El esfuerzo de la Concertación hoy es reconocido casi universalmente. ¿Qué pasó, entonces, que se diluyó como expresión política?
Publicado el 09.07.2018
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La Concertación fue un proyecto político exitoso que marcó positivamente la historia reciente de Chile. Surgido del reencuentro de corrientes populares para poner término a la dictadura del General Pinochet, la Concertación supo representar el anhelo de libertad de la mayoría de un país cansado de la arbitrariedad y el abuso, y delinear un nuevo camino de progreso que se alejaba –a la vez– de las fórmulas neoliberales en boga y de las recetas de lo que A. Guiddens ha llamado la vieja izquierda.

En 25 años el país fue profundamente transformado. Prácticamente no hay ningún índice económico, social o cultural que no indique el avance experimentado. No fue tarea fácil. Hubo que sortear los amarres del pinochetismo y confrontar a una derecha que mayoritariamente se sentía solidaria con su régimen, y que salió fortalecida electoralmente de la dictadura hasta empinarse en torno al 40%. Hubo que disipar la desconfianza del empresariado que no confiaba en las nuevas autoridades. Sobre todo, hubo que encausar las demandas y reivindicaciones de una mayoría que veía sus derechos postergados por años. El esfuerzo de la Concertación hoy es reconocido casi universalmente. Donde quiera que uno vaya, Chile aparece como un país exitoso. Y en Chile, salvo en los sectores más extremos del arco político, se reconocen sus méritos. Incluso Chile Vamos hoy enarbola los triunfos de la Concertación en polémica con la Nueva Mayoría.

La primera campanada de alerta fue la elección parlamentaria de 1997 con un notable aumento de la abstención, principalmente de los jóvenes.

¿Qué pasó, entonces, con la Concertación que se diluyó como expresión política? Difícil explicar el fin de un ciclo político virtuoso. La primera campanada de alerta fue la elección parlamentaria de 1997 con un notable aumento de la abstención, principalmente de los jóvenes. Ese año Tomás Moulian publicó “Chile actual: anatomía de un mito”, que fue un éxito de ventas. En julio de 1997 estalló la crisis asiática y aumentó el temor de un desastre económico mundial por contagio financiero. Nuestro país sorteó el peligro, pero la gente se vio afectada. Eso explica que Ricardo Lagos triunfara en 1999 por un estrecho margen sobre Joaquín Lavín.

Con la llegada de un presidente socialista se dio un nuevo impulso al proceso de cambio que vivía el país, proyectando las modernizaciones que se habían comenzado en el gobierno de Frei, en especial en el campo de la infraestructura. Pero en la dirigencia de la Concertación ya se había instalado una fractura política que adquirió ribetes ideológicos dividiendo a “auto complacientes” de “auto flagelantes”: los primeros insistían en proyectar la obra emprendida, mientras los últimos planteaban un cambio de proyecto siguiendo una visión más tradicional de izquierda. Esta polémica atravesó a todas las fuerzas progresistas de la época en todas las latitudes.

El surgimiento de un liderazgo femenino postergó la disputa. M. Bachelet volvió a encantar a la ciudadanía poniendo un mayor énfasis en los problemas sociales de la gente: educación, pensiones, salud, protección social. Sin embargo, en su primer gobierno ya se comenzaron a producir desgajamientos importantes en la coalición gobernante, que luego dividirían al electorado progresista facilitando el triunfo de Sebastián Piñera. También contribuyó la crisis del 2008, que el gobierno enfrentó adecuadamente, pero que minó la confianza de la gente. El primer gobierno de Piñera, sin embargo, no se apartó de los parámetros gruesos que había seguido el país. Muchos neoliberales lo acusaron de no implementar cambios coherentes con un ideario derechista.

Con Bachelet la coalición se amplió hacia la izquierda, pero en la conducción del gobierno se volvieron a confrontar las distintas visiones que habían surgido en 1997.

El retorno de M. Bachelet se debió en gran medida a la popularidad con que terminó su primer mandato. La coalición se amplió hacia la izquierda, pero en la conducción del gobierno se volvieron a confrontar las distintas visiones que habían surgido en 1997. Las políticas sectoriales del gobierno fueron, por lo general, exitosas, pero no se logró configurar un núcleo coherente de dirección política, lo que fue minando su popularidad. La vuelta al poder de Sebastián Piñera terminó por dispersar a la centro- izquierda.

Dos factores contribuyeron al desgaste en el poder. Por una parte, la postergación de cambios indispensables, por ejemplo en educación superior y descentralización. El educacional resulta emblemático, porque su retraso provocó una rebelión de las nuevas generaciones que culminó en la formación de una alternativa política a la izquierda de la Nueva Mayoría. El otro factor es el descrédito de la política por los reiterados casos de corrupción que han afectado al mundo político y empresarial. Si bien el país ha avanzado en normas de probidad y transparencia, en la retina de la gente permanece el escándalo, que cuando afecta a fuerzas progresistas es doblemente sancionado.

La Concertación, pese a todo, permanece como una experiencia firme a partir de la cual se puede configurar un nuevo proyecto político abierto y convocante para reimpulsar el progreso de Chile.

José Antonio Viera-Gallo, #ForoLíbero

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_.