Para quienes hemos trabajado con él, resulta un poco desconcertante ver a este profesional tan compuesto y agradable insultando a gritos no a los partidarios de la oposición, sino a algunos de los diputados de su propio partido, durante el debate para reajustar el salario mínimo.
Publicado el 29.06.2016
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Después de echar a Jorge Burgos, los halcones de la Nueva Mayoría le clavaron sus garras a una nueva víctima, el ministro Rodrigo Valdés.

Es sintomático que sea Valdés quien esté en la mira de los radicales que dominan la coalición de gobierno, pues se trata de uno de los ministros más cualificados de la actual administración, con un currículum que ya se quisieran varios de sus más fieros detractores. Solo bastaría con destacar su exitoso período como economista jefe del Banco Central, cuando, bajo la presidencia de Vittorio Corbo, jugó un papel clave para que el instituto emisor y el Ministerio de Hacienda recibieran un reconocimiento que parece tan lejano como irrepetible: calificar a Chile como el país con el mejor manejo macroeconómico de todo el planeta.

Fue en 2005 cuando Chile logró el primer lugar a escala mundial en la dimensión macroeconómica del ranking de competitividad que elabora el World Economic Forum, un éxito semejante a lograr un oro olímpico pero a escala institucional, algo que por entonces no fue especialmente celebrado ni destacado, seguramente porque estábamos tan acostumbrados a que la prensa, los organismos multilaterales y los analistas extranjeros se refirieran a Chile con admiración. Eran los tiempos en que la inversión extranjera directa crecía a tasas anuales cercanas al 20%, por lo que muchos pedían más encajes y límites al flujo de recursos foráneos para evitar “los capitales golondrina”. Ahora ya no tenemos ese tipo de “problemas”, pues la inversión extranjera directa cayó el año pasado un 8%, según acaba de informar la Cepal, y Chile no le interesa ni a los especuladores.

Tampoco se le dio mucha publicidad al reconocimiento del Foro Económico Mundial porque Corbo y Valdés compartían dos habilidades blandas bastante escasas entre los economistas —los practicantes de “la ciencia lúgubre”, como la definió el británico Thomas Carlyle— que son la empatía y la falta de arrogancia. Por eso, para quienes hemos trabajado con Valdés, resulta un poco desconcertante ver a este profesional tan compuesto y agradable insultando a gritos, no a los partidarios de la oposición, sino a algunos de los diputados de su propio partido, durante el debate para reajustar el salario mínimo.

Seguramente Valdés ya se cansó de mostrarle a los diputados oficialistas gráficos a la baja, números en rojo y proyecciones deprimentes, tratando de convencerlos de que no se puede seguir expandiendo el gasto público, y pensó entonces que había que echarles un par de garabatos para hacerlos entrar en razón.

Es probable que Valdés también esté perdiendo los nervios porque ve cómo la Presidenta Michelle Bachelet prefiere respaldar a los extremistas de su coalición, en vez de apoyarlo a él cuando llama al gobierno a ser responsable, frenar las expectativas de quienes demandan más derechos a costa de aumentar el gasto público, y retomar la senda del crecimiento.

Debe ser muy desalentador ver cómo “la jefa” respalda a la CUT cuando se trata de discutir el veto a la reforma laboral, en vez de hacerle caso a él, haciéndolo aparecer como el gran derrotado en esta materia. Más duro debe ser lo anterior, considerando que no pasa ni una sola semana sin que Bárbara Figueroa lo descalifique. Pero la Presidenta Bachelet parece tener sus prioridades bastante claras, así que no tuvo ningún problema en figurar en público junto a la dirigente comunista de la CUT, un día después del anunciado veto a la reforma laboral, haciendo estas elocuentes declaraciones: “Uno tiene muchas opciones y tiene que elegir, y a veces se elige bien, ¿no es cierto Bárbara?”. Por algo la prensa ya reconoce a Valdés como un ministro cada vez más triste, solitario y final, especialmente después de que Burgos tirara la toalla y fuera reemplazado por Mario Fernández, alguien que a pesar de sus profundas convicciones personales se ha comprometido a sacar adelante el programa maximalista de la Nueva Mayoría “sin dobleces”. Ya lo decía el ensayista hispano-estadounidense George Santayana: cuando los fanáticos pierden el control de la situación, aceleran.

Lo lamentable es que, a pesar de sus esfuerzos por revertir el estado calamitoso de la situación macroeconómica, Rodrigo Valdés pasará a la historia como el ministro de Hacienda que lideró el período más mediocre de nuestra democracia, con la inversión desmoronándose por tres años consecutivos, un crecimiento promedio inferior al 2%, desempleo y deuda pública al alza, y competitividad y productividad a la baja. Un cuatrienio tan decepcionante que tal vez nos aparte definitivamente del camino al desarrollo que parecía tan cercano hace solo tres años, cuando la economía estaba recalentada y lo único que se discutía era cuándo lograríamos alcanzar a Portugal o Grecia. Por algo, el economista del MIT Ricardo Caballero señaló sin tapujos que “Chile está viviendo una pesadilla por una muy mala mezcla de ignorancia y arrogancia de nuestros gobernantes”. Es verdad, la economía chilena parece deprimida y deprimente, y por ello seguimos bajando en el ranking del Foro Económico Mundial, el mismo que nos dio una medalla de oro hace solo 11 años, un triunfo que hoy nos parece tan inalcanzable que de seguro nos conformaríamos con un bronce para salir a celebrar hasta la madrugada a la Plaza Baquedano.

 

Ricardo Leiva, Doctor en Comunicación Universidad de Navarra.