Llegó la invitación, decía “Programa Presidencial” y el carrete se veía bueno: todo gratis y de calidad, nueva constitución, más sindicatos, nada de ricos cargantes, todos iguales. Había mucho para repartir.
Publicado el 12.06.2016
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El jueves renunció Jorge Burgos al Ministerio del Interior y fue reemplazado por Mario Fernández; la explicación del ministro saliente es que estaba cansado. El lunes pasado hubo una reunión en la casa de José Miguel Insulza, a la que asistieron importantes dirigentes del PS, para discutir acerca de cómo salir de la crisis política en que se encuentran el gobierno y la Nueva Mayoría.

No vivimos en un país convulsionado, pero la popularidad del gobierno está en el piso, la de la Presidenta igual y encima presentando querellas que no van a ninguna parte, la economía con electroencefalograma plano, el desempleo subiendo, la agenda legislativa ha sido un desastre y la guinda de la torta es la reforma laboral que está en algún lugar indeterminado –iba a escribir en el “limbo”, pero me acordé que está derogado- y no se sabe si lo que queda de ella vivirá o descenderá a los infiernos (a los cielos no sube, de eso estoy seguro).

El cansancio de Burgos es más que explicable y, lo que es peor, al Ministro de Hacienda se le ve cada vez más irritable y con más ojeras. Sospecho que está igual de cansado, pero su cargo es menos renunciable así que no le queda más que seguir lidiando con vetos, todo tipo de gratuidades –también llamadas derechos sociales- y la activa creatividad de sus parlamentarios.

En definitiva, el gobierno ha seguido el curso de una fiesta, con su lógica, entusiasmos, fatigas, tristezas y –cómo no- su resaca. ¿Se acuerda, querido lector, de la gran canción de Serrat?

Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas

El 2011 salieron unos jóvenes a la calle reclamando contra el costo de la educación superior y el lucro, con un discurso convocante que sorprendió a toda la sociedad. Eran muchos y con ellos se entusiasmaron los dirigentes de izquierda, a esas alturas bastante cansados de estar en el patio de atrás de la Concertación.

De un momento a otro parecía que la gente también estaba cansada del modelo neoliberal. El fervor de la calle los contagió, por fin se podían abrir las anchas alamedas para que pasara el socialismo, ese socialismo tantos años silenciado por el consumo, la estabilidad, el crecimiento, la clase media y, lo que es peor, la derecha concertacionista.

Demasiado tiempo en el rincón, conformándose con declaraciones líricas contra la dictadura, mientras su legado echaba raíces a través de concesiones, financiamiento compartido y bienes públicos provistos por el sector privado al lado que usted mirara.

Reconozcámoslo, cualquier izquierdista latinoamericano habría celebrado, una buena fiesta de estatismo era lo menos que se podía esperar, celebrar mientras durara parecía ser la consigna. Y se armó.

Llegó la invitación, decía “Programa Presidencial” y el carrete se veía bueno: todo gratis y de calidad, nueva constitución, más sindicatos, nada de ricos cargantes, todos iguales. Había mucho para repartir.

Apurad que allí os espero si queréis venir pues cae la noche y ya se van nuestras miserias a dormir…

Empezando la fiesta el entusiasmo se hizo presente. Uno de los organizadores pidió una retroexcavadora y otro gritó: ¡reforma tributaria por 8 mil millones de dólares! Cuando la cosa estaba que ardía, abrazados dijeron “somos la asamblea constituyente”. Estaba buena la cosa.

Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha…

Pero, como en todas las fiestas, hay asistentes que se entusiasman menos con el jolgorio y miran desde cierta distancia a los que toman y bailan. Son los que, como Burgos, después de un rato se cansan de pedir moderación, especialmente si la dueña de casa no les hace mucho caso. Esos son los primeros que se aburren y, pasadita la medianoche, se van.

Entre los que se quedan hay otros que, como Insulza, también pierden el entusiasmo, perciben que los vecinos están medios cabreados, saben que al día siguiente tendrán que volver a trabajar y a cierta hora los más enfiestados se ponen cargantes. En eso están Lagos, buena parte de la DC y el PPD. Pepe Auth, a diferencia de Burgos, no se fue cansado, sencillamente se enojó y se mandó cambiar.

Se acabó el sol nos dice que llegó el final. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual…

Toda fiesta termina, probablemente después de un par de mochas, pero es inevitable que la realidad alcance a los asistentes, con jaqueca y resaca incluida. Así lo descubrieron argentinos, brasileños, griegos y hasta los venezolanos. Nada es gratis, después de todo habrá que volver a trabajar, limpiar y reparar los daños que hicieron unos curados encapuchados. Lo más incómodo es pedirle disculpas a los vecinos.

Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta…

Empecemos a pensar en la cuenta.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO:MARIO DAVILA /AGENCIAUNO

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