A nuestra sociedad le cuesta asumir el cambio demográfico que estamos sufriendo. Envejecer, más que significar un descanso luego de toda una vida dedicada al trabajo y a la formación de una familia, en muchos casos constituye una situación problemática tanto para el adulto mayor como para su entorno.
Publicado el 18.05.2017
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La realidad del cambio demográfico es algo que ya para nadie es ajeno. Nuestra población ha envejecido y hoy ya son 2,9 millones de adultos mayores en el país, grupo que, producto de la baja tasa de natalidad y el aumento de la esperanza de vida, irá creciendo con consecuencias significativas: si hoy existen 5,8 trabajadores activos por cada pensionado, en 2050 la relación será de 2,2 trabajadores por pensionado. Como vemos, la cuestión no es trivial.

A pesar de esto, a nuestra sociedad le cuesta asumir el cambio demográfico que estamos sufriendo. Envejecer, más que significar un descanso luego de toda una vida dedicada al trabajo y a la formación de una familia, en muchos casos constituye una situación problemática tanto para el adulto mayor como para su entorno: la conciencia de un progresivo deterioro físico y cognitivo a medida que pasan los años; la sensación de que pareciera ya haberse agotado el tiempo de su desarrollo personal y social; y el cambio de rol dentro de la familia y la sociedad, son factores que afectan profundamente a quienes están entrando a vivir —y viviendo— la vejez.

Según la cuarta encuesta nacional de inclusión social de las personas mayores en Chile (2015), el 75,8% de los chilenos mayores de 18 años declara no estar preparado para el envejecimiento poblacional y un 67,8% declara no estarlo incluso para el propio envejecimiento. En este sentido, es relevante considerar cómo nos estamos haciendo cargo de una nueva realidad: los jóvenes entran cada vez más tarde a trabajar debido a que aumentan los años de estudios superiores —afectando la pensión que puedan tener a futuro—; el considerable número de jóvenes “ninis” que existen actualmente en Chile; y la reducción del grupo familiar, lo que significará que en el futuro serán menos las posibilidades de apoyo y cuidado que tenga el adulto mayor.

La preparación para la vejez es crucial a la hora de establecer medidas preventivas, tanto desde las políticas públicas como de una responsabilidad personal en cuanto al estilo de vida que llevamos, la salud, situación económica, etc., pues, en definitiva, determinarán la capacidad de atender de manera temprana y preventiva las progresivas carencias que los adultos mayores experimentarán en cuanto a  pérdida de funcionalidad y de autovalencia, así como la alta vulnerabilidad socioeconómica.

Por esto, es necesario avanzar hacia medidas preventivas en salud y cuidado, como fortalecer el programa “Elige vivir sano” —u otro similar—, que promueva buenos hábitos de vida, junto con políticas de educación y alfabetización. De acuerdo a la última encuesta “Chile y sus Mayores” (UC y Caja Los Andes 2016), las personas de la tercera edad que han tenido una mayor educación tienden a vivir de mejor manera la vejez: tienen mayor participación social, mayor motivación a trabajar y se aíslan menos; además de que una menor educación se asocia también a mayores niveles de pobreza y, por tanto, vulnerabilidad. Hay que promover también el trabajo en los adultos mayores, flexibilizando su jornada laboral —por ejemplo— , para que puedan seguir activos dentro de nuestra sociedad.

Todavía estamos a tiempo —aunque ya nos pisa los talones— de hacernos cargo del desafío del cambio demográfico, para que la vejez no signifique más ser una carga ni una preocupación, sino que bajo una mirada de la justicia intergeneracional y solidaridad, podamos adaptarnos a las necesidades de nuestra sociedad, de manera que una vez jubilados podamos no simplemente seguir viviendo, sino que seguir viviendo bien.

 

Magdalena Vergara, directora de Estudios de IdeaPaís

 

 

FOTO: MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO