Los empresarios pesimistas son en su mayoría aficionados a los números, por lo que siempre encontrarán uno que les justifique una visión negativa. ¿Me permitiría llevarle la contra?
Publicado el 01.07.2018
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El Índice de Confianza Empresarial de mayo –que mide la confianza de los empresarios en los distintos sectores de la economía– se mantiene en el nivel de “levemente optimista”, dejando atrás los largos meses en que nos encontrábamos sumergidos en la zona roja del pesimismo. Y el indicador que mide la confianza de los consumidores también lleva un periodo similar de “números azules”. Esto se debe, en buena parte, al serio y consciente esfuerzo que han hecho las empresas por ser dignas de esa confianza. Y esto corre tanto para las empresas individualmente consideradas, como para los gremios y asociaciones que las agrupan.

Hay otros factores de orden sociológico que explican estas mejoras. El principal, pienso, es que los chilenos se han vuelto a congraciar con el efecto que las buenas empresas producen en la sociedad: el primero y más evidente, el crecimiento.

Y, sin embargo, aún podemos encontrar a empresarios pesimistas. En su mayoría, son aficionados a los números, por lo que siempre encontrarán uno que les justifique una visión negativa. Y si no lo tienen a mano, entonces sacan el comodín de sus expectativas, que no son más que su pesimismo proyectado hacia el futuro. ¿Me permitiría llevarle la contra, aunque sea en lo que resta de esta columna y ofrecerle una mirada alternativa?

La actividad empresarial les ha permitido a millones de chilenos, no sólo salir de la pobreza material, sino que también espiritual. No hay un PIB que mida la dignidad de la persona, pero debería haberlo. El trabajo en una empresa les ha permitido a millones de personas crecer en dignidad, ejercer su libertad, tomar en sus manos las riendas de su vida. Varias generaciones de empresarios, ejecutivos y emprendedores han vivido ese llamado como una vocación noble, al servicio de Chile, y le han cambiado la fisonomía al país. La vocación empresarial es una vocación tan legítima como la vocación política, ser profesor, médico, soldado o religioso.

Las empresas han puesto el nombre de Chile en el extranjero. Sólo a modo de ejemplo, si cada botella de vino que exportamos la toman entre cuatro personas, esa noble actividad empresarial tiene un efecto expansivo y tanto impacto en posicionar nuestro país como si la selección de fútbol hubiera ido al mundial de Rusia.

Cada emprendimiento y cada empresa nació como una iniciativa de servicio de alguien que quiso solucionarle un problema a otros y, de paso, crear valor, riqueza y confianza. Además, la empresa permite que florezcan múltiples iniciativas sociales, culturales, deportivas, académicas, científicas, etc., pues detrás de casi toda causa pública, fundación y ONG hay aportes de hombres y mujeres de empresa que creen en esa causa y la apoyan. Y, en la misma línea, no podemos dejar de destacar que el presupuesto fiscal –con toda la inversión social que implica– está financiado por impuestos que provienen de las utilidades de las empresas, esto es, del trabajo mancomunado y organizado de varios millones de personas.

Como ven, hay razones de sobra para tener optimismo y sentir un legítimo orgullo empresarial. La mirada optimista tiene, además, una ventaja. Permite poner en la perspectiva correcta la tarea que nos queda por delante, que es abordar los cambios que Chile necesita haciendo lo que mejor sabemos hacer: buenas empresas. Cualquiera de nosotros, en un día normal, tiene diversas interacciones con innumerables empresas; y, en general, ellas diseñan cada una de esas interacciones para mejorarnos la vida en algún sentido, lo que genera como consecuencia mejor calidad de vida y mejores resultados económicos. El modo más fácil y concreto para cuidar, mantener y aumentar esos vínculos de confianza que estamos construyendo con la ciudadanía pasa por pensar cada una de esas interacciones cotidianas como una oportunidad para vincularse de modo justo, auténtico, humano y transparente.

Ignacio Arteaga E., presidente de USEC – Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos