En un cierre de 2015 apalancado y coronado con los casos de colusión y malas prácticas, que fueron visibilizadas en la última parte del año pasado, el deterioro de la imagen de los empresarios se ha acentuado, subiendo de un 35% a un 47%.
Publicado el 25.01.2016
Comparte:

El último informe de imagen y confianza empresarial desarrollado por una conocida empresa de estudios de mercado y una reputada asociación gremial, arrojó un deterioro importante en la visión que las personas tienen de las empresas y empresarios chilenos.

Claramente, es una noticia que a nadie debe tomar por sorpresa, sobretodo conociendo el “ruido ambiente” que ha rodeado la actividad el pasado año y la creciente animadversión del ciudadano común al rol del empresariado. Misma situación que ha sido amplificada y convertido en bandera de lucha por un pequeño grupo de políticos , “opinólogos” y activistas.

En un cierre de 2015 apalancado y coronado con los casos de colusión y malas prácticas, que fueron visibilizadas en la última parte del año pasado, el deterioro de la imagen de los empresarios se ha acentuado, subiendo de un 35% a un 47%.

Lo anterior, exacerbado con un incipiente bombardeo mediático, incendiarias declaraciones desde algunos sectores, un creciente fuego cruzado e incluso con un excesivo uso y abuso del mal llamado fuego amigo. Todo ello, inevitablemente ha contribuido a trastocar percepciones,  generando una visión más pesimista que realista.

Mismas percepciones que son entendidas y visibilizadas por iniciativas como las comentadas al inicio de esta columna y que son destacables, pues van un paso más allá y apuntan hacia una mayor transparencia. Esto último, en el sentido de hacer visible de motu proprio situaciones y cifras que debieran resultar un poco incómodas para algunos, pero que son un muy buen primer paso, pues denotan un interés real por aportar y ser parte de la discusión.

Obviamente este tipo de actividades son  importantes y  nos llevan a verbalizar un diagnóstico, que ya está relativamente claro. Por ende, el próximo paso son acciones enfocadas a revertir estas percepciones y a la larga cambiar acciones y/o omisiones. Eso sí,  entendiendo que éstas no pueden ser acciones cosméticas, sino que deben apuntar a producir un cambio real y sustentable en el tiempo.

¿Cómo se logra esto? Una manera de hacerlo es tomando el modelo que usan las compañías cuando buscan plantearse (o replantearse) de cara al mercado. Es decir a través del desarrollo de un relato o equity story. Mismo relato que busca entregar atributos más emocionales que racionales, más empáticos que duros. Sin embargo acá no se persigue un rédito financiero, sino que un rédito emocional, de percepción y a la larga de reputación.

Un relato que termine con el errado planteamiento que sitúa a las empresas (y empresarios) como un sol, con sus stakeholders dando vueltas. Hoy es necesario que sean entendidos en su verdadero papel, es decir como un stakeholder más, un ciudadano corporativo que aporta en el crecimiento del entorno. No sólo del propio entorno, sino que de todo  el entorno.  Asumiendo como concepción basal que sea un relato que ponga en valor su rol. Es decir, que resalte y visibilice su aporte y al mismo tiempo que reinvindique su actividad.

No hay que ser adivino para suponer que lograrlo puede ser una tarea titánica, sobretodo asumiendo el deterioro de imagen y confianza que hemos señalado. Sin embargo, recién partiendo el año, aún estamos a tiempo. Sumado a ésto, hoy se cuenta con insumos suficientes para hacerlo, por ende sólo es necesario que exista la suficiente convicción para poder implementarlo.

 

Claudio Ramírez, socio y gerente general de Llorente & Cuenca.