Es muy decidor que en el partido de Jaime Guzmán, formador compulsivo de servidores públicos, hoy estemos viendo cómo un alcalde en un escenario privilegiado como el de Las Condes es incapaz de traspasar el poder a otro que no sea su predecesor.
Publicado el 31.07.2016
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Cuando una persona muere, hay una serie de actividades que el cuerpo sigue desempeñando por un tiempo. Las uñas y el pelo crecen, la piel incluso puede renovarse y buena parte de las funciones digestivas continúan hasta concluir expulsando, lógicamente sin control alguno, los últimos detritos.

Algo similar ocurre en política. Cuando el organismo tiene un fallo generalizado y las parcas ya recorren el escenario llevándose a quienes han cumplido su ciclo o sencillamente no han dado el ancho, hay ciertas prácticas que se mantienen y que parecieran ser señales de que ahí aún hay vida, pero no son más que la certeza de un organismo ya sin ella.

En este sentido, las faenas de Joaquín Lavín en las últimas semanas son señal inequívoca. Nadie quedó indiferente a su insinuación de repetir su paso por la alcaldía de Santiago y, luego de un eventual escenario adverso arrojado por una encuesta, su abandono de la contienda, para luego sorprender incluso a la directiva de su partido oficializando a última hora una candidatura en Las Condes como sucesor de Francisco de la Maza, comuna en la que ya fue edil durante prácticamente toda la década de los 90. Todo lo anterior, enmarcado en su encargo como generalísimo de las campañas municipales de su partido.

Ese tipo de señales son las que terminan por cristalizar las desconfianzas de parte de la ciudadanía, dar valor a abandonos de militancias históricas como la del diputado José Antonio Kast y regalar una razón más a quienes sencillamente no quieren ir a votar en octubre próximo.

Finalmente no se sabe si se está frente a una nueva lectura equivocada del escenario político actual de nuestro país o abiertamente a una sed incontrolable de apuntalar grados de poder a toda costa.

Por un lado, la estrategia insinuada por De la Maza que lo tienta a una eventual precandidatura presidencial, pasando antes por la dirección de la UDI, es señal incuestionable de que quien cumplirá 16 años como alcalde busca con alfiler de plata tejer su burbuja de poder que pueda elevarlo lo más alto posible, sin importar las órdenes de partido y mucho menos la conveniencia para los ciudadanos que representa.

Por otro lado, el ajedrez de Lavín deja en evidencia que el ex alcalde de Las Condes, el ex alcalde de Santiago, el ex candidato presidencial y senatorial y el ex ministro, se niega a dar un paso al costado en beneficio de nuevas generaciones, esas que llevan, desde que él detentara la cartera de Educación, pidiendo espacios y oportunidades. Quien hace dos décadas nos encandilara con ideas originales, haciendo llover sobre la ciudad o acercando la nieve y la playa a los menos favorecidos, se resiste a entender que en la política el escenario es diferente y se exigen nuevos liderazgos.

Es muy decidor que en el partido de Jaime Guzmán, formador compulsivo de servidores públicos y detector certero de vocaciones de servicio, hoy estemos viendo cómo un alcalde en un escenario privilegiado como el de Las Condes es incapaz de traspasar el poder a otro que no sea su predecesor. La voluntad por formar nuevos liderazgos parece tan opacada por el apetito de poder, que los nuevos votantes de la comuna tendrán que votar por quien fuera alcalde incluso  antes de que ellos nacieran. De la Maza fue incapaz, en 16 años, de formar un sucesor.

Esto no puede más que entristecer no sólo a la gente de Las Condes, sino a la clase política entera, en especial a la oposición que, por enésima vez, demuestra torpeza e improvisación y se encamina, una vez más, a malgastar oportunidades.

Habrá que esperar que las funciones digestivas de la ya difunta generación de políticos termine de hacer lo suyo para poder comenzar a ver el brote de nuevos liderazgos.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y académico UANDES.

 

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO