A veces creo que esta pasión de los líderes estudiantiles por cambiar el mundo, de unos líderes que son seguidos por miles de otros estudiantes, se ve obnubilada por su propio objetivo y el premio que se llevan los más destacados por los medios. No creo que existe otro país con nuestro PIB que ofrezca a estudiantes el fast track a nuestro parlamento.
Publicado el 17.05.2016
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Veo cómo agrupaciones estudiantiles chilenas convocan con frecuencia a sus miembros a marchas de protesta en contra o a favor de uno u otro asunto. La pregunta que me inquieta es si recuperan luego esas clases, y si hay profesores dispuestos a impartírselas en otro momento, y si en épocas turbulentas como la actual, se estudia normalmente en la universidades.

En mis turbulentos años estudiantiles, durante la Unidad Popular, salíamos a protestar con tanta asiduidad como los jóvenes revolucionarios de hoy, y nunca recuperamos clase alguna. Quienes estudiábamos humanidades tratábamos de compensar el déficit leyendo más páginas de una novela por la noche, pero la situación era diferente para quienes estudiaban medicina, ingeniería o química. Me temo que, al igual que entonces, clase eludida es clase perdida y -en el competitivo mundo globalizado de hoy- materia perdida conduce a alumnos perdidos y éstos a una generación perdida. Ojalá me equivoque. A nosotros entonces nos daba lo mismo: la causa por la que luchábamos era prioridad y cambiaría al país, cuando no al mundo.

Es normal que los jóvenes deseen construir un mundo mejor. Sería triste que llegaran a este mundo y lo aceptaran sin chistar. Karl Marx creía que la clase obrera estaba llamada a transformar el planeta, pero 1968 sugirió que el mundo lo cambiaban los estudiantes, y desde hace varias décadas sabemos que en verdad lo redefinen el conocimiento y las nuevas tecnologías. En un país como Chile, donde vivimos del cobre, las materias primas y los productos básicos, cunde la idea de que los estudios pueden ir más lento, a trompicones o esperar. Y es cierto, cuando en un país no existe investigación avanzada, tecnología de punta o innovación tecnológica, no importa que lleguen tarde y menos preparados el abogado, el literato, el geógrafo, el maestro de gimnasia, el oftalmólogo o el economista, lo que no puede escasear son los mineros, el cosechador de fruta, el pescador o el arriero, ahí sí que la economía tiembla de inmediato. En los países que marcan el rumbo mundial, en cambio, como Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Suecia, China o Gran Bretaña, por no hablar de Vietnam y Singapur, cada día de estudio importa para el estudiante, la economía y el mundo.

Se cuenta que, estudiantes coreanos del sur, japoneses y chinos, interpretan la inasistencia de un compañero a clases como una dulce ventaja para el resto. Ignoro si esto es cierto en gran medida o en casos excepcionales, pero la verdad es que allí nadie pierde una hora de clases y estudian dos o tres horas por hora de clase recibida. Acabo de estar en Vietnam, un estado comunista donde el sector privado produce ya el 63% del interno bruto, y la universidad es una carrera intensa, agitada, sin descanso, donde cada uno se juega su lugar en una nueva partida. En todas las universidades y colleges de Estados Unidos que conozco la asistencia a clases es obligatoria, y de los estudiantes no se escucha que anden en paro, y algo similar ocurre en la gran mayoría de los países desarrollados y del nivel de Chile.

¿Quiero decir con esto que mejor nuestros jóvenes estudiantes sólo se dediquen al estudio y no marchen con tanta frecuencia? No, y esto porque yo también marché (y dejé de aprender) hasta que me dio hipo. La “corrección” la sufrí después en Cuba, Alemania y Estados Unidos. Me pregunto si estos jóvenes saben a qué se exponen cuando lleguen al mercado laboral, si están conscientes de que en el mundo de hoy todos compiten con todos, que mientras ellos paran y marchan, millones de otros estudiantes siguen estudiando, y que no hay atajos. Una cosa es segura: en algún punto se encontrarán con los que sí estudiaron e hicieron lo que tenían que hacer, y con ellos no podrán competir. Así de implacable es la vida. Como padre que habló claro a sus hijos sólo deseo que los de ellos les hayan advertido sobre lo mismo. El tiempo siempre se venga de lo que uno dejó de hacer en un momento determinado.

