Superar mediante la ficción y sólo levemente la agobiante realidad delincuencial del Chile de hoy lleva a pintar un Chile de horror.
Publicado el 28.07.2015
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A menudo lectores me preguntan cuándo voy a publicar una nueva novela del detective privado Cayetano Brulé. En verdad, no lo sé. No es fácil hacerlo hoy en Chile por la sencilla razón de que la realidad está superando con creces a la ficción en materia de delincuencia y escándalos políticos. A pesar de lo que se cree, las novelas policiales tienen una dependencia con la realidad que no pueden descuidar, y lectores atentos a la plausibilidad de sus tramas y la verosimilitud de lo que se narra. Para decirle de forma simple: en la policial no hay espacio para el realismo mágico o lo real maravilloso, sus lectores son realistas irreductibles.

La novela policial se nutre de la realidad delincuencial de un país, pero no la refleja, como sí lo hace el periodismo. Se alimenta de esa realidad pero en sus narraciones va un poco más allá, recreándola, gracias a la ficción. Pensemos, por ejemplo, en Edgar Allan Poe, el poeta estadounidense creador del género en el siglo XIX y padre del investigador C. Auguste Dupin. Gracias a su espíritu observador y lógica, Dupin esclarece los casos. Los crímenes de los que habla Poe son de la época, pero la extrema capacidad deductiva de Dupin es artificiosa y está siempre a punto de convertirse en inverosímil.

Tanto Miss Marple como Hércules Poirot, de Agatha Christie, vivieron bajo la misma tensión y deben su fama a una lógica que está siempre a un tris de escaparse de lo verosímil. La influencia de escritores policiales como Dashiell Hammett y Raymond Chandler estriba en que pintan un panorama realista de Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX y ponen a sus investigadores en situaciones arduas, pero creíbles, cuya misión justiciera tiene sentido. ¿Qué decir de un autor como el español Manuel Vásquez Montalbán, el mexicano Elmer Mendoza o el colombiano Mario Mendoza? Sus novelas se mueven dentro de situaciones complejas, pero asumidas por sus respectivos países. Se trata de una tradición ya consolidada.

¿Cómo enfrentar como novelista policial la fluida realidad delincuencial del Chile de hoy? ¿Tiene dignidad un detective de ficción que, tras detener a un criminal, ve con impotencia cómo al poco rato éste sale de la cárcel? ¿Qué papel le queda jugar a un justiciero privado cuando vemos que a menudo Carabineros y delincuentes salen al mismo tiempo de tribunales? ¿Cuál sería el rol de un detective privado en una sociedad donde pocos respetan al carabinero y al detective oficial?

En la novela El alemán de Atacama aparece un parlamentario, asesinado por sus vínculos con la corrupción. La novela es de 1996, cuando era difícil imaginar a un político chileno involucrado en tráfico de influencias, y por ello me pareció que había ido demasiado lejos. En Cita en el Azul Profundo, también publicada en los noventa, aparecen operativos de izquierda que colaboran con agentes de la ex dictadura. Habían sido reclutados mediante el chantaje. Algunos me dijeron que no era verosímil e insultaba a la izquierda. Supongo que si hubiese escrito entonces una novela en que fundaciones, políticos y funcionarios de izquierda fuesen financiados con fondos de personas cercanas a Pinochet, más de algún izquierdista se hubiese querellado en contra mía. Hoy, sin embargo, eso es un dato más de la situación: políticos de izquierda que hicieron del anti-pinochetismo su fe pública, pasaron por años el sombrero bajo la mesa ante quienes decían odiar y despreciar.

Es difícil escribir hoy una novela policial en Chile que se nutra de la realidad y la sobrepase sin perder realismo. ¿Cómo se hace sin caer en el sensacionalismo? Hasta hace poco eran impensables en Chile asaltos a residencias a mano armada, con muertos y mujeres violadas; el despojo de un auto en la vía pública a punta de pistolas, el despojo masivo de carteras y joyas a comensales en restaurantes, los asaltos a bencineras y tiendas. ¿Y el fracaso del estado de derecho en la Araucanía? ¿Cuál es el próximo nivel que un novelista policial puede agregar a estas circunstancias sin perder realismo ni caer en el alarmismo? ¿Es responsable o no imaginar combates entre grupos de delincuentes y unidades policiales? ¿La aparición de “barrios liberados” por el narcotráfico? ¿El control de territorios por bandas armadas, grupos políticos y narcos? ¿El secuestro como recurso de mafias para recolectar fondos? ¿La aparición de guardaespaldas privados para todo el que tenga algún grado de notoriedad o poder, como en México o Centroamérica? ¿La salida de los cuarteles del ejército para reprimir la violencia?

Estamos en el tipping point de la delincuencia en Chile. Un momento en que tal vez podamos volver a ser el país más seguro de la región, o en que, con un empujoncito más, nos convirtamos en otro país, en uno que -como lo demuestra la experiencia latinoamericana- cae en una situación extrema de la cual se sale – si es que se sale- al cabo de decenios y a costa de mucha sangre. Por lo mismo, es un momento complejo para un escritor policial. Superar mediante la ficción y sólo levemente la agobiante realidad delincuencial del Chile de hoy lleva a pintar un Chile de horror.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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