Hoy, en el contexto del centenario de las apariciones de la Virgen de Fátima, el Papa Francisco canonizará a dos de los videntes, Francisca y Jacinta Marto. Dos niños analfabetos que han hecho historia junto a su prima Lucía, por ser los guardianes de los “secretos” de la Virgen. ¿Cómo juzga la Iglesia a una persona que dice ser protagonista de encuentros sobrenaturales? ¿Cómo pone su sello canónico a estos lugares?
Publicado el 13.05.2017
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Portugal este fin de semana está sobrevendido y cerca de un millón de turistas han copado su capacidad hotelera. Pero no se trata de un Woodstock portugués o de la final de la Champions, sino de un evento religioso que tendrá dos teloneros y una estrella de fondo: el Papa Francisco, la canonización de dos pastorcitos, y la Virgen María, en el cumpleaños 100 de sus apariciones en la Cova de Iría, en el pueblo de Fátima.

Estos niños –ayer beatos de la Iglesia Católica y desde hoy, santos- se suman a otros tres adolescentes mexicanos que también serán canonizados este fin de semana en la Plaza de San Pedro en Roma, y que de alguna manera dan cuenta del pensamiento del Papa Francisco, que no da puntada sin hilo y quiere marcar con hechos significativos la importancia de la niñez y de la adolescencia en un mundo en que los niños no raramente se convierten en objeto de explotación y abuso.

Pero volvamos al recital portugués. Todos de alguna manera conocemos lo esencial: la Virgen María en 1917 se les apareció innumerables veces a Lucía, Jacinta y Francisco, tres pobres y analfabetos pastorcitos, y les exhortó –y a través de ellos, al resto del mundo- a la penitencia y al rezo del Santo Rosario por la conversión y la paz del mundo.

Cuando uno se acerca por primera vez a la historia de las apariciones de la Virgen en Fátima –o a Lourdes en Francia o a Guadalupe en México, por citar algunas-, es posible que quedar asombrado, y lo más probable es que su lectura no deje indiferente a nadie: muchos las miran con recelo, otros con escepticismo, otros arrugan el ceño y se ríen del fanatismo religioso, y otros –los menos- buscan secretos apocalípticos que puedan presagiar el fin del mundo y alguna que otra catástrofe mundial.

Pero el pueblo, en su sencillez de condición y de corazón, actúa al parecer siempre igual en todas partes del mundo. Sobre todo cuando algo, como el mensaje de Fátima, tiene alcance universal y un sentido profético que implica a toda la Iglesia.

A Portugal acuden en peregrinaciones masivas y personales a la explanada, donde hoy se erige la pequeña capilla en que ocurrieron las apariciones, a algo tan sencillo y económico como rezar. Así, de modo muy natural, se desarrolló la devoción en Fátima, y la experiencia de la Iglesia Católica es que en este lugar se producen millones de frutos invisibles en las almas y en los cuerpos de quienes lo visitan. Hoy los protagonistas son los miles de peregrinos que llegan anualmente de distintas partes del mundo a algo tan simple como pedirle a la Virgen algún favor o un milagro para sí mismos o sus cercanos. Las cifras hablan por sí solas: durante 2016 recibió a 6,7 millones de participantes, casi 10 mil celebraciones, con peregrinos de 90 países.

Sin duda, la sencillez y sentido común del pueblo tienen un mensaje que vale pena sopesar: que lo religioso no es un fenómeno arcaico para cubrir lo que no sabemos, sino que más bien una mirada que da mejor cuenta del sentido del mundo, de la historia y del hombre. Así lo han entendido los Papas en sus visitas a Fátima. Así lo recordará hoy Francisco.

 

Ana María Gálmez, periodista