Me pregunto cuántos de esos estudiantes chilenos que exigen -y con razón- educación de calidad, aprovechan cada año los miles de cursos gratuitos que ofrecen online las universidades más prestigiosas del mundo. La lista de cursos es más que sorprendente y casi todas están en inglés, idioma que pocos dominan bien en Chile. Y en ese sentido me pregunto ¿cuántos alumnos aprovechan los cursos gratuitos online para aprender inglés? Las listas de cursos, especialidades, desde humanidades a la ciencia dura, de la historia a la astronomía, de la química a la programación, pasando por filosofía, política y economía son interminables, y destacados son los intelectuales y científicos que los imparten. ¿Quiero decir con esto que los jóvenes deben educarse en la red y no en la universidad? No, pero una cosa es evidente: hoy el conocimiento está a la mano de todos gracias a la red, y uno puede encontrar allí los cursos con que tal vez sueña, e impartidos por lumbreras mundiales de primera magnitud.

Tal vez la trampa de los 20.000 dólares per cápita también está en eso, en la incapacidad para darnos cuenta a tiempo de los desafíos y riesgos que encierra el mundo, para notar que el conocimiento y las oportunidades están a veces a la mano o en la pantalla que acariciamos a diario. Un exitoso empresario estadounidense me decía hace poco que “la gente por lo general no se da cuenta que las oportunidades salen todos los días a la calle, pero muy temprano, y que hay que andar alerta y que hay que levantarse antes que ellas para cazarlas”.

A veces creo que esta pasión de los líderes estudiantiles por cambiar el mundo, de unos líderes que son seguidos por miles de otros estudiantes, se ve obnubilada por su propio objetivo y el premio que se llevan los más destacados por los medios. No creo que existe otro país con nuestro PIB que ofrezca a estudiantes el fast track a nuestro parlamento. Se trata de un estímulo materialmente vibrante para un joven destacado en política: recién titulado puede dar el salto a un cargo de representación popular que implica ingresos por 10 o 15 mil dólares mensuales. ¿Genera esta perspectiva ilusiones y apetitos entre muchos estudiantes para destacarse no en los estudios sino en la política? Es claro que ese salto sólo es posible para el líder que más aparece en los medios. Se trata de una plaza que debe seducir a muchos estudiantes, aunque “el mercado” ofrezca sólo a un par esas posibilidades que terminan siendo una lotería. ¿Explica esto la tensión que existe entre los líderes estudiantiles en ejercicio y los ex líderes ya integrados al establishment parlamentario? ¿Es este fenómeno exclusivo del mundo universitario? Desde luego que no.

La vía estudiantil del fast track parlamentario, además de ser soñada, es legítima en una república. Mi reflexión apunta a los jóvenes que quedan fuera del fast track, que deben ingresar al mercado laboral y destacarse allí en el ámbito de su conocimiento, talento y habilidades. Son los que tendrán que competir no sólo con quienes invirtieron mucho tiempo en la política, sino también con los que estudiaron pese a todo y con los que -estos serán los más competitivos- en otros puntos del mundo globalizado, tuvieron estudios regulares, exigentes, de calidad, y sin paros ni marchas.

Al final todo esto conduce a una mayor desigualdad, a lo opuesto de lo que los jóvenes revolucionarios exigen. No me extrañaría ver en unos años que el grueso de los mejores profesionales chilenos se formaron principalmente en algunas instituciones, y que los mejores empleos -con excepción de aquellos que lograron el fast track- quedaron en manos de quienes por generaciones han disfrutado de los mejores nexos y contactos sociales.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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