Estamos frente a un gobierno mediocre y donde las cosas funcionan mal, un gobierno convencido de que lo está haciendo maravillosamente bien. Quizá ahí radique en parte el fracaso de la actual administración y la necesidad de contar con un nuevo gobierno que ponga a Chile por el camino del progreso del que nunca debió salir.
Publicado el 23.11.2016
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El domingo pasado la Presidenta de la República -en entrevista con El Mercurio– sostuvo que el comité político de La Moneda estaba funcionando “extraordinariamente bien”, y pidió a la oposición asumir un rol constructivo, porque de lo contrario podrían llegar problemas de gobernabilidad a nuestro país.

Es verdad que la posición de quien ocupa la Presidencia de la República es compleja, solitaria y muchas veces incomprendida. En ese sentido, a todos nos resulta difícil situarnos en el escenario político al que se refiere la Presidenta Bachelet. Sin embargo, como bien se ha dicho, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

La primera mandataria sostiene que su comité político funciona de manera extraordinaria, pero esto ignora la grave falta de liderazgo que existe en su interior. El ministro del Interior no lidera el gabinete, el de la presidencia carece de buenas relaciones con el Congreso Nacional y el vocero de gobierno -quien ya dejó el gabinete- no contribuyó a clarificar la agenda político-comunicacional. Quizás el único criterio por el que se guía la Presidenta es la lealtad con que estos ministros actúan hacia ella, al programa o al gobierno, y en eso no es de sorprender que obtengan una calificación extraordinaria, pero el tema es mucho más complejo y menos auspicioso.

Es difícil evaluar positivamente el liderazgo político del comité de La Moneda, más aún cuando Alejandro Guillier acusó al ministro del Interior, Mario Fernández, de sufrir de Alzheimer y el propio militante DC calificó a su partido como “arroz graneado” de la Nueva Mayoría. Pero más allá de las frases para el bronce, lo peor de este gobierno se puede encontrar en sus malas reformas, en su retórica odiosa y en la pésima gestión que han exhibido.

Por ejemplo, en tres temas importantes para el país, el gobierno se encuentra francamente al debe. La seguridad de La Araucanía o la lucha contra la delincuencia no son prioridad para esta administración, al punto que el Gobierno ni siquiera ha designado a personas titulares como intendente o subsecretario de prevención del delito. En otra materia relevante para los chilenos, como la salud, es posible apreciar que la deuda hospitalaria se ha quintuplicado desde el anterior Gobierno, pasando de 64.430 millones a 306.719 millones. Existe el riesgo de superar los 500.000 millones de deuda el próximo año. A esto sumamos la posibilidad cierta que nuestro representante ante La Haya, José Miguel Insulza, renuncie a su cargo para asumir una incierta candidatura presidencial, lo que pone de manifiesto la escasa habilidad política de que ha hecho gala el comité ministerial.

Al mismo tiempo, llama la atención que la Presidenta acuse a la oposición de los eventuales riesgos de gobernabilidad del país. Quizás ignora que ganó la elección holgadamente, obteniendo además mayorías históricas tanto en la Cámara como en el Senado. Por eso, el estancamiento de su agenda legislativa no tiene otra causa que la desprolijidad en la redacción de los proyectos y falta de conducción política que ni siquiera ha podido alinear a sus propios parlamentarios. A esto se suman a las contradicciones internas de los partidos de gobierno.

Cuando la Presidenta habla de la oposición, cuesta comprender a quién se está dirigiendo. Hay que distinguir si lo hace a la viva oposición interna de su propia coalición o por el contrario, si se está dirigiendo a Chile Vamos. Si se refiere a la oposición interna, es un duro reproche al Partido Comunista, que en bloque rechazó la propuesta gubernamental en materia de reajuste a los funcionarios públicos o bien puede servir de llamado de atención a la Democracia Cristiana, que en medio de una dura derrota electoral en las últimas municipales, congeló su participación en la coalición.

Si la presidenta pretende acusar a Chile Vamos por una supuesta falta de espíritu constructivo o propositivo, es simplemente una medida de distracción. La coalición de centroderecha ha contribuido a mejorar los proyectos gubernamentales y en otros a intentar aminorar sus efectos dañinos, e incluso a sostener con sus votos la propuesta del ministro de Hacienda, rechazada por sus propios parlamentarios. Al punto que si en Chile tuviéramos un sistema parlamentario -como el inglés o el alemán-, ese mismo día el Gobierno habría caído y se hubiesen visto en la obligación de convocar a nuevas elecciones.

En definitiva, estamos frente a un gobierno mediocre y donde las cosas funcionan mal. Para mayor problema, es un gobierno convencido de que lo está haciendo maravillosamente bien. Quizá ahí radique en parte el fracaso de la actual administración y la necesidad de contar con un nuevo gobierno que ponga a Chile por el camino del progreso del que nunca debió salir.

 

Julio Isamit, coordinador general Republicanos

 

 

FOTO:SEBASTIAN BELTRAN/AGENCIAUNO

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