Cuando discutamos de estándares morales reconozcamos también nuestra propia hipocresía. Hay que partir por nuestras propias casas. Nuestros colegios, nuestras calles y nuestros hospitales. Nuestro gobierno y nuestro parlamento.
Publicado el 18.11.2015
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En los últimos años hemos sido testigos de una serie de escándalos empresariales. Colusión, abuso y contabilidad adulterada han generado la indignación de la opinión pública. Se exigen compensaciones a las víctimas y todos se preguntan, mirando al cielo, ¿qué pasa con los valores y la ética de los empresarios?

Como es natural, también surgen algunos voces oportunistas que aprovechan de atacar “el modelo”. Aquel donde, según ellos, inocentes ciudadanos son sistemáticamente abusados por los capitalistas.

Que no quepa duda. La conducta de algunos empresarios ha sido reprochable y si cometieron delitos deberán pagar las penas correspondientes. También resulta incuestionable que la vara con que se miden los líderes debe ser más estricta que la usada con el resto del mundo. Éstos reciben un voto de confianza para administrar recursos y dirigir personas. Aunque no estén conscientes, son vistos como modelos a imitar y su visibilidad exige un mayor grado de responsabilidad.

Sin embargo, en los momentos en que se debate sobre ética y moral es necesario revisar también el estándar moral que usamos con nosotros mismos. Partamos por reconocer que, en realidad, el estándar no es muy alto.

Ya desde nuestra infancia, en el colegio donde nos formamos, la copia es tolerada y a veces celebrada. Probablemente un profesor sancionará a quien pille en la falta, pero no recibirá la misma sanción moral de sus compañeros. En inglés a “la copia” se le dice “hacer trampas”, pero para nosotros es más cómodo usar eufemismos. De la misma forma, la reprochable conducta del jugador de la selección que causó la expulsión de su rival no fue trampa. Fue “picardía criolla”.

Para buena parte de nosotros, las leyes se respetan, pero dependiendo de la hora, el lugar y la posibilidad de ser pillados. Hasta contamos con aplicaciones en el celular para evadir los controles policiales en calles y carreteras.

Si hablamos de la propiedad intelectual, Chile está entre los peores infractores a nivel mundial. Más del 90% de la música y del 70% del software son “pirateados”. No suena tan mal como robados.

Según diferentes estudios, una de cada tres licencias médicas es falsa. Lumbagos, depresiones o reflujos imaginarios cuestan al país más de trescientos millones de dólares al año. Esto también significa que las empresas cuentan con menos trabajadores de los que tienen contratados. La “picardía” de médicos y pacientes se traduce en niveles de absentismo un 30% superiores al resto de la OCDE.

Cada semana millones de viajes en el Transantiago se hacen sin pagar. Viajamos incómodos, pero nos ahorramos cuatrocientos millones de dólares el año en “evasión”. Otro eufemismo para el robo.

Cuando discutamos de estándares morales reconozcamos también nuestra propia hipocresía. Hay que partir por nuestras propias casas. Nuestros colegios, nuestras calles y nuestros hospitales. Nuestro gobierno y nuestro parlamento.

“Mal de muchos..”, dirán algunos, pero al final del día será difícil exigir a las empresas mucho más de lo que estamos dispuestos a exigirnos a nosotros mismos.

 

Alfredo Enrione, ESE Business School – Universidad de los Andes.