Lo que hay por delante es un proceso más o menos largo -que puede durar desde lo que resta del período Bachelet hasta la próxima o las siguientes dos o tres administraciones de gobierno- de (re)constitución de una gobernanza de la sociedad chilena en torno a unos u otros bloques de conducción política-gubernamental.
Publicado el 22.06.2016
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Estas son notas de exploración y para conversar. En la primera sección retomo el análisis descriptivo de la crisis de conducción que afecta al gobierno Bachelet, la cual fue objeto del libro “Nueva Mayoría. Fin de una Ilusión”. Lleva a preguntarse cuáles son las perspectivas de salida de esta crisis. La segunda sección plantea diversos escenarios u horizontes de salida, en función de la próxima (¡y ya tan presente!) elección presidencial de 2017. Es un esquema, si se quiere, para pensar alternativas, sin entrar aún a evaluar su viabilidad y pesos relativos. En la tercera sección se concluye resumiendo los elementos de gobernanza que están en juego, más allá de la conformación del próximo gobierno, considerando la orientación y el desarrollo de la sociedad.

I

Las crisis de conducción gubernamental -como la que experimenta Chile desde hace más de un año- se manifiestan ante todo por una pérdida de control sobre la agenda por parte de la administración. A esto se suma una gestión política deficiente de las reformas, las iniciativas legales, las políticas públicas y los presupuestos del Estado que desemboca en una baja efectividad y eficiencia de la acción del gobierno.

Se instala así en el ambiente de la polis un clima flojo, de reducida intensidad, confuso y de medianías. Así viene sucediendo durante las últimas semanas.

La falta de agenda genera dispersión, falta de foco, escasa priorización. El mensaje presidencial del 21 de mayo apenas produjo una suave agitación y luego pasó al olvido. Hubo cambio de jefe político en el gabinete de secretarios de Estado que ni siquiera provocó el interés de la prensa política y pasó desapercibido para la mayoría de la población. El proceso constituyente avanza en su fase de cabildos y grupos de discusión sin generar ruido ni levantar presión en la sociedad. Las elecciones primarias para la selección de candidatos a alcaldes transcurrieron en calma, sin mayor debate, entre partidos y partidarios que atraviesan una hondonada de baja presión.

La opinión pública encuestada mantiene distancia del gobierno, la oposición, las instituciones, las medidas de reforma impulsadas por la NM y del movimiento estudiantil atrincherado dentro de sus establecimientos educacionales. Hay escaso apoyo para la Presidenta, el gobierno y la Nueva Mayoría. La alianza de derecha es marginal e insignificante. La situación económica es poco favorable para el país y va instalándose en una trayectoria de escaso crecimiento, productividad nula, mercado laboral estrecho e inversiones cautelosas.

A su turno, la gestión gubernamental no da muestras de mejorar. Sin agenda que comunicar, el gobierno aparece entrampado en la habitual confusión del último año. No parece un gobierno mayoritario. Existe un permanente ruido de fondo en sus relaciones con los partidos que lo apoyan. No transmite un relato coherente ni una perspectiva de acción. Carece de identidad y perfil político. Su discurso es ambiguo. Sus decisiones están desprovistas de consistencia. Lo anterior ha vuelto a quedar en claro con el manejo de la reforma sindical. Y alcanza su nota más alta con la errática gestión de la gratuidad y del proyecto de reforma de la educación terciaria.

En breve, la falta de conducción se retroalimenta casi diariamente con nuevas fallas de conducción. Es un circulo vicioso.

El gobierno aparece prematuramente gastado. Los ministros (con pocas excepciones) declaran o se les atribuye estar cansados. No parece haber plan ni estrategia. No hay carta de navegación. Tampoco una caja fiscal a la cual recurrir. La autoridad transmite inseguridad en su poder. La gente percibe incapacidad. En este ambiente crece la incertidumbre.

El resultado final -que es el que aquí interesa- es una suerte de bruma suspendida sobre la polis, parecida a la neblina que algunas mañanas se cuela por el valle de Santiago y nos deja sin perspectiva y a veces sin siquiera poder ver más allá del próximo paso.

II

En esta circunstancia brumosa hemos llegado a este, our winter of discontent (“… el invierno de nuestras desdichas”, Ricardo III). Por todas partes surgen las mismas preguntas: y ahora qué sucederá, hacia dónde vamos, qué ocurrirá al término de este gobierno, permanecerá o no la Nueva Mayoría, se rearmará una derecha capaz de competir, qué perspectivas ideológicas hay de cara al futuro, cuáles son las nuevas caras de la política que emergen en el horizonte. Y así por delante, sin parar.

Por lo pronto, conviene tener presente que no se trata de preguntas exclusivas de Chile; más bien son compartidas por diferentes países aunque cada uno las formula dentro de un contexto y trayectorias distintivas. Pienso en Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia o México; en un eventual Brexit de Inglaterra; en el bloqueo de la situación política española; en la prolongada crisis griega; en la inestable política italiana; en los intentos del gobierno socialista francés por introducir modernizaciones en la economía; en las incógnitas, amenazas y riesgos que genera el candidato republicano Donald Trump.

