Si esta nueva tensión feminista busca generar cambios profundos y constituirse como la cuarta gran ola, debiese definir con mayor claridad sus batallas.
Publicado el 18.06.2018
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Hace un tiempo, leyendo como de costumbre lo que la gente vociferaba en Twitter, me encontré con una frase que me quedó circundando por varios días: “¿Desde cuándo el feminismo se trata de andar con las tetas por la calle sin pudor alguno?”, decía. Y la verdad es que la respuesta sería: depende.

Depende de cuál es la demanda a la que se atienda para juzgar como adecuada una u otra manifestación. Así, quienes consideran que estas exigencias descansan sobre la necesidad de legislar en torno a los supuestos derechos sexuales y reproductivos o sobre el acoso callejero, pareciera que la manifestación es totalmente atingente. Por el contrario, si se tratara de brechas salariales o de revalorizar el rol de las madres y recordar el de los padres en la formación de las próximas generaciones, da la impresión de que nada tendría que ver.

El movimiento feminista del 2018 no presenta las mismas características, siendo, más bien, una maraña de exigencias y gritos difíciles de identificar con claridad.

Por lo pronto, vale la pena recordar lo que los estudios sobre políticas públicas nos enseñan respecto al diseño de éstas: para abordar correctamente la necesidad pública es fundamental primero identificar con claridad cuál es el problema a resolver. Así, a diferencia de lo que ocurría con las manifestaciones del 2011 en que era evidente la demanda esencial -el excesivo endeudamiento de los jóvenes que no podían pagar los aranceles del país-, el movimiento feminista del 2018 no presenta las mismas características, siendo, más bien, una maraña de exigencias y gritos difíciles de identificar con claridad.

Entonces, ¿qué es lo que vendrá? Probablemente durante el segundo semestre enfrentaremos una radicalización del movimiento si es que algunas de las solicitudes no son tomadas en cuenta, ya sea por el gobierno o el mundo universitario. Si eso no ocurre y continúa un desajuste muy notorio entre autoridades estudiantiles y políticas, el clima imperante persistirá y será aún más difícil identificar qué es específicamente lo que se busca.

Los énfasis sobre temáticas de género, propios de la tercera ola, poco ayudan, finalmente, a revelar lo verdaderamente importante: revalorizar el rol de la mujer sin desconocer lo masculino de la sociedad.

Para entenderlo con más detalle hay que reconocer que este embrollo contiene elementos de las distintas olas feministas de nuestra historia: de la primera trae consigo la idea de que hombres y mujeres tienen las mismas capacidades, por lo que debiesen pesar por sobre ambos los mismos deberes y derechos, especialmente el ámbito político, estableciéndose así lo que podría denominarse una igualdad formal; de la segunda contiene el reclamo de la desigualdad en el ejercicio de derechos, especialmente en el mundo laboral, promoviendo, entonces, una igualdad de orden material; y, por último, de la tercera ola hay ciertos rasgos comunes dirigidos especialmente a eliminar toda diferencia existente entre hombres y mujeres, relegando las biológicas a algo insignificante que no aportaría información relevante.

Como se ve, este es un proceso en formación cuyos contornos aún no han sido debidamente delimitados. Por lo mismo, si esta nueva tensión feminista busca generar cambios profundos y constituirse como la cuarta gran ola, debiese definir con mayor claridad sus batallas. Los énfasis sobre temáticas de género, propios de la tercera ola, poco ayudan, finalmente, a revelar lo verdaderamente importante: revalorizar el rol de la mujer sin desconocer lo masculino de la sociedad.

Pablo Valderrama, director ejecutivo Idea País

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/ AGENCIAUNO