La reivindicación de los derechos de la mujer —y su expresión en el feminismo de hoy, tanto en Chile como en el mundo— sigue siendo, aun mucho tiempo después de John Stuart Mill, una causa fundamentalmente liberal: una tarea de liberación de esas cadenas de la fuerza a las que históricamente la mujer estuvo sujeta.
Publicado el 20.05.2018
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La intelectual inglesa Harriet Taylor ejerció una influencia decisiva sobre su amigo, y luego esposo, John Stuart Mill, uno de los más prominentes pensadores del siglo XIX, y probablemente uno de los escritores liberales más influyentes de los últimos siglos. Juntos, Taylor y Mill diseñaron el esquema de una obra —a estas alturas clásica— que no vería la luz sino hasta el año 1869, después de haber fallecido ella. Esta obra lleva por título La sujeción de la mujer (The Subjection of Women).

El texto contiene una de las defensas más férreas jamás escritas sobre los derechos igualitarios entre mujeres y hombres. Así, Mill escribe sin titubeos al comienzo de la obra: “El principio que regula las relaciones sociales existentes entre los sexos —la subordinación legal de un sexo al otro— es errado en sí mismo. Debe ser reemplazado por un principio de perfecta igualdad, no admitiendo ningún poder o privilegio, por un lado, ni incapacidad, por el otro”. Para Mill, todo intento de justificar la sumisión de un sexo al otro debe ser descartado. De la misma forma, rechaza la existencia de argumentos suficientes para sostener una situación de este tipo y propone por ello, en cambio, el ideal liberal de una perfecta igualdad entre los géneros. Así, tal como había sucedido con la abolición de la esclavitud, y la expresión de la igual dignidad de todos los seres humanos, ahora era el turno de la completa liberación de la mujer.

Mill demostró que la tradición en relación al rol de la mujer en las sociedades modernas era completamente injustificada y, de por sí, errada. Racionalmente hablando, no cabía aceptar otra forma de relación entre hombres y mujeres sino la de una completa igualdad social y política. Por otra parte, Mill también desenmascaró la sujeción o sumisión de la mujer a lo largo de la historia como una expresión únicamente del poder y de la fuerza bruta del hombre sobre ella. Así señala: “La desigualdad de derechos entre hombres y mujeres no tiene otro origen que la ley del más fuerte […y aún] no ha perdido la mancha de su brutal origen”.

Mill demostró que la tradición en relación al rol de la mujer en las sociedades modernas era completamente injustificada y, de por sí, errada”.

Cabe recordar que Mill había publicado en 1859 su célebre escrito Sobre la libertad (en cuya elaboración Harriet Taylor también tuvo influencia), donde ya había realizado una defensa de las libertades individuales como fundamento de una sociedad que resguarda la integridad y el bienestar de los seres humanos que la componen. Aquí, Mill establece, siguiendo la tradición liberal clásica, la absoluta dignidad y la prioridad de la individualidad —y las libertades que de ella surgen— frente al ejercicio de los poderes del Estado, pero también frente a los poderes arbitrarios de todo tipo, como los del hombre sobre la mujer. La igualdad política liberal surge, así, como una condición necesaria para la expresión de las individualidades en un Estado de derecho y en una sociedad aún gobernada por un machismo decimonónico que excluía a la mujer de la vida política, al negarle la posibilidad de sufragio y del acceso a la educación, entre otros derechos. De esta forma, la reivindicación liberal de la individualidad se transformó en una doble reivindicación en el caso de la mujer: ellas no sólo están sujetas arbitrariamente a los poderes eventualmente abusivos del Estado, sino también a los poderes eventualmente abusivos impuestos por una cultura eminentemente masculina cuyos retazos aún hoy vivimos, a pesar de los innegables avances que se han logrado en esta materia.

En este sentido, es sumamente notable el ejemplo histórico del movimiento feminista de mujeres inglesas que se negó a pagar impuestos hasta que se les considerara como política y socialmente iguales. Aquí, al igual que en el caso del movimiento independentista de los Estados Unidos, se aplicó el principio liberal “no taxation without representation”. Sin representación política, el impuesto es tiranía.

Por esta razón, la reivindicación de los derechos de la mujer —y su expresión en el feminismo de hoy, tanto en Chile como en el mundo— sigue siendo, aun mucho tiempo después de Mill, una causa fundamentalmente liberal: una tarea de liberación de esas cadenas de la fuerza a las que históricamente la mujer estuvo sujeta. En este sentido, la figura del acoso, tal como la hemos conocido últimamente por las denuncias de numerosas mujeres afectadas, especialmente en el espacio universitario, corresponde precisamente a ese uso verbal o físico de aquella fuerza bruta que denunciaba Mill: un abuso que se funda en una situación cultural e histórica de opresión del hombre sobre la mujer. Hoy resulta evidente que toda forma de abuso debe ser rechazada por todos quienes creen en una sociedad de individuos libres e iguales en dignidad y derechos, principios históricos del liberalismo. Sin embargo, esta forma de abuso —la del acoso— resulta particularmente condenable y repudiable, por cuanto se funda en esa vil superioridad que entrega la posesión de la fuerza. Pero no de una fuerza reducida a la mera violencia física, sino ampliada también a una de carácter simbólico, que apuntaba a presentar a la mujer como “naturalmente” inferior a los hombres.

La causa por la libertad de la mujer debería ser, pues, transversal en toda la sociedad —también en Chile— y no debería, por tanto, ser reducida a un determinado sector político. Por ello, no deja de ser preocupante que la causa feminista —que es de carácter universal— pueda llegar a ser cooptada, y por tanto dañada, por el hecho de identificarse de manera exclusiva con algunas ideologías políticas que históricamente han sido lejanas a la libertad. Por lo demás, la perfecta igualdad de la que hablaba Mill, llamada hoy en ocasiones “equidad de género”, se funda en principios liberales de larga tradición como son la libertad individual y la igualdad ante la ley, principios ambos que apuntan a que todas las personas puedan ser protagonistas principales de su propio destino sin importar su género. Nada de esto ha perdido vigencia, muy por el contrario, así lo atestigua el movimiento feminista que se está dando hoy en diversas universidades de nuestro país.

 

Benjamín Ugalde, doctor en Filosofía, Horizontal

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRÁN GAETE/AGENCIAUNO