Las cosas han cambiado. De la epopeya revolucionaria de casi dos décadas queda solo un régimen sin alma. Y también sin sentido, más allá de la supervivencia. Esto podría ser crucial para el desarrollo de las cosas en el futuro cercano. Incluso para los resultados de los diálogos en marcha, si es que los oponentes a Nicolás Maduro juegan con tino y paciencia.
Publicado el 07.11.2016
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Después de casi 18 años de referendos, elecciones, marchas, protestas, violencia fratricida, mesas de diálogo, e incluso una brevísima salida del poder del Presidente Chávez en 2002, el escepticismo impera en Venezuela. Ni siquiera la situación económica y social más crítica, que ya tiene tiempo estrangulando a los venezolanos –y matándolos con la daga de la delincuencia– se ha traducido en una fuerza de hartazgo capaz de serruchar definitivamente el piso del gobierno chavista. Es más, la muerte del Comandante no acabó en el desmoronamiento del régimen, como si se tratara del palacio que colapsa sin remedio tras el último respiro de su amo, ni siquiera en una rectificación de rumbo.

Así las cosas, ¿por qué pensar que habrá un resultado distinto con el diálogo actual? ¿El que hayan liberado a algunos de los presos políticos sugiere esperanza? ¿No será una muestra más del catálogo de mañas y trucos del gobierno, con una mano mandando y la otra en la oreja, escuchando los experimentados susurros del consejero castrista? Algunas administraciones latinoamericanas, antes tímidas o complacientes, de repente aparecen indignadas y comprometidas con la democracia, y reclaman. ¿Da esto para hacerse ilusiones?

Es comprensible y prudente la incredulidad. Pero las cosas han cambiado. No de forma coyuntural y momentánea, sino profunda: de esta epopeya revolucionaria de casi dos décadas queda solo un régimen sin alma. Y también sin sentido, más allá de la supervivencia. Esto podría ser crucial para el desarrollo de las cosas en el futuro cercano. Incluso para los resultados de los diálogos en marcha, si es que los oponentes a Nicolás Maduro juegan con tino y paciencia.

Para no entrar en demasiados aspectos, sugiero considerar solo dos. El primero es la quiebra moral, no del gobierno, sino del sueño chavista. Esto va más allá de la corrupción, de los jerarcas acusados de narcotráfico, de los presos políticos y de los desafortunados huéspedes de La Tumba, uno de los centros de reclusión selectiva más sofisticados y oscuros de Venezuela. Se trata del fraude de un ideal, o más bien de una utopía, que como la de sus parientes históricos socialistas y colectivistas, es un absurdo teórico y práctico. Y como dijo Theodore Dalrymple en uno de los debates de Oxford Union, solo se puede imponer el absurdo teórico por la fuerza.

La promesa chavista comprendía la depuración de la política, la expulsión de los demonios con sus vicios, la entrega del poder al pueblo, la justicia social, la igualdad y la dignificación de los desposeídos. Pero ocurrió lo inevitable: se recreó la distopía orwelliana de “La Granja de los Animales” y rápidamente unos se hicieron más iguales que otros. Como quizás pensaría aquel alto dirigente e intelectual comunista yugoslavo, Milovan Đilas, cuando condenó la élite gobernante del comunismo: la “nueva clase” se convirtió en la opresora por excelencia. Y se aseguró de que nadie, fuera de los suyos, levantara cabeza.

Además, el partido gobernante transformó la granja venezolana. De un potencial de prosperidad infinito pasó a un museo del fracaso al aire libre, con escenas miserables que contrastan con la Venezuela saudita de tiempos pasados: escasez de alimentos y medicinas, cadáveres apilados en las morgues, hospitales insalubres, suciedad en los espacios urbanos, servicios públicos destruidos. En nombre de la igualdad colectivista se suprimió, naturalmente, la igualdad ante la ley; ser o no ser chavista se convirtió en asunto vital, incluso para acceder a ciertos beneficios o encontrar empleo. La dependencia se hizo pilar social y la ética del trabajo pasó a ser una anomalía burguesa: una familia entera podía vivir de las limosnas oficiales sin realmente trabajar ni producir riqueza.

