Quienes intentan instalar el empate de incapacidades entre Gobierno y oposición deben ser confrontados con claridad.
Publicado el 15.09.2014
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Los 6 meses de Bachelet en titulares serían algo así: la reforma tributaria y el fin al lucro entrampados y dividiendo a la Nueva Mayoría tensionada por movimientos sociales que temen el impacto en sus vidas de los que aparecían como atractivos eslóganes de campaña. Irrumpe la desaceleración en la agenda, frenazo de la inversión y amplio consenso en que las señales de incertidumbre y los cambios radicales son los responsables de un escenario económico peor de lo esperado. La Presidenta pone la cara cuando sus ministros “estrella” no logran defender el programa de gobierno y las encuestas revelan que se duplica  la desaprobación de Bachelet desde marzo a la fecha. Sale Ricardo Lagos a golpear la mesa pidiendo un giro más razonable y La Moneda baja la mirada como niño castigado. Estalla una bomba en el Metro y, con ella, se recuerdan las muchas otras bombas de los últimos meses, centrando la agenda en la  falta de seguridad.

Complicado al menos. Muy difícil de defender también para los partidarios del oficialismo. Los primeros meses de gobierno, lo más habitual fue culpar sistemáticamente a la administración de Piñera y después vino la fase de poner al “programa” como escudo para todo, pero ahora esas alternativas se agotaron  y lo que sacaron bajo la manga es la vieja teoría del empate.

La lógica parece ser instalar las siguientes ideas en la opinión pública: sí, es verdad que La Moneda no se ha lucido, pero la centroderecha no ha sido capaz de capitalizar políticamente nada. Sí, es verdad  que la Nueva Mayoría se enredó los primeros seis meses con reformas mal diseñadas y peor comunicadas, pero la derecha no tiene propuestas y lo único que hace es oponerse a todo. Finalmente, aceptan que los ministros escogidos por Bachelet no estaban a la altura,  pero en la Alianza, repiten,  no hay liderazgos fuertes y  están fragmentados.

Quienes intentan instalar este empate de incapacidades deben ser confrontados con claridad: no es ni será jamás deber de la oposición (ni así lo pretenden los ciudadanos) ser el motor de las propuestas de políticas públicas, para eso está el Gobierno. Lo que sí se espera es que mejoren las iniciativas en el sentido que valoran sus votantes. Y eso la Alianza sí lo ha hecho, muy potenciada por  la llamada oposición social, representando su voz en lo  tributario y educacional. Al punto que para la reforma impositiva el ministro Arenas tuvo que sentarse a la mesa y cambiar de manera importante su borrador inicial y que en los cambios al sistema educativo, las señales de moderación crecen día a día.   Defender con claridad el derecho a elegir de los padres y el impacto de los impuestos altos en la clase media ha sido mérito de la actual centroderecha y le han permitido reencantarse con sus ideas.

La derrota electoral de diciembre pasado es precisamente eso, una derrota electoral. Hay que analizar bien qué pasó y remediarlo de cara al futuro, pero no permitir que ahora además el sector pague los platos  de un gobierno que no es el propio.

 

Marily Lüders, Foro Líbero.

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO