En aquellos países donde los partidos se coluden para bloquear la entrada de nuevos competidores y los líderes políticos modifican las reglas para abusar de sus posiciones de privilegio, la renovación se convierte en la excepción a la regla.
Publicado el 06.11.2015
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De todas las razones que en los últimos meses nos han recordado que seguimos siendo parte de América Latina, la tozudez de los políticos de tercera edad que se resisten a dejar el paso a generaciones más jóvenes es la más dañina. Precisamente porque la clase política que exitosamente lideró la transición a la democracia carga con los éxitos, culpas y frustraciones de las primeras dos décadas de democracia, es hora de que las nuevas generaciones asuman la responsabilidad que, en todos los países modernos, recae sobre aquellos que ya están en la mitad de sus vidas.

Si el enfriamiento de las economías de la región nos recordó que sirve poco ser un buen vecino en un mal barrio, la crisis de credibilidad en el sistema político ha confirmado que, por más que lo intentemos, no podemos huir de América Latina. Si bien los chilenos apoyan la democracia y la ven como la única forma legítima de gobierno, hay creciente descontento con la clase política. La gente quiere democracia, pero cree que las instituciones de la democracia no están funcionando bien.

Una razón por la que la desconfianza en la clase política ha aumentado es la falta de renovación de los liderazgos. En toda América Latina, la gente clama por nuevos rostros que asuman posiciones de liderazgo. La idea de que ahora les toca a otros gobernar —el desalojo, la renovación y el recambio— es crecientemente popular y explica, entre otras cosas, el sorpresivo resultado de la primera vuelta electoral en Argentina.

La renovación en la política es una de las fortalezas de las democracias desarrolladas. Cuando hay altos niveles de competencia en el sistema político, resulta más difícil que siempre ganen los mismos. En cambio, en aquellos países donde los partidos se coluden para bloquear la entrada de nuevos competidores y los líderes políticos modifican las reglas para abusar de sus posiciones de privilegio, la renovación se convierte en la excepción a la regla.

Los políticos que ocupan cargos de representación popular tienen la ventaja que les da la visibilidad de sus puestos y cuentan con cuantiosos recursos públicos para desempeñar su función. Un diputado en ejercicio se dedica por cuatro años a usar parte de sus asignaciones para construir apoyo para la reelección. Cuando se inicia la campaña —90 días antes de una elección—, a los desafiantes les resulta muy difícil recuperar terreno. Por eso, para desbancar a un político en el poder se necesita un esfuerzo mucho mayor que para ganar en lugares donde el titular no se presenta a reelección.

Es verdad que las altas tasas de reelección a veces pueden ser señal de que los políticos hacen bien su trabajo. De poco sirve establecer límites a la reelección si junto con los malos legisladores o los alcaldes ineptos se deben ir a la casa los que hacen bien su trabajo. Todavía peor, al obligar a un político a retirarse, se crean incentivos para que el político se olvide de sus electores y se dedique a legislar a favor de los intereses de las empresas que serán sus futuras empleadoras. Hay mejores herramientas para inducir mayor competencia en el sistema.

Las primarias obligatorias para todos los cargos de elección popular dificultan la lógica de colusión de “el que tiene mantiene” —una práctica muy popular entre los mismos políticos que hoy rasgan vestiduras por la colusión del papel tissue—. La obligatoriedad de participar en debates antes de una elección (sin poner condiciones) también es una forma de emparejar la cancha y restarle ventajas a los que tienen una trayectoria más larga. Sistemas de financiamiento público, con oportunidad para recolectar donaciones privadas desde mucho antes que los 90 días que hoy permite la ley, también reduce la ventaja de los políticos más conocidos sobre los desafiantes. En vez de reinventar el sistema, basta con algunas reformas graduales, innovadoras y pragmáticas que ayuden a emparejar la cancha para introducir más competencia.

Pero las reformas encuentran dificultades para avanzar cuando se enfrentan a una clase política anquilosada que vive de sus glorias y logros pasados. Cuando los políticos plantean soluciones inspiradas en las cosas que funcionaron hace 25 años y no pensadas para la sociedad actual, con la mentalidad y las herramientas de hoy, la gente difícilmente se entusiasmará con esas propuestas. Como en el fútbol, los políticos debieran aprender que es mucho mejor retirarse cuando se está en el momento sublime que irse apagando de a poco y terminar jugando en un club de tercera división. En un momento en que nos hemos tropezado en las similitudes que tenemos con el resto de América Latina, la clase política debiera demostrar que puede ser diferente que sus pares en el resto de la región y, como en los países desarrollados, dar un paso al costado cuando ha llegado el momento de retirarse. Si no se animan a hacerlo solos, las nuevas generaciones bien debieran atreverse a ayudarles a dar un paso al lado.

 

Patricio Navia, Foro Líbero.

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO

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