¿Qué pasa con esas mujeres, “las otras”, aquellas que, teniendo las mismas experiencias que las feministas denuncian y el gobierno reconoce como injustas, se resisten al etiquetado y no buscan sacar provecho de las circunstancias?
Publicado el 07.06.2018
Comparte:

Si una chilena hubiese viajado a la selva amazónica por dos meses y volviera a nuestro país esta semana, no entendería nada. Seguro se preguntaría: ¿Qué sucedió? ¿Cómo es que de pronto miles de mujeres salen a las calles exigiendo el fin de abusos, de la educación sexista y del patriarcado capitalista? ¿Cuál es la validez de sus reclamos? Y, lo más difícil, ¿qué posición personal tomar frente a este nuevo escenario?

Un prestigioso académico dijo en una entrevista que la reacción del hombre promedio frente al movimiento feminista es de desconcierto. Pero nadie se está preguntando qué pasa con esas mujeres, “las otras”. Me refiero a aquellas que, teniendo las mismas experiencias que las feministas denuncian y el gobierno reconoce como injustas, se resisten al etiquetado y no buscan sacar provecho de las circunstancias. Según un juez de la República, ellas son la mayoría. De ahí que convenga preguntarse: ¿Por qué esas mujeres se resisten a ser etiquetadas de feministas? ¿Están en contra de la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Prefieren que sus méritos no pesen a la hora de postular a un trabajo? ¿Están de acuerdo con el acoso sexual en las universidades y otros establecimientos? ¿Les gusta el trato desigual, ganar menos que un hombre por el mismo trabajo o que se les enseñe a sus hijas que sólo pueden aspirar a ciertos roles previamente asignados por la cultura patriarcal?

Una encuesta realizada por Ipsos en 24 países durante el período enero- febrero de 2017 muestra que mientras el 59%  declara compartir el ideal de la igualdad de género, sólo el 21% se define como feminista.

A todos los interrogantes cabe la misma respuesta: no. Y con esa negativa se derrumba la gran falacia en que han incurrido los medios chilenos y las feministas. Fíjese que no es necesario ponerse la etiqueta de feminista para estar de acuerdo con la igualdad de género. Así lo confirman diversas encuestas a nivel mundial, como una realizada por Ipsos en 24 países durante el período enero- febrero de 2017. Los resultados nos muestran que mientras el 59% de los encuestados declara compartir el ideal de la igualdad de género, sólo el 21% se define como feminista. En otras palabras, independientemente de que las feministas afirmen que la igualdad de género es “su” causa, las personas por algún motivo se distancian de la etiqueta, aunque abracen parte de sus propuestas y diagnóstico. Veamos cuáles pueden ser algunas de las razones que explican dicho distanciamiento.

Una podría imaginar fácilmente que ese 59% de los encuestados -entre los cuales se encontrarían esas “las otras”- podría no estar de acuerdo con la praxis política feminista. Puesto que a pesar de que en el papel se habla de una defensa de la igualdad, los medios para conseguirla se fundan en la exacerbación del antagonismo entre hombres y mujeres. Éste ha llegado a radicalizarse al punto que las propias feministas tuvieron que inventar una nueva etiqueta, las hembristas. Ello con el fin de distinguirse y no verse fagocitadas en una red de violencia cuya cara más visible es la ley mordaza que las feministas imponen en todos los actos públicos a quienes piensen distinto. ¿Estarán de acuerdo las nuevas feministas, las no-radicales, no-hembristas, no-anarcofeministas, con la supresión del derecho a la libertad de expresión y la radicalización de los antagonismos entre las mujeres y los hombres?

Un segundo motivo que podría explicar el distanciamiento respecto al feminismo se manifiesta a partir de la exigencia que impone a la adhesión de ideas y concepciones políticas con las que las personas no comulgan. Por ejemplo, cuando la demanda por la igualdad de oportunidades y reconocimientos según los méritos se mezcla con un discurso anticapitalista y antiliberal. Alguien dirá que ese es el “feminismo profundo”, pero a mí me parece que no, que como ya han escrito algunas de sus pensadoras, su visión se resume en que la estructura patriarcal está necesariamente enquistada en el capitalismo liberal que conserva para los hombres una posición de privilegio mientras relega a las mujeres a tareas irrelevantes. De ahí que, a juicio de ellas, sea necesario acabar con el capitalismo. Y ya sabemos que donde no hay mercado lo que hay es una economía planificada. ¿Estarán de acuerdo las nuevas feministas con que repliquemos en nuestro país la fracasada experiencia de los países socialistas? (Que tiene costos altísimos para las vidas humanas. Tenemos un ejemplo bastante cerca: en Venezuela hoy, gracias a la destrucción del mercado, hay trecientos mil niños que están muriendo de hambre.)

