La mentalidad del futbolista chileno cambió, al menos en esta generación. No decae ante las agresiones del rival y se mantiene firme en todo momento, concentrado y sin miedo a la victoria.
Publicado el 02.07.2016
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Curiosa la condición idiosincrática que no nos ha permitido mantener un desarrollo sostenido, sino más bien un desarrollo interrumpido constantemente por catástrofes naturales o conflictos políticos. Esto, según algunos historiadores, no nos ha permitido tener una mentalidad a largo plazo, sino que una racionalidad que solo resuelve lo inmediato, lo de corto plazo. Más aún, pareciera extrañarse inconscientemente el derrumbe de la situación del momento, como si todo estuviera demasiado bien de momento a la espera de que algo pase y trunque nuevamente nuestros sueños.

Esto ha generado una mentalidad, diríamos, autoinmune, que se autoboicotea en momentos de éxito por desconfiar de los momentos positivos, porque le parecen extraños y distantes, y ante lo desconocido e incomprensible actuamos normalmente de forma hostil.

No me cabe duda que la selección de fútbol de 1987 debería haber ganado esa Copa América y podría haber clasificado al mundial de Italia 1990. Sin embargo, sus integrantes optaron por crear la farsa más grande en la historia del fútbol, con Roberto Rojas sangrando en la cancha del Maracaná. Una historia tan repetida, el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, como la casi constante decadencia en los últimos minutos de cada partido, y la destrucción de lo construido, como el fuerte declive después de Francia ’98 y la medalla de bronce en Sídney 2000.

Sin embargo, a finales de los 80 y principios de los 90, Chile logró un acuerdo político transversal, para luego abrazarse como un solo país apoyando la obtención de la Copa Libertadores de 1991 de Colo Colo. Esto no bastaría para quebrar una mentalidad que se asentaba cómodamente en la derrota. Lentamente los deportistas chilenos buscaron ir por más; era el tiempo de la apertura, e Iván Zamorano tras su traspaso al Real Madrid de España no aceptaba ser el quinto delantero, relegado por el entrenador argentino Jorge Valdano. El ejemplo de “Bam Bam” fue el primer antecedente para quebrar el destino, pero no sería hasta los triunfos sostenidos del tenis que la mentalidad deportiva de los chilenos cambiaría a pasos agigantados.

El infinito talento de Marcelo Ríos tiene la misma explicación que los recursos naturales de los que depende nuestra economía: simplemente están aquí en esta tierra, no hay mayor causalidad. Pero fue el “Chino” quien nos demostraría que un chileno puede ser n°1 en su disciplina, que con entrenamiento, ese talento puede llegar a niveles insospechados. Luego vendrían Fernando González y Nicolás Massú para demostrar que nada es imposible… nada.

Fuimos campeones de América el 2015, después de procesos interrumpidos con La Roja de José Sulantay el 2007 y el trabajo de Marcelo Bielsa para Sudáfrica 2010. Sí, fuimos campeones por primera vez en nuestra historia, para luego caer en la crisis institucional del fútbol más profunda. El presidente de la federación voló raudamente a EE.UU., el DT de la selección renunció a su cargo alegando un desgaste, y así múltiples tramas salieron a la luz pública. Chile tendría que levantarse nuevamente.

Y así fue, la selección chilena volvió a brillar como nunca en tierras extranjeras, esta vez consiguiendo la copa que durará 100 años. Pero, además, en el discurso de los propios futbolistas se puede apreciar el agradecimiento y motivación sobre los millones de chilenos que los apoyaron, los que se levantan cada mañana para cuidar de sus familias, y todos aquellos que se han levantado de terremotos, maremotos, aludes, incendios, volcanes, etc.

La mentalidad del futbolista chileno cambió, al menos en esta generación. No decae ante las agresiones del rival y se mantiene firme en todo momento, concentrado y sin miedo a la victoria. Pese al dulce sabor del triunfo, hoy quedan dudas sobre cómo se está trabajando en las divisiones menores de nuestro fútbol, y si este cambio de mentalidad va de la mano con el trabajo sostenido en el tiempo.

Andrés Parra, sociólogo deportivo. Ha trabajado en el  Instituto Nacional del Deporte (IND) e Instituto Nacional del Fútbol (INAF). Autor de “La Pelota se tiñe de rosa”.