El verdadero enemigo de los gobernantes populistas son ellos mismos y no las potencias extranjeras. Chile no llegó a ser el país más desarrollado de América Latina gracias al viento de cola de la economía internacional, sino que todo lo contrario.
Publicado el 14.07.2016
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Hace unos días me topé con una charla TED presentada por Yanis Varoufakis, titulada “El capitalismo se va a comer a la democracia”. En ella el excéntrico ex ministro de Finanzas de Grecia señala que su país sufrió una caída de más de 30% de su producto interno bruto (PIB) entre el 2011 y el 2015 y que las responsables de dicha recesión fueron las condiciones injustamente impuestas a su país por los oficiales de la Unión Europea.

Mientras escuchaba dichas acusaciones, no pude dejar de acordarme de las recientes declaraciones de nuestra ministra de Educación, Adriana Delpiano, quien señaló que la gratuidad de la educación superior dependería finalmente de cómo le fuera a los chinos. Si les va bien y compran mucho cobre, entonces la educación superior será gratuita en Chile;  si no es así, no habrá gratuidad.

Como lo señalan muy elocuentemente Axel Kaiser y Gloria Álvarez en su nuevo libro El engaño populista, los gobernantes populistas no trepidan en culpar de sus fracasos a enemigos extranjeros. Maduro le dedica el desabastecimiento y las desdichas de su país a EE.UU., el imperio neoliberal del norte. Los griegos culpan a Alemania y ahora la ministra de Educación dice que el gobierno de la Nueva Mayoría no va a poder cumplir con su promesa de gratuidad para la educación superior por culpa de los chinos.

Tanto la ministra Delpiano como Varoufakis omiten por completo la posibilidad de que las malas políticas públicas y la mala gestión de sus propios gobiernos puedan ser los verdaderos responsables de sus respectivas desdichas. Por años el gobierno griego gastó mucho más allá de sus medios, pagando sueldos y pensiones exorbitantes a sus funcionarios. Producto de ello, Grecia acumuló una deuda pública que duplica el tamaño de su economía y que resulta impagable.

Cuando la Unión Europea recurre en ayuda de los griegos y les dice que les puede prestar plata siempre que ajusten su gasto a la realidad de sus ingresos, entonces gobernantes populistas como Yanis Varoufakis las emprenden contra los alemanes por obligarlos a gastar menos. La ministra Delpiano es una versión criolla de la misma historia. El gobierno de la Nueva Mayoría ofrece gratuidad en la educación superior para todos los jóvenes chilenos, un proyecto caro e injusto.

A pesar de ello, sigue adelante diciendo que lo va a financiar con una reforma tributaria. Dos años más tarde, el proyecto no solo sigue siendo caro y malo, ahora es también altamente impopular. La Nueva Mayoría se da cuenta de que el proyecto no es financiable a pesar de haber hecho la reforma tributaria y la ministra, que declara no saber cuánto cuesta su promesa, tira la pelota para el córner y le echa la culpa a los chinos.

El verdadero enemigo de los gobernantes populistas son ellos mismos y no las potencias extranjeras. Chile no llegó a ser el país más desarrollado de América Latina gracias al viento de cola de la economía internacional, sino que todo lo contrario.

En estos últimos 40 años hemos debido lidiar con la crisis del petróleo a fines de los años 70, con la crisis de deuda latinoamericana de principio de los 80, con la crisis del tequila de principio de los 90, con la crisis asiática de fines de los 90, con el reventón de la burbuja de internet a comienzo de los 2000, con los ataques a las Torres Gemelas el 2001, con la crisis financiera internacional el 2008 y con la crisis de la deuda europea el 2011. Sin mencionar los terremotos, especialmente el devastador 8,8 del 2010. Ninguna de esas crisis impidió que Chile creciera en promedio a una tasa superior al 5% promedio anual. Ninguna de esas crisis impidió que nuestro país redujera la pobreza de 40% a menos del 10% y ninguna de esas crisis se interpuso en nuestro camino para que hoy, las Naciones Unidas ubique a Chile como un país de alto desarrollo humano.

Chile se merece gobernantes que confíen en la capacidad de sus ciudadanos de forjarse su propio destino y no gobernantes que le echen la culpa al empedrado y se lamenten de las circunstancias para esconder sus propios fracasos. Señora ministra, ¡nuestro futuro depende de nosotros y no de los chinos!

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