A menudo me preguntan por qué, después de ser profesor en Estados Unidos y desempeñarme como embajador y ministro de cultura de Chile, me refugié en Olmué con mi mujer.
Publicado el 18.11.2014
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A menudo me preguntan por qué, después de ser profesor en Estados Unidos y desempeñarme como embajador y ministro de cultura de Chile, me refugié en Olmué con mi mujer. Es una buena pregunta. Salí de la polis pero sin olvidarme de ella. La idea de estar infinitamente lejos y cerca a la vez de Santiago, Valparaíso y Viña del Mar, lejos de su gentío, ruido y agresividad, pero a la vez cerca de sus ventajas urbanas, que también las tienen y en abundancia, es compleja de aceptar para un citadino.

A mí, en cambio, me ocurre lo contrario: cuando salgo, temprano por la mañana, bajo el cielo azul, envuelto en el canto de pájaros y la quietud tempranera, a los cerros con espinos y peumos de Olmué, me siento feliz, dueño del mundo, con ganas inmensas de escribir. Pero cuando debo dejar el refugio con destino a Santiago y después de la cuesta de La Dormida me sumerjo en su aire ácido y amarillento, de gente agobiada y apurada, sé que soy un afortunado. Afortunado porque en Olmué tengo al Chile profundo, a vecinos de la vida real, pero al mismo tiempo, gracias a internet y TV por cable, el resto del mundo. No importa dónde estés: siempre estarás comunicado con el planeta como si residieras en Nueva York, Tokio o Berlín.

Soy admirador del gran filósofo griego Epicuro, de Samos, una isla que, por su clima y paisaje interior, se parece a la zona de Olmué, Granizo y la cuesta de La Dormida. Hasta los rebaños de ovejas y cabras que cruzan a veces la carretera que conduce a Til Til, los quioscos que expenden quesos, nueces, almendras y aceitunas, así como la piel tostada de sus habitantes, me recuerdan la isla del sabio. Epicuro nació el año 341 y murió en Atenas, en el 270, a edad avanzada para la época. Es probable que haya vivido mucho (no es, por cierto, mi anhelo) gracias al estilo de vida que practicó.

Epicuro estaba convencido de que se necesitan pocas cosas para ser dichoso: un jardín, nueces, algo de queso, aceitunas y agua fresca, y amigos, no muchos, con los cuales conversar. Mi héroe solía reunir a amigos en la sombra de un jardín, lo que hoy en mi zona es una quinta o parcela, y allí formó una escuela filosófica que lleva su nombre. A ella podían integrarse incluso mujeres (mal visto por los conservadores de la época, y escandaloso a los ojos de muchos). Una furibunda y prolongada campaña en su contra quiso presentarlo como esclavo de los placeres, hedonista extremo. Lo cierto es que en sus escritos el placer es ausencia de dolor, algo esencial en una era en que los recursos de la medicina eran rudimentarios. Para Epicuro había que gozar la existencia, pero con prudencia y racionalidad.

Pero el filósofo (no pretendo dictar cátedra sobre mi sabio) se adelantó a su época también por otras razones: no creía en el destino, es decir, creía en la libertad humana, y en que el ser humano podía decidir sobre su vida. Para él, los dioses se habían olvidado de la gente, y gracias a ello nos rige el azar. Siento que esa parte del hombre de Samos, isla que adoro por sus montes, testimonios arqueológicos y su puerto de Pitagóreon, es una forma suprema de ser ateo sin renegar de él: los dioses existen, pero el detalle es que viven tan inmersos en sus disputas (esto ya suena a política chilena) que se olvidaron de nosotros, los seres terrenales, y por ello hemos quedado abandonados a nuestra suerte, circunstancia que al mismo tiempo nos permite ser libres.

Epicuro criticaba los excesos y sabía de la vida: estaba en contra de renunciar a los placeres de la carne pero también se oponía a terminar siendo dominado por ellos. Sospecho que abogaba por una concupiscencia limitada, sin excesos. Pensaba que había que dar satisfacción a las demandas del espíritu y del cuerpo, porque sólo así se llega a la felicidad, que no es otra cosa que (algo de lo que carecemos en la sociedad moderna) una dosis de equilibrio emocional. Ese estado de bienestar integral lo denominaba ataraxia, una suerte de paz y equilibrio de uno con su cuerpo y el mundo, que permite el control sobre el cuerpo y el espíritu. Para él, la libertad humana y la felicidad dependen de la capacidad de las personas para no desear aquello que está fuera de su alcance, eso que no pueden manejar. Por ello, Epicuro destacaba que la opinión personal sobre las cosas y el mundo nos pertenecen por entero.

Quizás uno de los aspectos más atractivos del filósofo estriba en que estaba convencido de que la única filosofía útil es aquella que contribuye a lograr entender la vida y a alcanzar la felicidad. A los ojos de Epicuro, la filosofía es una praxis que permite acercarse a la felicidad, objetivo que la vincula con las aspiraciones centrales de filosofías del Oriente. Dice alguien por ahí que Occidente perdió en gran medida, después de Marco Aurelio y Séneca, esa visión práctica original de su filosofía y se hundió en siglos de especulación teórica, esquemas y teorías inaplicables a la vida cotidiana, inservibles para la gente como uno, que se contenta con aceitunas, queso, agua fresca, un buen vino, libros, música y algunas amistades.

Cuando camino por las cuestas del valle de Olmué y me cruzo con los cabreros y sus perros y cabras en el sol crepitante de la zona central, y me detengo en algún puesto a comprar aceitunas, nueces o queso, recuerdo que en un paisaje semejante a este nació, creció y pensó el gran Epicuro. Fue, en verdad, un tipo fascinante, de quien se salvaron escasos textos, pero ellos bastan para darnos cuenta que el ser humano no ha cambiado mucho en más de dos mil años y que, en medio del vértigo urbano, los seres humanos desaprovechamos algunas formas de procurar la felicidad.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: FLICKR/MILIODON

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