El malestar social es algo debatible. Siempre la lista de deseos y anhelos será larga, y la de posibilidades de satisfacción corta. Se requiere una necesaria priorización.
Publicado el 04.09.2016
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“Los Dioses inmortales entregan a los humanos dos dolores por cada alegría.

Los inútiles no construyen nada de ellas. Los sagaces giran ambas a su provecho:

Absorbiendo el dolor e irradiando belleza.

Píndaro” (Pitias III, 80-83).

Tres han sido los temas de los últimos días:

  1. Proponer eliminar las clases de filosofía del currículo obligatorio de los estudiantes de Enseñanza Media.
  2. La pérdida de la condición de “colegio de excelencia” por parte del Instituto Nacional.
  3. El “descontento” de la sociedad chilena.

Estos tres están íntimamente relacionados. De partida, la filosofía dota al individuo de una mayor comprensión del ser y del mundo que lo rodea, además de enseñarle a razonar. Las distintas corrientes ilustran diversas escuelas y opciones. De lo contrario, y en ausencia de ella, el ser se convierte en una colección de conocimientos, no necesariamente conectados entre sí, a quien encontrar el sentido y expresión de su existencia se torna más complicado. Y también emborrona la facilidad para conectarse y empatizar con la sociedad que lo rodea. De allí fluye el individualismo e, in extremis, el nihilismo.

Lo opuesto es la ignorancia: falta de conocimiento sobre una o varias cosas. Y también, de forma más amplia, la manera en que conectamos materias diversas para formar el tejido del saber.

Es imperiosa, y natural, la búsqueda de la razón de nuestra existencia, tanto para creyentes  como para ateos. Sabemos de antemano los límites de la vida, que, de alguna manera, se contraponen con los deseos naturales de transcendencia. Simultáneamente, al sabernos mortales, intuimos, o bien llegamos eventualmente a conocer y entender, que hay un orden superior de las cosas, por mucho que algunos se empecinen en pretender tener una superioridad o inmortalidad intrínseca.

La filosofía y las humanidades nos enseñan lo que ya se pensó, y las consecuencias de ese conocimiento aplicado. Nos dan una perspectiva cultural del pasado: lo que ha sido posible y lo que no. Lo que ha sido exitoso y lo que ha fracasado.

Que existan, o no, profesores capacitados para enseñar bien este ramo, es materia de otro artículo. Pero la evidencia indica que la estructuración del conocimiento mediante la filosofía en particular, y las humanidades en general, es cosa esencial.

Los alumnos del Instituto Nacional (los grupos dominantes) han impulsado movilizaciones que han llevado a huelgas sucesivas y boicots a evaluaciones académicas estandarizadas. Las consecuencias no se han hecho esperar y los puntajes han ido bajando de manera marcada, y la calidad de la educación también. En su afán por dominar y manejar un presente que está en etapa de construcción (no es aleatorio la duración y los contenidos de un ciclo educativo), estos alumnos están sepultando sus posibilidades futuras. Hay una edad para todo, y el proceso educativo toma muchos años, con materias y procesos que son insustituibles.

Los alumnos creen saber mejor que los mayores, y quieren dirigir contenidos y tiempos. De ello fluye la redundancia de la educación terciaria en quien ya juzga estar preparado. Y, por lo tanto, lo incomprensible de exigir universidad gratis para todos si ya sienten poseer los conocimientos para dirigir los destinos del colectivo.

¿O será acaso que las ansias de manipulación dialéctica es lo que les impele a actuar?

El aprendizaje presupone una disposición para aprender y aprehender. Supone ritmo e intensidades. Y supone un direccionamiento global, para que el educando pueda, merced de los conocimientos que va adquiriendo, crecer como individuo: sentirse realizado como persona y como quien contribuye con su saber y su esfuerzo al desarrollo de la sociedad toda.

Resistirse, boicotear un proceso, tratar de influir en las formas y contenidos no es la manera de adquirir conocimientos: ello solo ocurre cuando minimizamos el ego y maximizamos la apertura mental y la oportunidad. Son las ansias por descubrir mundos nuevos. Cada materia es un mundo infinito. Debemos conocernos íntimamente, nuestras fortalezas y debilidades, antes de proyectarnos hacia afuera. De allí la filosofía y de allí las humanidades.

Con cada encuesta se da cuenta, estadísticamente, del nivel de satisfacción de los chilenos: de nuestra sociedad. El muestreo es más o menos perfecto, pero las mismas, proyectadas en un tiempo mediano o largo, arrojan tendencias de las cuales se pueden extraer tendencias.

De estas tendencias lo que no se puede hacer es extrapolarlas a generalizaciones que suenan a slogan y que son difíciles de sustentar empíricamente. Las sociedades necesitan y ansían una estabilidad. De allí el cambio, si necesario, debería ser evolutivo: no algo brusco ni un proceso impulsivo.

El malestar social es algo debatible. Siempre la lista de deseos y anhelos será larga, y la de posibilidades de satisfacción corta. Se requiere una necesaria priorización. El individualismo debe limitarse a las esferas más íntimas del ser. Esta característica es el trampolín para mayores esfuerzos en pos de objetivos específicos en su vida: metas y logros. Todos los tenemos (no solo los políticos, que quieren llegar y permanecer en el poder).

Simultáneamente el individuo se funde en una sociedad; su familia, su lugar de trabajo, sus amistades y su entorno más general. Se generan esfuerzos comunes también en pos de objetivos. Tomemos, por ejemplo, un equipo de futbol. Es el esfuerzo colectivo, unido al conocimiento de debilidades y fortalezas, lo que produce resultado: una muestra de un proceso de liderazgo constructivo.

En una sociedad ocurre lo mismo. Para exigir hay que entender los problemas. A malos diagnósticos, peores recetas y soluciones. Quizás esto explique el estado del Chile actual.

La cultura, según el Diccionario de la Real Academia, es el conjunto de conocimientos que permite al individuo tener un juicio crítico. Ante la ausencia de ella afloran las penas, las tristezas y las frustraciones. No podemos ser campeones sin estar preparados para ello. No podemos derribar lo existente si lo que nos impulsa es un proceso irreflexivo, donde  confundimos diagnóstico con soluciones y opciones ideológicas.

Si se busca cambiar todo y, al mismo tiempo, anular o minimizar al individuo (veamos los casos de Corea del Norte, Cuba o Irán, por ejemplo), serán unos pocos (falsamente) iluminados los que impongan su voluntad, asentada en realidades sociales ficticias. Otros van por el mismo camino: el populismo galopante (en ciertas regiones) persigue imponer lo colectivo por sobre el individuo.

Es el momento en que uno se pregunta: ¿para esto nos rebajan del currículo la filosofía y las humanidades?;  ¿es para esto que desde el colegio se fomentan los grupos de “estudiantes iluminados” que gritando imponen sus consignas?; ¿es para esto que se falsea una realidad social decretando crisis existenciales artificiales?

Pongamos atención, para que no nos pasen la retroexcavadora de  los “ingenieros de las almas” (Stalin dixit).

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO.