¿Por qué Fidel Castro muere como ícono de la “dignidad y justicia social” para tantas personas en el mundo, incluidos líderes democráticos como la Presidenta Michelle Bachelet?
Publicado el 27.11.2016
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A las preguntas eternas sobre la existencia humana, respecto de dónde venimos, por qué vivimos y hacia dónde vamos, tras la muerte de Fidel Castro no pocos cubanos le sumamos una cuarta pregunta existencial: ¿Por qué Fidel Castro muere como ícono de la “dignidad y justicia social” para tantas personas en el mundo, incluidos líderes democráticos como la Presidenta Michelle Bachelet?

Los creyentes en Dios resuelven sus inquietudes existenciales sobre la base de sus dogmas, doctrinas y fe, y los no creyentes sobre la base de sus filosofías de vida. A los cubanos, en tanto, no nos es suficiente la religión ni la filosofía para entender por qué el dictador que rigió con mano de fierro durante 56 años la vida de cada uno de nosotros, dejando una estela de miles de muertos, más de dos millones de exiliados y los derechos humanos básicos conculcados, amén de un país en que el sueldo promedio son 15 mil pesos chilenos, muere con un aura casi mística de justiciero.

Ese desamparo existencial que nos acompañó como pueblo durante los longevos 90 años de vida del Comandante en Jefe, nos perseguirá, me temo, como una eterna sombra tras su muerte, ya convertida en mito.

Ese desamparo, quizás, explica la verdadera esencia de la Revolución Cubana, una hazaña épica cuyos fuegos luminosos escondieron su sombra más oscura; con la diferencia que la luz fue el destello que vio (y seguirá viendo) mucha gente, incluida nuestra Mandataria, y la sombra quedó reservada, en sufriente silencio, para el cubano.

Ese desamparo, ya convertido durante casi seis décadas en angustia existencial, imagino que debe tener alguna similitud con el hijo o la hija que vive y sufre la violación y agresión sistemática de su padre, mientras éste es admirado y calificado puertas afuera por sus contribuciones a la “dignidad y a la justicia social” del mundo.

Es en este punto, quizás, donde la figura de Fidel Castro alcanza su dimensión mítica: la del ilusionista que inventó un mundo en el que mucha gente quería, cree y quiere seguir creyendo, más justo y solidario, que defiende al pobre del rico, al obrero del capitalista, al chico del grande, que lucha contra el imperio, personalizado en el país poderoso de turno o en cualquiera que imponga su dominio al más débil.

Para los que vivimos bajo la crudeza de esa ilusión, en cambio, nuestro “imperio, capitalista, grande, rico y poderoso” fue siempre Castro, un ser que decidía no sólo la vida o la muerte, la libertad o la cárcel de cada uno de sus 11 millones de súbditos, sino que escogía también cosas tan nimias como qué comer y en qué cantidad, qué diario y libros leer, qué música escuchar, qué jugadores de béisbol ver, qué zapatos y qué juguete comprar y qué día podías hacerlo, quiénes podían estudiar en la universidad –“sólo los revolucionarios”, como pregonaba con frenesí-, y quiénes iban a las famosas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), campos de trabajo forzado por los que pasaron 35 mil personas que debían ser “purificados” de delitos tan condenables como la homosexualidad o el cristianismo o tener algún tipo de “desviación ideológica”, al más puro estilo fascista.

Esa realidad, en que el régimen separó a los cubanos en dos grupos, los revolucionarios y  “hombres nuevos” que construirían el socialismo, y los “gusanos, traidores y vendepatrias” que no creían en esa ideología o se fueron de la isla, es la herencia más dolorosa que nos deja nuestro “padre” Castro.

Un “padre”, además, ilegítimo en esencia no sólo por no provenir ni refrendarse jamás por el voto soberano y popular –“elecciones para qué”, le gustaba decir-, sino también por imponer un totalitarismo que aniquiló cualquier otra forma de pensamiento, y que transformó su revolución en el equivalente de la Patria, con festividades incluidas.

Un “padre” que logró casi un imposible: que miles de cubanos prefirieran enfrentarse a la muerte en maltrechas balsas y a tiburones hambrientos antes que seguir sufriendo su déspota régimen.

Sin embargo, “puertas afuera” el Ilusionista Mayor logró lo que quizás sea su obra cúlmine y que perdurará más allá de su muerte física: la legitimidad política y ética de su régimen.

 

Uziel Gómez, periodista cubano