¿Podría ganar en Chile alguien parecido a Donald Trump? Habría que cuestionárselo, para que después no nos choquemos de frente con la dura realidad de que acá también podría triunfar un candidato extremista o demagogo, sencillamente porque los votantes están hartos e indignados.
Publicado el 12.11.2016
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Con estupor e incredulidad vimos desde Chile cómo Trump derrotó a Clinton en Estados Unidos. Y frente a esta frustración, para muchos de los que veíamos solo un matón frívolo y mal educado, lo más fácil —y torpe— es caricaturizar al pueblo norteamericano y repetir —como hacemos cuando andamos odiosos— que en EEUU abundan los fachos pobres y los ignorantes, pues “así empieza el fascismo”, como escribió el periodista liberal David Remnick.

Más difícil y desafiante es tratar de entender por qué una proporción tan grande de un país con un nivel de ingresos muy superior al chileno se inclina por un candidato tan contra-intuitivo, tan diferente a lo que consideramos bueno. Y es por eso que resulta sintomático lo que ha declarado el Premio Nobel de Economía Paul Krugman en el New York Times: “Lo que sabemos ahora es que gente como yo, y probablemente como la mayoría de los lectores del NYT, realmente no comprendemos el país en que vivimos. Pensábamos que nuestros compatriotas no terminarían votando por un candidato tan evidentemente mal preparado para la alta administración, con un temperamento tan inaceptable, tan aterrador, pero ridículo”. Algo parecido, pero con más humor, relataba hace algunos años el ácido Tom Wolfe, cuando se reía de un elegantísimo intelectual de la izquierda exquisita de Park Avenue que le decía: “Nunca he tratado con nadie que vote por Reagan”.

Cabe entonces preguntarse, ¿podría ganar en Chile alguien parecido a Donald Trump? ¿O podríamos optar por un grupo de radicales antisistema como el de “Podemos” en España? Habría que cuestionárselo, para que después no nos choquemos de frente con la dura realidad de que acá también podría triunfar un candidato extremista o demagogo, sencillamente porque los votantes están hartos e indignados.

Los que escribimos columnas para gente educada que lee portales de opinión como este, no solemos ponernos en los zapatos de esa gran masa de trabajadores que soporta todos los días un viaje de horas en un transporte público atestado y deficitario. Chilenos que ganan un salario promedio que no supera los 400 mil pesos y que se atienden en el sistema público de Salud que pasa en paro y que a este momento acumula cinco mil cirugías sin realizar. Gente que vuelve tarde a su casa, con miedo, y que más encima sufre la amenaza del desempleo y el estancamiento de sus salarios, porque la gran mayoría trabaja en un sector privado que pasa por aprietos y ven con algo de resentimiento cómo los funcionarios públicos —que más encima gozan de inamovilidad— paralizan ilegalmente todos los años exigiendo reajustes salariales a los que ellos sencillamente no pueden acceder, y eso que en promedio ganan un tercio más y faltan muchos más días a la oficina. Funcionarios y sindicalistas que representan a una mínima parte de los trabajadores y que son liderados por la presidenta de facto de la Central Unitaria de Trabajadores, quien pese a la evidente falta de legitimidad democrática de su cargo no tiene problemas para rebajar aún más el nivel del debate público, insultando impunemente al ministro de Hacienda en la sede de una institución esencial de la República. Pues claro que uno se enoja al ver eso y puede radicalizar sus puntos de vista.

Esos mismos chilenos podrían estar incubando un creciente rencor frente a la obscena danza de millones gastada en pre-campañas ilegales, tráfico de influencias y el cohecho de distinguidos empresarios a diputados y otros funcionarios. Millones de pesos pagados mensualmente por informes “ideológicamente falsos”, que no tenían otro destino que el de devolver favores financiando el elevado estándar de vida de una clase política muy regaloneada, pese a su creciente desprestigio. Si a eso le sumamos que el próximo año en vez de ser 120 diputados serán 155, y en vez de 38 senadores tendremos 50, pues ya sabemos que nos tocará pagar más dietas, más secretarias, más gasolina y más billetes de avión, a pesar de que se nos repitió una y otra vez que el cambio del sistema electoral no costaría ni un peso.

Si las instituciones y empresas del Estado funcionaran bien y facilitaran la vida a la mayoría de los chilenos en vez de empeorarla —si no se murieran tantos niños en el Sename ni hubiera pensiones millonarias en Gendarmería ni funcionaran mal las cárceles y los hospitales y los colegios públicos ni hubiese constantes paros en el Registro Civil y Aduanas ni se contratara a militantes sin expertise ni títulos universitarios de buen nivel para copar los servicios públicos—, pues seguramente la ciudadanía llevaría mejor la contratación de tanto “personal de confianza”, pero como nada de eso está ocurriendo, claro que da rabia.

Según El Demócrata, solo para la reforma educacional se han contratado más de 150 asesores en tres años, con un gasto para el Estado de 4.200 millones de pesos. El Mercurio nos informó hace poco que se han gastado 6.000 millones de dólares por el Transantiago en 10 años, lo que habría servido para construir cuatro líneas del Metro o 400 mil viviendas para los más necesitados. Otra buena cantidad de plata se botó en Ferrocarriles del Estado o para el censo de 2012. Pero ahora se nos repite que no queda ni un peso para construir los hospitales que se prometieron, reducir las listas de espera, mejorar las condiciones carcelarias y la educación municipal, invertir en seguridad pública y evitar que mueran más niños pobres.

Tal como pasa en Chile, Obama descuidó el crecimiento económico e incrementó escandalosamente el gasto y la deuda pública de Estados Unidos, lo que terminó pasándole la cuenta. La elite liberal norteamericana, esa que enseña en universidades de la Ivy League y escribe en diarios de Manhattan para la gauche caviar donde nunca hay republicanos, ahora se pregunta cómo es el norteamericano medio que recoge los diarios gratuitos en los supermercados para recortar los cupones de descuento. Un ciudadano que vive en zonas severamente afectadas por la desindustrialización y la falta de oportunidades, y cabreadísimo con el establishment y la elite de Washington de la que formaban parte Hillary Clinton y su marido. “Son una tropa de fachos pobres”, les gritamos desde la distancia, mientras nos negamos a ver —o al menos a preguntarnos— si el huevo de la serpiente no se está incubando también en nuestras ciudades.

 

Ricardo Leiva, doctor en Comunicación de la Universidad de Navarra