La derecha ha caído en un irredento estatismo ahora cuando más se necesita libertad. Como contraparte nace el liberalismo, pensamiento que busca la emancipación de la ciudadanía del flagelo del poder tanto en el plano económico como el moral.
Publicado el 06.09.2015
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El pasado viernes 28 de agosto tuvo lugar un ansiado encuentro entre think tanks y partidos políticos de la centroderecha. Cualquiera que haya escuchado las alocuciones de sus personeros pudo haberse dado cuenta del profundo y —probablemente— genuino interés de esas organizaciones de encontrar algo que pueda aportarle contenido a su discurso y lograr convencer a la ciudadanía.

Lo primero que intentaron los invitados fue encontrar una teoría de la justicia específica que otorgue forma y justificación a su propuesta electoral. Pero, demostrando su instintiva propensión a calcar lo que tienen en frente en el arco ideológico, no se les ocurrió una mejor idea a sus intelectuales y políticos que tomar prestada la teoría de la justicia de la izquierda y le pusieron por nombre «igualdad de oportunidades». Haciendo gala de diversos apellidos de intelectuales que están adscritos al liberalismo (interpretándolos de manera burda e irreflexiva), se dedicaron a demostrar que están cayendo en la típica deriva estatista de los conservadores en la historia.

Según los invitados, la igualdad de oportunidades implica la intervención del Estado (sí, usaron la palabra «intervención») en aquellos lugares donde el mercado «falla». La igualdad de oportunidades se daría, según ellos, cuando el Estado asegurara la nivelación de la cancha. Lo que ellos proponen con su teoría de la justicia no es otra cosa que la intervención del Estado en la economía, exaltándolo a un nivel donde pareciera no tener fallas y pudiera diseñar una sociedad en «igualdad de oportunidades».

Por otro lado, es casi patológico su interés en hablar sobre lo que están de acuerdo —ya lo dijimos, el estatismo en lo económico— y no hablar sobre aquello en lo que discrepan entre sí. Desde otra perspectiva, la derecha está cayendo en otra deriva: el estatismo moral. Pretenden utilizar el Estado para promover un modo de vida único basado en las «buenas costumbres», el «buen gusto», el «sentido común» o el concepto que sea para justificar la imposición de normas morales en el resto de los ciudadanos, olvidando la dignidad de la persona de decidir el proyecto de vida que mejor se adapte a sus propias preferencias.

La derecha ha caído en un irredento estatismo ahora cuando más se necesita libertad. Como contraparte nace el liberalismo, pensamiento que busca la emancipación de la ciudadanía del flagelo del poder tanto en el plano económico como el moral. Esto no significa la desaparición de todo tipo de normas; todo lo contrario, supone el respeto irrestricto al surgimiento de normas espontáneas que reflejen de manera íntegra los intereses y necesidades de la ciudadanía.

Al final, no debemos sorprendernos. Así es el conservadurismo: estatista, pero a su manera.

 

Jean Masoliver Aguirre, Cientista político, Investigador Fundación para el Progreso.