Enterrada toda oportunidad de que las personas pudieran hacer sus vidas decentemente, y cegado el futuro para muchos, la emigración masiva de todos los estratos sociales se convirtió en la denuncia más elocuente de la quiebra moral del sueño revolucionario.

El segundo aspecto es la muerte del espíritu político del proyecto. La empresa bolivariana original, también delirante, era de escala continental. Hugo Chávez no era solo Presidente de Venezuela. No se sentía ni actuaba como tal, sino como un líder faraónico, de tonelaje americano. Su mapa era grande y trazaba líneas sobre todo el mundo, hasta Irán, Rusia y China. Encerraba a América Latina entre sus brazos extendidos y la coloreaba de rojo para lanzarla contra el imperio del mal: los gringos y sus lacayos capitalistas.

Logró mucho: impulsó el ALBA y el ideal de una América Latina socialista y unida contra el Gran Satán, como llama la jerga yihadista a los Estados Unidos. Puso patas arriba a la región y revolvió las cosas en la Organización de Estados Americanos y hasta en la ONU, donde hizo sudar al Consejo de Seguridad en alguna votación. Se metió en los bolsillos a gobiernos de toda laya con la petrodiplomacia y la amenaza (a veces explícita). Le gritó a quien quiso y amedrentó a los líderes latinoamericanos de menos carácter. Dicen que hizo de algunos secretarios generales hemisféricos sus sirvientes. Caracas llegó a ser La Meca de la intelectualidad de izquierdas. Se celebraban fastuosos encuentros de arenga y reflexión, colmados de Marx, Gramsci, Lenin, Che Guevara y Mariátegui. Ignacio Ramonet y Marta Harnecker eran asiduos de estas fiestas. Heinz Dieterich, ideólogo del Socialismo del Siglo XXI, también, pero se alejó para siempre.

Caracas, además, apoyó generosamente todo movimiento de izquierda que prometiera fastidiar a Washington y a las “oligarquías neoliberals”, hasta que en 2009 estalló un fusible en Honduras con Manuel Zelaya. Al aliado de sombrero de Chávez lo sacaron del poder en pijamas y posiblemente esa fue una de las derrotas internacionales más importantes del venezolano. Desde ese momento, el avance de la Espada de Bolívar por América Latina no hizo más que menguar. Y con la partida del Comandante en 2013, se esfumó el espíritu reencarnado del Libertador. Las ansias de la expansión socialista, con Caracas como cuna de una revolución continental, eran una energía absolutamente esencial para el proyecto y le insuflaban gloria.

En suma, el panorama de hoy no es distinto solamente por la correlación de fuerzas internas (al menos en lo formal). Tampoco solo por el hecho de que ya no estén algunos de los amigos del barrio, como los Kirchner, Lula y Dilma. O que a otros no se les vea el entusiasmo de antes, como a Rafael Correa y Evo Morales. Y que quienes casi ni chistaban, como Chile, ahora se atrevan a decir algo. Hasta la figura del secretario general de la OEA resucitó.

Lo central es que aquella revolución con ideal, potencia y ambición ya no existe. Está sin alma y desmoralizada. Ya no habla de futuro ni proyecta nada. Está reducida a una autocracia electoral cualquiera, bastante aislada, que intenta sobrevivir. Si no está biológicamente agonizante, espiritualmente ha muerto.

Si la oposición venezolana se pone seriamente en modo de transición y elabora un nuevo proyecto con alma, sentido y proyección política, realmente basado en la restitución de la libertad, la economía de mercado e instituciones adecuadas a nuestros tiempos y circunstancias, podría erigirse como una posibilidad viable de cambio. De lo contrario, seguirá en la mesa negociando con la decadencia, maltrecha pero viva, aún aferrada a lo único que le queda: el poder suficiente para la subsistencia del régimen y la protección de sus dueños.

 

Rafael Rincón-Urdaneta Zerpa, director de Estrategia e Innovación de FPP

 

 

Foto: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_.