Pizzi parece seguir el consejo de Kipling: al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia. Sabemos que es un hombre de convicciones, ganador, pero que no transa sus principios y valores.
Publicado el 30.06.2016
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Me encontré hace unas semanas en Boston con un destacado economista chileno que vive en Nueva York y que había viajado a ver el partido de Chile con Bolivia. Estoy feliz, me dijo, presentándome a su hijo. Como chileno que vive fuera vine a alentar a mi país y aunque no jugamos tan bien, ganamos. Quedé, eso sí, consternado con un grupo numeroso de hinchas sentados cerca de la banca chilena que estuvieron todo el partido insultando a Pizzi. No lo podía creer ¿por qué actúan así?. Esto me ayuda a entender mejor el clima de crispación que a veces percibo en Chile.
Mi amigo seguramente fue a New Jersey a ver el partido final contra Argentina y estará feliz de haber alentado en todo momento a este equipo que les dio una alegría tan grande a todos los chilenos.
Me acordé de esta anécdota cuando analizaba los factores que llevaron a Chile a ganar. Se trata, por supuesto, de una generación privilegiada de futbolistas que hace rato viene triunfando. Pero hay algo más.
Creo que es innegable que Marcelo Bielsa tuvo una influencia importante en la Selección Chilena al cambiar la manera de jugar del equipo. Desde que llegó, Chile siempre salió a ganar los partidos, cualquiera fuera el rival. Esto encantó a los hinchas y fue el inicio de un período distinto para el fútbol nacional.
De las convicciones de Bielsa pasamos al pragmatismo de Sampaoli, pero siempre bajo la impronta de un fútbol ofensivo. Chile siguió cosechando triunfos a nivel internacional, volvió a pasar a octavos de final en un Mundial y ganó su primera Copa América. Algunos trataron de adueñarse de este triunfo, incluso insinuando que podía haber factores extra futbolísticos que lo explicaron.
La crisis en el fútbol chileno desatada por el escándalo de los sobornos en la FIFA puso a la nueva dirigencia del fútbol, encabezada por Arturo Salah, en un serio problema. Resolvieron que el nuevo entrenador fuera Juan Antonio Pizzi.
Era muy difícil para el nuevo Director Técnico. Como el mismo lo dijo después de la final, el único resultado que iba a dejar contenta a la gente era volver a ser campeones. Y no era nada de fácil, con selecciones como la de Argentina y Colombia, que tenían jugadores de gran nivel.
Pizzi se puso a trabajar, seriamente como suele hacerlo. En los partidos preparatorios no le fue bien. ¿Pero para qué sirven los partidos preparatorios si no es para probar jugadores y funcionamiento del equipo sin privilegiar el resultado? Con tan poco tiempo con el plantel a su disposición, hizo lo que tenía que hacer.
El entrenador además definió algunas cosas básicas. Primero, mantener el fútbol ofensivo. Es lo que siente y siempre lo ha hecho. Segundo, jugar con la fortaleza y características de las grandes figuras de nivel mundial que tiene. Vidal, Bravo, Medel y Alexis desde luego. Apostó a que Charles Aránguiz volvía a su nivel luego de mucho tiempo sin jugar y ello ocurrió hacia el final del torneo. Tercero, fue flexible para abandonar la idea de un nueve de área cuando se dio cuenta de lo que podía rendir Eduardo Vargas. Y cuarto, fue audaz para incluir a nuevas figuras, como Fuenzalida y Puch, de excelente actuación, o designar en los penales a Silva y Castillo, que respondieron de gran forma.
El de Chile fue de verdad un equipo, jugaron todos en algún minuto excepto los arqueros suplentes. Y se notó el liderazgo, el liderazgo sereno de Pizzi.
Pizzi parece seguir en esto el consejo de Kipling: al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia. Sabemos que es un hombre de convicciones, ganador, pero que no transa sus principios y valores.
Pero además piensa, y esto es lo más importante, que hay que construir sobre lo ya hecho. Él no vino a inventar la Selección Chilena, no vino a vender humo, como se dice en el fútbol, sino a trabajar en equipo sobre la base de lo que otros hicieron antes.
Ese es el verdadero liderazgo. El que necesita el fútbol chileno: el liderazgo sereno de Salah, de Pizzi y de Claudio Bravo. No el vociferante de los que critican todo, de los que creen que se las saben todas sin que hayan construido nada. Sólo por este camino el fútbol saldrá de la crisis de confianza en que la sumieron los condenables hechos de quienes se apropiaron de él para sus fines personales.
Y quizás ¿quién sabe? nos pueda dar lecciones para otros ámbitos de la vida nacional.

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