Creo que las proposiciones de dividir el proyecto obedece más a un intento por no querer enfrentar el título de financiamiento de las universidades: primero porque existen visiones diametralmente opuestas entre los actores y, segundo, porque el Gobierno no tiene los recursos, como lo ha planteado el Ministro de Hacienda.
Publicado el 18.09.2016
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La “gran” reforma de la educación superior enviada por el gobierno al Parlamento ha tenido un gran consenso, que atraviesa transversalmente la sociedad chilena, en todos los ámbitos. No dejó contento a nadie. Todos se oponen, por distintas causas, pero se oponen.

Y es natural que ello ocurra, por cuanto en los dos años y medio de preparación del proyecto, el Ministerio de Educación nunca escuchó realmente a los actores. Se limitaba a asentir en lo que le parecían ideas razonables, a tomar nota de aquellas, a solicitar documentos de análisis de las minutas ministeriales que trascendían con fluidez; pero, al final, empecinadamente, hizo lo que quiso.

Ahí están las consecuencias, un mal proyecto de ley.

Hemos leído en días recientes que la ministra de Educación enviará indicaciones sustitutivas, que enredarán más el complejo panorama. Por otra parte, también se han escuchado voces de algunos de los actores diciendo que una manera de sacar adelante este proyecto sería dividiéndolo en capítulos y aprobándolo por parcialidades, como si estos fueran capítulos de una serie televisiva o fascículos de una revista.

El proyecto consta de un mensaje, que sintetiza la opinión presidencial al proyecto en su conjunto, como un todo; prosigue con la creación de un sistema de educación superior; con la superintendencia de educación superior; con la formación técnico profesional; con el sistema nacional de aseguramiento de la calidad;  con las regulaciones de las instituciones; con un régimen de educación estatal, con el financiamiento y, por último, con las necesarias disposiciones transitorias.

Todo esto, aunque mal logrado, conforma una reforma. Propone, aunque equivocadamente, una visión sistémica de la educación superior.

Las reformas a la educación superior en un país ocurren pocas veces. Esa ha sido la experiencia de Chile. Cada 30 o 40 años. O sea, una reforma de envergadura, sí o sí, no solo debe mirar lo que ocurre en el presente y modificarlo, sino que también tiene la obligación de mirar el futuro, por al menos, el próximo medio siglo. Sin embargo, el proyecto no se ocupa de este aspecto.

Esta es la mirada responsable de los gobernantes, esta es la mirada seria de quien conduce un sector tan importante como es la educación. Sin embargo, ya se escuchan rumores, para que el proyecto sea dividido por capítulos. Dicho planteamiento obedece básicamente a la presión que tiene la autoridad sectorial por aprobar algo, cualquier cosa. Si se cae en dicha tentación, no cabe duda de que será una nueva improvisación, como tantas de la que hemos sido testigos, casi irresponsable. Debemos tener presente que detrás de una reforma a la educación superior existen cientos de miles de jóvenes y familias que ven, en la formación de sus hijos, un futuro mejor.

Necesariamente un análisis del proyecto de ley por partes significará que se pierda completamente la visión de conjunto, que se pierda el objetivo central de una reforma. Cada uno de los títulos del proyecto enviado tiene repercusiones y efectos en los otros, y si esto se pierde realmente saldrá un engendro que, necesariamente, la próxima administración gobernante deberá modificar.

Creo que las proposiciones de dividir el proyecto obedece más a un intento por no querer enfrentar el título de financiamiento de las universidades: primero porque existen visiones diametralmente opuestas entre los actores y, segundo, porque el Gobierno no tiene los recursos, como lo ha planteado el Ministro de Hacienda.

Cualquiera sea la causa, la conclusión es una: el Proyecto de ley es Indivisible.

 

Rubén Covarrubias Giordano, Rector Universidad Mayor.

 

 

 

FOTO: RAÚL ZAMORA/AGENCIAUNO