Las democracias de Occidente atraviesan una fase de descontentos, en constante tensión con las fuerzas del capitalismo y los mercados, sacudidas por el ciclo económico, desajustadas entre un orden global incompleto y unos Estados nacionales debilitados, en medio de crisis de representación y confianza en las instituciones de la polis, bajo la continua experiencia de la destrucción creativa propia de la Cuarta Revolución Industrial y la corrosiva vorágine que como un tornado hace volar por los aires tradiciones, creencias y valores.

En Chile, todos estos elementos están presentes con intensidad, amén del ciclo de escándalos, la crisis de las élites en todas las esferas de valor (política, económico-empresarial, militar, eclesial, tecnocrática), altos niveles de desconfianza, empresarios que parecen coludirse con facilidad, abusos de posición y status, arraigadas desigualdades de todo tipo de capitales, brotes de violencia juvenil y, como vimos más arriba, una extendida crisis de conducción que abarca diferentes aspectos de la gobernanza nacional.

¿Aparecen en medio de este cuadro elementos nuevos que presagien cambios o se reaniman viejos patrones que pudieran transformarse en apoyo emocional frente a las turbulencias del entorno? ¿Se vislumbran posibilidades interesantes de corto o mediano plazo? ¿O más bien se perciben únicamente obstáculos y resistencias y callejas sin saluda? En breve, ¿qué está por venir y qué por desaparecer?

Una cierta sensibilidad que va y viene -circulando según las circunstancias entre varios grupos del establishment– imagina un escenario del dejá vu; una repetición de situaciones ya vividas solo sujetas a leves modificaciones. Según esta proyección, la NM y la derecha volverían a enfrentarse a fines de 2017, conducidas por figuras experimentadas de cada sector -pero que no necesariamente son del pasado, a pesar de su experiencia acumulada-, encarnadas en Ricardo Lagos y Sebastián Piñera. Restituirían miradas de mayor alcance de futuro junto con equipos y prácticas de gestión más robustas y efectivas. Responderían a una opinión pública encuestada que opta por lo conocido para hacer frente a lo desconocido, antes de seguir otros cuatro años con un método ensayo y error, entre infladas expectativas y escasos frutos. En vez de sueños de país, deciden elegir prioridades y tareas. Y el retorno sin dobleces ideológicos de las preocupaciones por el crecimiento de las fuerzas productivas, la infraestructura, los emprendimientos y la generación de bienestar material.

En cambio, quienes estiman que el próximo ciclo no será carismático ni de liderazgos personales apuestan a una suerte de continuidad recargada de la NM, en condiciones de proyectarse hacia una segunda administración. Durante el período de Bachelet, argumentan, comenzaron a consolidarse nuevas redes políticas, tecnocráticas, académicas, generacionales, partidistas y socioculturales, las que ahora estarían en condiciones de gobernar. La próxima vez conducirían de una manera más institucional y madura, en función de un programa de continuidad social democrática con el actual pero mejor gestionado por los partidos de mayor peso, preferentemente el PS y el PDC. Luego, igual como un gobierno carismático construido en torno a un proyecto y una narrativa dramática de transición a la democracia bajo el Presidente Aylwin fue sucedido por un gobierno más de partidos y redes agrupados en torno al Presidente Frei Ruiz-Tagle, con un programa menos dramático de modernización y consolidación, ahora ocurriría algo similar con el paso del gobierno bacheletiano de grandes expectativas refundacionales a uno de Isabel Allende, Insulza o una figura DC, con énfasis en la implementación y administración de esos cambios bajo las nuevas redes de personal político y de gestión reclutado y formado durante la renovación bacheletista.

Hay quienes especulan, al contrario, con alternativas que poseen un grado mayor de rupturismo, reacomodo y redefinición respecto el actual cuadro dominado por la NM.

Por un lado, podría producirse una alternativa más inclinada hacia la izquierda en un cuadro de reconstitución renovada de los (viejos) tres tercios de la política chilena (viejos odres pero con nuevos mostos); esto es, con una derecha, un centro y una izquierda corriendo por carriles separados y sus propias propuestas de futuro a mediano plazo. En el caso de la izquierda, se dice, ésta sería hegemonizada por los partidos de la tradición y el orden dentro de dicho sector -esto es, el PS y PC- con el apoyo directo o indirecto de fuerzas menos orgánicas y más volátiles como el PPD, grupos de izquierda del PR y fracciones de electorado agrupadas en torno de dirigentes desprendidos del PS, como el PRO, o bien nuevas expresiones de izquierda como RD, hoy organizándose fuera de la NM.

Por otro lado, podría surgir en estas condiciones una alternativa que derive hacia el centro, reagrupándose allí grupos y electorado en torno a un candidato DC o uno de centro socialdemócrata-liberal, junto con una amplia gama de redes originadas en la experiencia concertacionista y de redes de renovación político-intelectual y cultural de la derecha, que en la disputa electoral pudiesen atraer a votantes del centro y de ambos espacios a la derecha y la izquierda.

