En la política chilena actual abundan los monigotes, que son instalados por los partidos políticos básicamente por algún atributo, como ser conocidos o tener una buena locución. Al carecer de ideas estos personajes, los partidos los nutren de un contenido discursivo basado en consignas vacías y populistas para ganar adeptos mediante apelaciones esencialmente emocionales.
Publicado el 13.05.2017
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En los tiempos de elecciones presidenciales surgen dos tipos de candidatos. Por un lado están aquellos que poseen liderazgo, tienen una visión de futuro, son capaces de instalar y exponer sus ideas con convicción y claridad en la contingencia nacional, con un mensaje que hace a los partidos políticos cerrar filas tras él, además de despertar el entusiasmo del electorado sin caer en la politiquería y la demagogia. Por otro lado, están quienes no poseen discurso ni ideas propias, sino que más bien son manipulados por los partidos políticos y los grupos de presión más vociferantes que buscan imponer sus intereses a los demás. A los primeros los podemos llamar “estadistas” y a los últimos “monigotes”.

Un ejemplo de estadista fue Ludwig Erhard, quien se desempeñó como director general de Economía en la Alemania Occidental tras la II Guerra Mundial. A pesar de los conflictos internos y un ambiente político hostil, Erhard ejerció su liderazgo y convenció a los partidos políticos y a la opinión pública sobre la necesidad de cambiar de rumbo. Fue capaz de transmitir la importancia de la iniciativa individual como motor de cambio, responsabilidad social y progreso, bajo la frase “El grito no debe ser: ¡Estado, ven en mi ayuda, protégeme, asísteme! Sino: No te metas tú, Estado, en mis asuntos; dame tanta libertad y déjame tanta parte del fruto de mi trabajo que pueda yo mismo organizar mi existencia, mi destino y el de mi familia”. La experiencia bajo el socialismo nazi, con estrictos controles de precios, alta inflación y cerca de un 25% de la fuerza laboral como mano de obra esclava, le indicaban que el estatismo no era la vía para sacar adelante a una alicaída Alemania.

En contraste, en la política chilena actual abundan los monigotes, que son instalados por los partidos políticos básicamente por algún atributo, como ser conocidos o tener una buena locución. Al carecer de ideas estos personajes, los partidos los nutren de un contenido discursivo basado en consignas vacías y populistas para ganar adeptos mediante apelaciones esencialmente emocionales.

¿Por qué sería perjudicial que gobierne un monigote en Chile?

Al analizar los problemas de la gestión pública, el Premio Nobel de Economía James Buchanan decía que, en general, los ciudadanos no ponen atención en detalle a los pros y contras de las políticas públicas que ofrecen los diversos grupos políticos. Esto hace que, en su afán por ganarse el apoyo de los votantes actuales, los candidatos orienten sus esfuerzos al corto plazo, promoviendo un uso ineficiente de los recursos públicos y generando, además, una creciente falta de conexión entre el voto y la política que finalmente se lleva a cabo. Si sumamos la noción del monigote al análisis de Buchanan, el problema claramente se acentúa con el predominio de candidatos sin ideas ni contenidos, que exacerban esta tendencia y hacen desaparecer el nexo entre decisión y responsabilidad política y económica, lo cual impide que las determinaciones adoptadas sean las más adecuadas para el bien común.

Nuestro país enfrenta un destino incierto con múltiples candidatos, para todos los gustos, que salen a la palestra con la intención de instalar diferentes “diagnósticos” y “soluciones”. Vale la pena tomarse un tiempo y preguntarse dónde está el monigote. Pero sobre todo, ¿dónde están los estadistas?

 

Víctor Espinosa, asistente de investigación Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO