Resulta claro que el dilema para nuestras autoridades es aguantar las provocaciones sin “estallar”. Pero al mismo tiempo, no se puede hacer vista gorda a los continuos ilícitos que cometen bolivianos en la zona de frontera, sean éstos vinculados al contrabando o al narcotráfico.
Publicado el 30.03.2017
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La detención por parte de Carabineros de dos soldados y siete funcionarios de aduana bolivianos, que pretendían asaltar camiones chilenos para contrabandear sus mercaderías, es el hito que marca el reinicio de la ya acostumbrada campaña boliviana contra Chile. No es casualidad que el hecho se produzca justo en momentos en que ese país hizo entrega de su réplica en La Haya (CIJ) y celebró su Día del Mar. Por cierto, la propaganda boliviana quiso encubrir este último incidente (como tantos otros anteriores), acusando a Chile de transgredir la frontera y de haber capturado a sus agentes cuando “combatían contrabando chileno en territorio boliviano”. Es decir, el mundo al revés.

La realidad que se vive en el norte es muy distinta, porque: (a) La extensa y desértica frontera chileno-boliviana (800 kms.) se presta para el tráfico de personas hacia Chile (inmigración) y de bienes desde Chile (contrabando), que en el segundo caso alcanza los US$300 millones anuales; (b) Un 40% de los cultivos de la coca boliviana (12.200 hectáreas) va a parar al narcotráfico en ese país; y (c) Los ingresos por narcotráfico (US$ 700 millones por 113 toneladas anuales de cocaína) representan alrededor del 3% de la economía boliviana.

Estos antecedentes son para confirmar los dos mayores problemas que aquejan hoy a Evo Morales: por un lado, está el deterioro de la economía nacional tras la caída de los precios del gas, y por el otro, su cuestionada reelección presidencial. Ante el primer desafío, el Presidente indigenista pareciera estar apuntando a un aumento en los ingresos por concepto del narcotráfico, satisfaciendo a la misma vez a los cocaleros (su base de apoyo político más importante), al promulgar recientemente una ley que aumenta al doble la superficie de cultivo de la hoja de coca (22.000 ha.). En cuanto al segundo desafío, la estrategia de siempre ha sido emplear la reivindicación marítima como vía para unir a los bolivianos. Es más, a través de insultos y posturas agresivas, Morales ha buscado provocarnos, de manera de poder victimizarse frente a eventuales reacciones fuertes de Chile. De esa forma, el Presidente boliviano ha convencido a muchos de sus compatriotas de que él es el único capaz de “presionar” a nuestro país para que ceda a Bolivia una salida soberana al mar.

Resulta claro, entonces, que el dilema para nuestras autoridades es aguantar las provocaciones sin “estallar”. Pero, al mismo tiempo, no se puede hacer vista gorda a los continuos ilícitos que cometen bolivianos en la zona de frontera, sean éstos vinculados al contrabando o al narcotráfico. En esa tarea de custodios, Carabineros, la PDI y nuestros tribunales de justicia deben hacer respetar la soberanía chilena, independientemente de las campañas suscitadas por el irredentismo del altiplano.

En cuanto a la reivindicación marítima, cabe tener presente una sola cosa: en el caso hipotético de que Chile entregase a Bolivia una franja territorial al norte de Arica, nos crearíamos más problemas de los que pretendemos resolver, puesto que abortaríamos nuestra potencial integración con el Perú a cambio de un corredor fronterizo para un flujo sin control del narcotráfico y el contrabando.

 

Juan Salazar Sparks, director ejecutivo de CEPERI

 

 

FOTO: AFKA/AGENCIAUNO