Con una retórica cargada de insultos y desmedido desprecio por la verdad, los ataques de Evo hacia Chile y los chilenos sobrepasaron todo límite y, al hacerlo, han puesto en riesgo la posibilidad de retomar cualquier tipo de dialogo mutuamente aceptable y fructífero en el futuro.
Publicado el 12.08.2016
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“Una Nación que entrega a otra un odio habitual es hasta cierto punto esclava de su propia animadversión”.(George Washington).

En Bolivia se les llama “Evadas” a las diversas situaciones protagonizadas por el Presidente Evo Morales que, tomando la forma de exabruptos, expresiones equívocas o salidas jocosas, por lo general reflejan fielmente su curiosa personalidad. En un comienzo, las salidas del mandatario altiplánico se tomaban con cierto sentido de humor, como es el caso de aquella sobre la lucha antiimperialista: “nuestros antepasados han luchado contra todos los imperios: el imperio inglés, el imperio romano (¿!?), contra todos los imperios…ahora nos toca luchar contra el imperio americano”. Luego aparecieron otras, no tan jocosas, como la vez que declaró: “cuando voy a los pueblos, quedan todas las mujeres embarazadas y en su barriga dice: Evo cumple”. La denuncia no desmentida de que una de esas muestras del “deber cumplido” la hizo con la hija (menor de edad) de su ministra de Desarrollo Indígena, causó más preocupación que risas.

Pero la escalada de agravios que Morales ha dedicado a Chile en los últimos meses es mucho más que una mera “Evada”… En efecto, con una retórica cargada de insultos y desmedido desprecio por la verdad, los ataques de Evo hacia Chile y los chilenos sobrepasaron todo límite y, al hacerlo, han puesto en riesgo la posibilidad de retomar cualquier tipo de dialogo mutuamente aceptable y fructífero en el futuro. Los efectos de la política confrontacional del gobierno boliviano van mucho más allá de lo anecdótico, pues al tratarse de conductas reiteradas, llevadas a cabo durante un tiempo prolongado y con una diversidad de acciones que involucran a autoridades de gobierno, parlamentarios y medios de comunicación, tienden a configurar una verdadera política de Estado basada en la odiosidad.

Los efectos de sembrar la odiosidad sobre una ya deteriorada relación bilateral son previsibles en su gravedad, por cuanto incidirán de manera directa en lo que resulte del fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre la demanda boliviana contra Chile, actualmente en curso. Si la CIJ fallase aceptando lo demandado por Bolivia, esto es, instando a ambas partes a dialogar, las condiciones creadas por la política de la odiosidad harían impracticable todo esfuerzo de dialogo. En rigor, una política boliviana que precede al gobierno del MAS largamente y que se ha aplicado desde el siglo pasado, es aquella orientada a “educar” a los niños desde la etapa pre escolar, a quienes se adoctrina con sentimientos de odio hacia Chile. Si a esta base de extrema fertilidad se agrega lo que ha hecho el gobierno de Morales para incitar la animadversión contra los chilenos, no es difícil concluir en la imposibilidad de sostener un diálogo bilateral viable sobre asuntos trascendentales, hasta que se despeje la carga de odio por una de las partes hacia la otra.

La escalada de agravios desatada por Evo Morales, por otra parte, tendrá efectos inevitables en la orientación que se imprima a la futura política vecinal de Chile. Por de pronto, obliga a revisar con mayor sentido crítico algunas de las premisas centrales que han marcado la política exterior de Chile hacia Bolivia. Si quedaba aún una minoría que defendía la política del “diálogo sin exclusiones” que orientó la relación bilateral durante una década, la demanda marítima boliviana ante la CIJ y la actitud beligerante de Morales se han encargado de poner a esa opción una lápida definitiva y para un nuevo diálogo será necesario partir, si es del caso, desde fojas cero. Si proyectamos la actual situación de la relación bilateral y quisiéramos buscar de manera seria y responsable abrir una nueva etapa a partir de lo que siga al fallo de La Haya, no se puede repetir el error de no tomar en consideración el efecto nocivo de las campañas de “adoctrinamiento” en sucesivas generaciones de bolivianos, a quienes se les ha instilado una irracional odiosidad al vecino.

Como no es posible tampoco improvisar una política vecinal seria y con visión de largo plazo, el debate exhaustivo e informado de los temas que debieran conformarla es una tarea por emprender. A ello intentaremos contribuir desde este foro, para un mayor conocimiento sobre lo que ha sido nuestra historia reciente en materia de relaciones vecinales.

 

Jorge Canelas, Cientista Político y Embajador (r).