, los libreros y el fisco motivos para estar enojados? Por supuesto que sí, solamente que su molestia no detendrá el proceso evolutivo. Es quizás la misma frustración que las empresas de telecomunicaciones sintieron cuando se masificó WhatsApp y no pudieron seguir cobrando por sus SMS. ¿Se acabó el SMS? Por supuesto que no.

Ejemplos al respecto hay miles y en todos los sectores de la industria, sólo que el fenómeno es tan potente que aún en Chile, como sociedad, estamos en la etapa de la negación. Hace unos días, el gremio de taxistas, muy enojado, reclamaba por Uber. Es lamentable su posición, pero sólo les queda unirse al gremio hotelero -AirBnB-, a las agencias de viajes -booking.com-, a las compañías de cable -Netflix- y seguiremos contando más industrias socializadas por la economía libre. Es ingenuo pretender legislar o siquiera fiscalizar estas estructuras comerciales de persona a persona en el modelo estatal. Hoy la fiscalización y la regulación la realizan los mismos consumidores en forma más efectiva e infinitamente más rápida. Una marca le teme más a Twitter que a la autoridad estatal.

El modelo comercial básico en Chile, ¿es la importación desde China en volumen y su comercialización al detalle, simple? Hoy son cada día más los individuos que compran unitariamente por AlliExpress, desde un destornillador a un traje de novia. ¿La razón? Precios. La gran mayoría de esos productos ni siquiera paga flete y, por sus pequeños montos, no pagan ningún tributo en Chile. Aduanas y correos han hecho audaces, pero infantiles esfuerzos por fiscalizar. Así, llegan miles de productos a precios ínfimos que no aportan al fisco ni un centavo. ¿El retail desaparecerá? Por supuesto que no. Pero el consumidor hoy es más libre que antes.

Como Ud. ya se dio cuenta, legislar en casi cualquier materia que prohíba o regule un bien o servicio socialmente globalizable es un desperdicio de tiempo. Incluso en materias informativas, la aparición de Wikileaks es un claro ejemplo de que nuestras autoridades están haciendo otro papelón con la última ley discutida por el Congreso sobre la penalización de las filtraciones. Es tan atemporal y ridícula como poner una tienda de accesorios de fax y telegramas.

 

Jonathan Levenzon, Ingeniero civil de Industrias, PUC.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO