Ciertamente, no todos los problemas se resuelven aplicando solo criterios económicos. Pero también es cierto que no hay proyecto político viable y serio sin un adecuado sustento económico. Cualquier iniciativa que no incorpore esa realidad comprobada, está destinada al fracaso.
Publicado el 27.01.2017
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Ha transcurrido ya un cuarto de siglo desde que James Carville, estratega de la primera campaña presidencial de Bill Clinton, acuñara el lema (“La economía, estúpido”), lo que dio la clave para  derrotar al Presidente en ejercicio, George H. Bush, a quien las encuestas daban un inédito 90 % de aprobación popular. El resultado de la elección demostró cuánta razón tuvo Carville en relevar la importancia de un factor cuya vigencia trasciende las fronteras del tiempo y el espacio.

Un análisis somero de los principales temas en la agenda internacional nos conduce a la conclusión de que la mayoría de ellos se originaron en situaciones de carácter económico, tanto desde la mirada positiva, como han sido los esfuerzos de integración exitosos, como desde la perspectiva opuesta, cuando por causa de resultados económicos no deseados se producen los desencuentros y las tensiones. Las grandes depresiones, las crisis financieras, las hambrunas, son situaciones que pavimentaron el camino de guerras, grandes oleadas migratorias y el reacomodo de las relaciones de poder en el escenario geopolítico mundial. Es como para reflexionar sobre las consecuencias que tiene tomar o no en consideración a la economía como factor relevante de las decisiones políticas.

Existiendo tantos ejemplos a nivel mundial, la pregunta que surge es si acaso hemos sacado lecciones de ellos para adoptar medidas racionales a nuestra propia realidad. ¡Cuántos problemas nos hubiéramos ahorrado si, por ejemplo, los “gurúes” que inventaron la “pre-  campaña”, la candidatura y el programa de la Nueva Mayoría, hubiesen aprendido los fundamentos básicos del funcionamiento de la economía y el comportamiento previsible de los agentes económicos! Por el contrario, optaron por ignorar todo eso, partir del falso supuesto de que Chile ya había resuelto el problema del crecimiento y era el momento de resolver el de “la desigualdad”. El “ciudadano empoderado” nunca conoció los detalles de un “programa” que ni los dirigentes de la coalición gobernante leyeron, según propia confesión. Cuánto mal se pudo haber evitado si hubiesen seguido el consejo de Carville.

Pensando en las elecciones que se avecinan, le importará a la “ciudadanía empoderada” esta vez formarse por lo menos una idea vaga de qué piensan hacer los candidatos con la economía y, más importante aún, cómo piensan hacer lo que se proponen y cómo financiarán las “promesas de campaña”.

Muchos de los temas que se presentan bajo otra apariencia o denominación no son más que la manifestación de un resultado económico. Veamos algunos ejemplos: la inmigración, asunto que pasó desde ser invisible a prioritario, provocando incluso el estudio urgente de una nueva legislación. Pues bien, el fenómeno migratorio no es más que la distancia que media entre el desarrollo económico “alcanzado” por Chile (antes de la llegada de la retroexcavadora) y la situación económica del país de origen de cada inmigrante. ¡Es la economía, estúpido!

Y en otra área crucial en la prioridad ciudadana, ¿cuál es el origen de la falta de hospitales para la salud pública, si no es un mal manejo y distribución de los recursos disponibles? Nuevamente, “es la economía, estúpido!”

Volviendo la mirada a los acontecimientos internacionales que marcaron hitos, ¿por qué razón fracasaron los “socialismos reales”? Nuevamente, no por falta de un proyecto político atractivo para quienes idolatran la igualdad: erradicaron el lucro en todas las actividades, decretaron la gratuidad universal en educación, salud y vivienda, entre otros “derechos sociales”, etc. Pero los iluminados del socialismo no se fijaron en un detalle: la Economía, sin ser una ciencia exacta, es una disciplina que opera sobre principios imposibles de erradicar por acción de la ideología o por decisión de la autoridad. De alguna forma había que financiar el “paraíso socialista” y lo que se demostró, sin excepciones, fue que “la economía socialista” nunca funcionó, transformando el paraíso en un infierno. Al respecto, no deja de llamar la atención constatar cómo una generación de jóvenes políticos en Chile se esfuerza por revivir un modelo económico que no sólo fue superado, sino realmente erradicado, después de haberse convencido de su rotundo fracaso en los centros emblemáticos del socialismo y del comunismo.

Ciertamente, no todos los problemas se resuelven aplicando solo criterios económicos. Pero también es cierto que no hay proyecto político viable y serio sin un adecuado sustento económico. Cualquier iniciativa que no incorpore esa realidad comprobada, está destinada al fracaso.

Cuando el proteccionismo surge como una seria amenaza, por su efecto particularmente nocivo para economías como la nuestra, altamente dependientes de la apertura de mercados, reafirmar el principio de la libertad de comercio será una tarea prioritaria. En consecuencia, en política exterior el lema también será “¡Es la economía, estúpido!”

 

Jorge Canelas, cientista político, director de CEPERI