La cuestión es que el nuevo gobierno del PP no puede ser igual que el anterior. Requiere sabiduría y humildad para reconocer que desde ahora será una administración de minoría, y que eso tiene consecuencias; necesita de capacidad de diálogo y búsqueda de acuerdos que beneficien a España; también inteligencia y desprendimiento para comprender que es necesaria una renovación generacional, porque si se quiere conservar hay que saber cambiar, pero a tiempo, como decía Lord Acton.
Publicado el 05.11.2016
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Finalmente, y después de casi un año desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015, España tiene un gobierno ratificado por el Congreso de los Diputados. Con esto se acabó el “Gobierno en funciones”, es decir, la administración interina que debía existir mientras no se resolviera una fórmula definitiva. Lamentablemente quedan muchos daños en el camino.

El primer gran perdedor del proceso es España. Es muy difícil comprender la incapacidad para formar gobierno que se extendió durante meses, con una desidia que muchas veces irritaba a los electores, a los medios, e incluso a los dirigentes del país, así como preocupaba al mundo empresarial y la comunidad internacional. Por otra parte, es posible apreciar una debilidad institucional que deberá ser examinada en el nuevo escenario pluripartidista. Por ejemplo, una alternativa viable podría ser que si ningún partido obtiene la mayoría absoluta en las elecciones, deberá elegir el Congreso entre los partidos o candidatos que hubieran obtenido las dos primeras mayorías relativas. Se trata de una fórmula democrática, ciertamente imperfecta, pero que evita la primacía de las obsesiones de algunos dirigentes y facilita la solución institucional en tiempos de crisis o indefinición.

El segundo perdedor es el bipartidismo, que probablemente ya no volverá en España. La gobernabilidad asegurada durante décadas por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP) terminó con la última legislatura de Mariano Rajoy. Dicho bipartidismo era un sistema estable, que se había convertido en costumbre, permitía alternancia en el poder y observaba un compromiso democrático claro, pero que hoy es parte del pasado. Las nuevas agrupaciones surgidas en los últimos años -Ciudadanos y Podemos- han tenido dos procesos electorales en todo el territorio español, tienen muchos partidarios y han sido factores importantes en la nueva situación política. En principio, llegaron para quedarse.

El tercer damnificado de esta elección es el PSOE, que gobernó con Felipe González y con José Luis Rodríguez Zapatero, y que hoy vive una crisis de identidad, de liderazgos y de doctrina, a todo lo cual se suman aspectos de división interna y una relevancia política decreciente. Esto se debe, con seguridad, a los recuerdos del último gobierno socialista y su contradictoria dirección durante la crisis económica, pero también se ha visto afectado en los últimos meses por la conducción errática de Pedro Sánchez como líder del PSOE. Quizá estiró la cuerda más de lo que correspondía, y la legítima ambición de llegar a gobernar se vio exacerbada y resultaba contradictoria con los hechos y la voz de las urnas, que mostraban que los socialistas obtuvieron resultados malos tanto en diciembre como (incluso peores) en junio. Los peores desde la transición.

También en este proceso que ha vivido España ha habido personas y grupos que experimentaron situaciones ambivalentes, con éxitos y fracasos a la vez. Tal es el caso de Podemos, el partido liderado por un carismático Pablo Iglesias, que logró ubicarse como un factor relevante -pero no decisivo- tanto en la discusión pública como en la posibilidad de ser factor crucial en la discusión públicaen la política. En esto se suman aspectos como la renovación generacional de la política española, la introducción de un discurso y un estilo nuevo, la capacidad para alterar el tablero y el debate de ideas, el gobierno efectivo en algunos lugares de España. Sin embargo, pese a estos logros, la posición de Podemos también ha tenido fracasos visibles. El primero es no haber tenido capacidad para superar al PSOE, en circunstancias que había anunciado el sorpasso para la elección del 2015: si en esa ocasión no lo obtuvo, parecía cosa de tiempo y de contar los votos para saber que el 26 de junio se cumpliría ese anhelo, pero tampoco resultó. Lo segundo se refiere a las propias contradicciones internas, muy claras para rechazar el gobierno del PP y a “la casta”, pero menos precisas o excesivamente intransigentes a la hora de construir una alternativa política. Se habla mucho de las divisiones internas -entre pablistas y errejonistas-, pero es muy probable que esto sea parte del aprendizaje político, y que se decantará con el paso del tiempo, aunque es imposible saber todavía en qué dirección lo hará.

El Partido Popular también ha vivido un tiempo de dulce y de agraz. A pesar de la dureza de la crisis económica, el gobierno logró salir adelante, pero con un costo electoral alto, en el cual también se advertía el rechazo a la corrupción. Sin embargo, después del 20 de diciembre de 2015, el partido más beneficiado ha sido precisamente el Popular, que obtuvo un resultado mejor el 26 de junio de este 2016, mientras las demás agrupaciones acusaban bajas importantes. Con ello se ratificaba la política y el “estilo” Rajoy, el gran ganador de esa jornada y llamado naturalmente a gobernar, pese a las movidas en su contra.

La cuestión es que el nuevo gobierno del PP no puede ser igual que el anterior. Requiere sabiduría y humildad para reconocer que desde ahora será una administración de minoría, y que eso tiene consecuencias; necesita de capacidad de diálogo y búsqueda de acuerdos que beneficien a España; también inteligencia y desprendimiento para comprender que es necesaria una renovación generacional, porque si se quiere conservar hay que saber cambiar, pero a tiempo, como decía Lord Acton. Por otra parte, necesita de sentido histórico, para asumir algunas tareas pendientes, como la reforma al sistema de pensiones o la modernización de la economía en aquellos aspectos anquilosados y que perjudican el dinamismo necesario. Finalmente, el liderazgo de Mariano Rajoy debe ser capaz de mirar la nueva etapa sin resentimientos por los ataques sufridos en la campaña, sino con la grandeza de quien sabe que gobernar no sólo es un arte, sino también una gran responsabilidad para servir a España.

 

Columna de Alejandro San Francisco, historiador, publicada en El Imparcial de España

 

 

Foto: PABLO OVALLE/AGENCIA UNO