Un escenario muy distinto de los anteriores pero que podría emerger también (no se sabe con qué velocidad) e interactuar con alguno de los anteriores, es uno de populismo en el sentido que otorga a este término el teórico argentino Ernesto Laclau. Esto es, “una forma de construir lo político, consistente en establecer una frontera política que divide la política en dos campos, apelando a la movilización de los de abajo frente a los de arriba”, según explicaba hace pocos días Chantal Mouffe en el diario español El País (10 de junio de 2016). Ahí, el clivaje que busca establecerse es entre pueblo y élites, o entre ciudadanía y oligarquía, o cualquier par antagónico que permita redefinir el juego pluralista de una democracia liberal en términos de una lucha agonística entre dos bloques mutuamente excluyentes: ricos y pobres, incluidos y marginados, quintiles inferiores versus quintil superior.

A partir de este enfoque, que ha servido de base para la ideología de movimientos como el chavismo y el kirchnerismo, se pretende una ruptura no sólo con el mercado y con las políticas neoliberales (los nuevos males), sino también dentro de la democracia (incluso a través de los procedimientos que ésta ofrece) entre libertad e igualdad, representatividad y participación, partidos y movimiento. De este modo, tras las formas de la democracia (liberal-pluralista) se va instalando un régimen plebiscitario, de líder autoritario, de redes clientelares y de “socialismo del siglo XXI” que sirve como máscara de un capitalismo de Estado donde la apropiación del excedente económico funciona en beneficio del movimiento que encarna y expresa al pueblo.

Elementos de este tipo de ideología populista (definida a lo Laclau) están desde ya presentes en algunos movimientos e intelectuales de neoizquierda chilenos (que sigo con interés, igual que sus reacciones polémicas) y podrían dar lugar en Chile (como ha ocurrido en otras partes de América Latina y del mundo) a alternativas post democráticas, incorporando de paso mezclas variables de diversos otros elementos: comunitarios, anti-liberales, emancipatorios, de “democracia de asambleas”, anti-globalización, teoría crítica, de retóricas movimientistas, socialismos de cátedra, de utopías comunistas, vertientes ecológicas, multiculturales, de identidades étnicas, locales e igualitarias. Habrá que esperar todavía un buen tiempo para ver cómo decantan este tipo de agrupaciones de neoizquierda, que pueden siempre dividirse ad infinitum, desaparecer, transformarse en ala rebelde de partidos socialdemócratas o en burocracias u oligarquías del poder bajo máscara populista.

III

Lo que hay por delante entonces, diré para concluir estas notas de exploración, es un proceso más o menos largo -que puede durar desde lo que resta del período Bachelet hasta la próxima o las siguientes dos o tres administraciones de gobierno- de (re)constitución de una gobernanza de la sociedad chilena en torno a unos u otros bloques de conducción política-gubernamental (que aquí nada más que hemos identificado inicial y tentativamente para proseguir -en los meses venideros- con su análisis e interpretación).

Quien dice (re)constituir una gobernanza, claro está, dice mucho más que recomponer una conducción gubernamental o un bloque o coalición político-parlamentario y de administración estatal. Dice, además: (i) rearticulación de las élites que son sostén de esa gobernabilidad en el Estado y la sociedad; (ii) creación de redes intelectual-culturales, político-técnicas, tecnoburocráticas y de technopols (académico-políticas) que otorgan “poder de conocimiento, decisión e influencia” (soft power) a un bloque; (iii) ensamblaje de estos elementos de cúpula con la sociedad civil, sus asociaciones y corrientes culturales vía comunicación, persuasión, políticas públicas y dispositivos de legitimidad, participación, deliberación y organización, y (iv) creación, sostenimiento y mantención de una estrategia (modo, modelo) de crecimiento de las fuerzas productivas y condiciones materiales de producción, intercambio y consumo que en el tiempo definan la “variedad de capitalismo” propia del país.

Nos encontramos efectivamente en uno de esos momentos cruciales en que nuestra sociedad tiene que rearticular su gobernanza en torno a esos ejes básicos, puesto que experimenta varias crisis o, mejor, encrucijadas en cada uno de esos frentes. Y, adicionalmente, se halla en proceso de transición desde una generación que por casi medio siglo ocupó un lugar predominante en la gobernanza de la sociedad chilena a una o unas nuevas generaciones que deberán asumir ese rol. En efecto, la generación nacida entre ambas grandes guerras del siglo XX y sus hijos lideró la historia chilena -con todas sus contradicciones- durante “medio siglo largo” que va de la Revolución en Libertad al Bicentenario y el término de la Concertación.

De modo que a todos los procesos en curso que aquí hemos aludido, y que imponen la necesidad de una nueva articulación de la gobernanza, se suma esta transición generacional que acompaña el ocaso de una generación que literalmente se halla de salida de la historia y la emergencia (aún poco perfilada, aún latente en el claroscuro) de la nueva generación en cuyas manos recaerá la tarea de construir esa gobernanza. “He aquí el invierno de nuestras desdichas”.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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