A esas mujeres, “las otras”, no les gusta que las “pobreteen” porque confían en sus capacidades, enfrentan la adversidad a rostro descubierto, sienten orgullo por ser capaces de sostener a sus familias y fundan en ello no sólo el amor a sí mismas, sino también su dignidad.

Un tercer aspecto que podría explicar que las grandes mayorías no se identifiquen con el feminismo a pesar de declararse a favor de la igualdad de género, lo encontramos en el plano moral que, curiosamente, las feministas no han desmontado en su crítica a la cultura. Me refiero a que ellas adhieren a una escala de valores de orígenes cristianos según la cual la víctima es santificada, de lo que se sigue que merece se satisfagan todas sus demandas. Aquí es donde esas mujeres, “las otras”, probablemente sientan menor identificación con el movimiento. Y es que a ellas no les gusta que las “pobreteen” porque confían en sus capacidades, enfrentan la adversidad a rostro descubierto, sienten orgullo por ser capaces de sostener a sus familias y fundan en ello no sólo el amor a sí mismas, sino también su dignidad. Para esas mujeres reconocerse como víctimas cuyas vidas han sido truncadas por el machismo es pedirles demasiado. Las jóvenes de hoy lo pueden hacer porque su tiempo pasado es breve y confían en estar construyendo un futuro mejor. Pero a esas “las otras” no se les puede pedir que se despojen del valor que ellas se han conferido a sí mismas. Hemos llegado a un aspecto medular de la resistencia a la etiqueta feminista: la concepción que cada mujer tiene de sí misma y el lugar que ella se otorga, con independencia de las difíciles condiciones que le impone la sociedad.

Finalmente, se torna necesario revisar si con el movimiento feminista esas mujeres “las otras” están mejor o peor situadas que antes. Como tantas cosas en la vida, la respuesta tiene luces y sombras. La “Agenda Mujer” constituye un tremendo avance. Empareja la cancha en el costo de la salud y la administración del patrimonio en la sociedad conyugal, castiga el acoso en las universidades, otorga cobertura de sala de cuna universal, por mencionar algunas de las luces. Sin embargo, entre las sombras, emerge el costo que se vive día a día a raíz de la microviolencia feminista que se despliega furibunda dividiendo el espectro femenino entre buenas y malas. Las buenas, naturalmente, llevan la etiqueta; las malas, por resistirse son tildadas de machistas, excluidas de los diálogos, acusadas de ignorantes y en su grado extremo, hasta leí que una mujer que no acepta el etiquetado es “biológicamente contradictoria”.

Fue en esa nueva etiqueta donde encontré la respuesta a por qué una filósofa como Hannah Arendt no comulgó con el feminismo. Y es que, como bien nos muestra en su estudio de la mentalidad de Adolf Eichmann, cerebro de la Solución Final, el uso de etiquetas, estereotipos y lugares comunes sirve para borrar la singularidad propia de cada persona en la que se funda su condición de única e irrepetible y, por tanto, irreemplazable. Una vez que dicha singularidad ha sido borrada, sólo queda identificar a esa persona como una enemiga, una marginada, esa que -en términos del feminismo- trae en su propio cuerpo una irremediable contradicción. ¿Están de acuerdo las nuevas feministas con que del mero hecho de no aceptar una etiqueta se siga el desprecio y ostracismo de una persona? ¿No es ésta una forma de suprimir la libertad que dicen querer distribuir por igual?

Parece que se torna necesario un estudio más profundo de las fuerzas psíquicas en que se sustenta cierto feminismo… Y frente a los beneficios que pueda traer sólo queda decir con Rousseau que no hay compensación posible para el que renuncia a la libertad, puesto que ha renunciado a todo y se ha despojado de su ser moral. Esto ya lo saben en el resto del mundo. Cabe preguntarse cuándo nos enteraremos acá, en Chile, que estar de acuerdo con la igualdad de oportunidades y trato entre hombres y mujeres de igual mérito en el mundo laboral y público no puede comportar una pérdida de libertad en nuestras opciones políticas, preferencias morales o en la concepción que tenemos de nosotras mismas.

Vanessa Kaiserdirectora de la Cátedra Hannah Arendt, Universidad Autónoma de Chile

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO